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Plegaria
Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Padre Nuestro. ¡Papá! ¡¡¡Papá!!! ¿¡Dónde estás!? ¡¡¡Yo quiero a mi papá!!! Que estás en los cielos. El cielo está negro, no para de llover, las piedras vienen bajando por la quebrada, la montaña entera se está deshaciendo, ya el agua arrastró las casas de enfrente. ¿Oyeron los gritos? Dios te salve, María. ¡María! ¡Comadre! ¡Agárrame a mi muchacho que la corriente nos va a llevar! Santificado sea tu nombre. ¿Cómo te llamas tú? ¿Cuántos años tienes? ¿No sabes en dónde está tu mamá? ¡No llores! No llores. Aquí te vamos a curar y te vamos a cuidar. Toma este muñequito. Mira qué lindo es. Llena eres de gracia. Gracias, gracias, que Dios bendiga a todos los que nos socorren. Gracias por la piedad. El Señor es contigo. No, el señor bajó a ver su bodeguita. Se la saquearon toda. Se llevaron hasta las neveras. Allá está llorando. Sólo le queda esa camisa y ese pantalón. Ni zapatos tiene el pobre. ¿¡Pero cómo le dices tú a una gente con hambre, con sed y con hijos que no saquee un mercadito!? Venga a nosotros tu reino. Aquí reina el caos, la desolación y el horror. La más espantosa de las tragedias. Bendita tú eres entre todas las mujeres. La prioridad no la tienen las mujeres, al menos que estén embarazadas. Los heridos, los enfermos, los ancianos y los niños van primero. Estamos esperando a seiscientos huerfanitos y, en el otro centro, hay camas para cien. ¿¡Qué pasa que no llegan!? ¿¡Hay alguien coordinando algo!? ¿¡Seguimos a la deriva!? Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El cielo sigue cerrado. La tierra está llena de cadáveres. Se están descomponiendo. Todo es putrefacción y moscas y gusanos. Ya no se soporta el hedor. ¡Necesitamos sacos de cal! Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. La señora, la que parió en el helicóptero, murió. Pidió que al bebé le pusieran Jesús, porque es Navidad. Danos hoy nuestro pan de cada día. ¡¡¡Y agua!!! ¡Aunque no tenga cloro! ¡Aunque no esté hervida! ¡Un traguito de agua, por favor! Perdona nuestras ofensas. ¿¡Qué ofensas!? ¡Si aquí lo único que hemos hecho es aguantar y padecer! Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No sé si pueda perdonar, esto se veía venir y nadie hizo nada. Avisaron, dijeron, y nadie hizo nada. El dolor y la muerte de un pueblo no eran la prioridad. Santa María, madre de Dios. Mi mamá no puede caminar, ella no puede atravesar por ese barro y esas rocas. Y yo no la abandono. Yo me quedo con ella. No nos dejes caer en tentación. Y que no me caiga por ese barranco. Allá abajo hay demasiados muertos con los ojos abiertos. Me miran como esperándome. Ruega por nosotros pecadores. Perdimos el rumbo. Somos pura angustia y sólo atinamos rezar. Sólo nos queda esperar la compasión, la caridad y la generosidad de los demás. ¡Ayúdenme a ayudar! Y líbranos del mal. Y de todas las epidemias que se nos vienen encima. Que nos manden medicinas, que nos envíen cualquier cosa, que no nos vayan a olvidar. ¡No nos olviden nunca! Ahora y en la hora de nuestra muerte. Yo no me quiero morir. Yo lo perdí todo. Pero yo no me quiero morir. No me quiten la esperanza. Amén. La esperanza somos nosotros. Amén.


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