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El MVR es como tú
Carolina Espada

Jueves, 31 de octubre de 2002


Carolina Espada

«¡Es hijo natural! ¡Y es un borracho! ¡Y tiene una querida!», rebuznó uno de los miembros del equipo de Contra Inteligencia Publicitaria del Comando Estratégico de Asesoría de Imagen, Moral y Mística del partido aquel llamado Copei. Con tal aseveración —vox populizada— se pretendió descalificar a Jaime Lusinchi y lo que se logró, al instante, fue un ataque de empatía y cariñote hacia él. (La vergüenza vendría después). En Venezuela, ¿quién no posee a algún «natural» en alguna rama de su árbol genealógico?; ¿cuántos no tienen un primo, simpatiquísimo, que responde al mote de «Campaneao»?; ¿y qué decir de la querida del hermano de uno, que tanto que lo quiere?

El jueves pasado, por allá por el Calvario, un militar convocó al Glorioso Pueblo Soberano de la República Bolivariana esta, para que se apersonara, al día siguiente, en la pista de desfiles de Los Próceres para… (y aquí el televidente esperaba algo heroico, terrible, sangriento y definitivo)… paraaa ¡¡¡El Gran Gaitazo!!!

¡¡¡Yupiii!!!

El viernes por la noche nos instalamos frente al televisor dispuestos a presenciar tamaño acontecimiento. Oh, asombro: aquello estaba tupido de reclutas verdes, tercias de rojo y civiles bailando con ahínco y tesón. En una tarima, un batallón musical, debidamente uniformado, nos enseñaba no el arte de la guerra, sino el de la coreografía guapachosa-azuca-sabó. Impactante ver a un soldado (al que uno se imagina aguerrido en la frontera, bajo un palo de agua tropical, con su fusil y sus granadas y su atuendo de matica) meniándose-güeno-y-sabroso al ritmo de unas maracas y unos bongós.

«Llorarás y llorarás, sin nadie que te consuele, y así te darás Decuenta, que si te engañan duele», cantaba el oficial sudado, mientras la cámara de bolivariana de televisión ponchaba a Decuenta Martín. Ella, divina, protagónica, se contorsionaba rico-papá. Zoom-in: lycra, hilo dental. Tilt up: rumboso escote, pezones enristre. Paneo: unos tipos, polarcita en mano, salivando: «¡Usssuuu, mamassscita!».

La experiencia en T.V. aconseja que hay que agarrar el control remoto y zapiar al canal de la competencia. Allá en Globovisión insistían con lo de la Plaza Altamira. Una señora, elegante y anodina, vestida de negro, sostenía una bandera y un pito. Arrobada, miraba a sus héroes particulares. Sólo eso. Dos minutos completos y no pasaba más nada.

A Dios lo que es de Dios y a la tele lo que es de ella. Más rating, muuucho más rating, un rato largo de rating y full video tenía «El Gran Gaitazo».

Entonces uno volvía a las imágenes del 8 y pensaba: esto no lo está transmitiendo un canal opositor con el fin de desvirtuar al «proceso» y desprestigiar a toda esa gente. Aquí no hay descrédito. ¡Por el contrario! ¡Promoción! Esto es para: «¡Ay, pero qué chévere es nuestra fuerza armada y rítmica! ¡Y hay caña palante! ¡Y tremendas sinvergonzonas!».

¡Que lance la primera lata de cerveza (llena y congelada) al que no le guste una rumba! Salsa, licor y sexo. ¡¡¡Esooo!!!


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