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Corte marcial
Carolina Espada

Viernes, 16 de febrero de 2001

El asunto era serio. Habría que fusilar a la acusada por todo lo que había hecho sin pantaletas. Ella, carente de la hoy tan denigrada prenda (que, en vez de estar en su lugar, anda de boca en boca), fueron muchas las trampas que urdió. Inventó que era bailarina de danzas eróticas como excusa para despantaletarse, en reuniones privadas, frente a oficiales del alto mando y uno que otro civil coleado. Todos, previsibles, se babeaban. Facilito, tipo Pávlov. A la cama se llevó buena parte del regimiento —¡nada como levantarle la moral a la tropa!— y, sin ni siquiera una baby doll transparente encima, fue muy preciosa la información que obtuvo al ronronearle al incauto sobrecogido: ¿Y no piensan invadir, papito? ¿Pero de verdad tenemos gente en la frontera? ¿Y por qué no le ponen una bomba y, zasss, resuelto el problema? Finalmente la descubrieron (en un día que, por paradojas del destino, andaba bien cubierta y tapadita con un abrigo) y Margaretha Geertruida Zelle —«Mata Hari», pour les amis— fue enjuiciada. Encontrada buenísima, pero culpabilísima y espía, fue ejecutada por unos franceses circunspectos en Vincennes en 1917. Eso pasa cuando no se llevan las pantaletas bien puestas. Pero aquí, con el pantaletero suelto en manos de todos y hasta con ruedas de prensa en prime time, cualquier cosa que se diga suena a mamarrachada digna de Chacumbele. Habría muchos quienes agradecerían vivir con mayor seriedad. Es que esto ya no es país, es más bien comparsa de carnaval. Y por cierto...

Dicen que las «segundas partes» son desastrosas. ¿Por qué, entonces, no lanzarse un replay televisado del desfile del 5 de julio —¿fue el 5?— ya que ahora tenemos tanta fecha patria que celebrar? (¿Por fin cuándo es que vamos a festejar el 23 ?). Tal despliegue difícilmente podrá ser superado: la carroza de la Tragedia de Vargas, y la de las Artes y los Oficios del Plan Bolívar 2000, con el tipo serruchando la tablita obstinada y el dentista taladrando al pobre infeliz, ahí, hoooras con la boca abierta; las vírgenes giratorias y reverentes encaramadas en los tanques de guerra; y lo más aplaudido: «¡La Digna Representación De La Mujer Venezolana!»: un carro como sacado del garaje de mi General Marcos Pérez Jiménez con par de misses bolivarianas saludandito. ¡A eso yo llamo representación! Habría que repetirlo por la tele, grabarlo y exportarlo. Adiós a aquellos 40 años de cúpulas-temblad con esos desfiles pasmaos, en donde la voz aletargada del locutor anunciaba con el fondo musical (marchado) de «Riomán Zanares, Pachún, Pachún, Dejamé Pasar, Pachún, Pachún»: «Y A Continuación, La Unidad Canina Número Uno del Batallón Valentín Bolaños»... y la cámara ponchaba a un piche pastor alemán, deshidratado, con un morralito y aspiraciones a San Bernardo. ¿Por qué no repetir lo que tanto nos entretuvo? Además, nos ahorraríamos unos realitos que podrían ser invertidos en el litoral central.

Peras y Higuitos
Tan cómica que puede resultar la gente que no tiene sentido del humor.


Carolina Espada en La BitBlioteca

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