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Produção brasileira

Carolina Espada

Jueves, 5 de julio de 2001

Carolina Espada

A Rafael «Ele» La Roche
In memoriam

«Déjense de hacer telenovelas aquí en Venezuela, miren que ustedes no saben.

Pongan puras novelas de Brasil y ya está».

Esas han sido las palabras de la mamá de Susanita desde los tiempos de La Esclava Isaura hasta la noche de ayer con Lazos de familia. Es un ritual: termina el capítulo y Doña Gladiola sentencia: «Ustedes no pueden, mi vida. Olvídense». El consejo no es nada alentador, tomando en cuenta que su hija es escritora de televisión (novelas, miniseries, unitarios, sitcoms y lo que le pongan y haya menester).

En nuestro país tenemos excelentes escritoras y escritores, estupendos actores y actrices, geniales directores, equipos talentosos, pero... hay productores que tienen que hacer maromas, malabarismos y prestidigitación para producir seis transmisiones semanales, durante meses, con escaso presupuesto.

Afortunadamente ha habido excepciones, pero, en la mayoría de los casos, lo que aquí se invierte es apenas la caja chica de lo que se gasta en Brasil a la hora de ofrecer un producto de primera calidad.

Y Susanita, con la voz de su madre como un hilo de plata entre oreja y oreja, va al día siguiente al canal y escribe una escena que se desarrolla en un exterior: en las caballerizas de la Hacienda Mirabal. Arranca con un primer plano de la cara de un caballo. La cámara hace un traveling y —sin abrir la toma— descubrimos, uno por uno, a seis caballos más. Al llegar al último (negrísimo y brillante; igualito al del Zorro), vemos que se trata de Azabache, el corcel del protagonista, Rodolfo Luis. Y ahí está el galán ensillando al animal cuando llega Claudia, el amor de su vida que ahorita anda peleada con él.

Tras un diálogo memorable, mezcla de amor, picardía, deseo, humor, pasión contenida y rotunda negativa por parte de ella, Claudia, en un descuido de Rodolfo Luis, salta sobre Azabache y sale cabalgando a toda carrera. Él, furioso y retado, murmura a manera de seductora y viril amenaza: «¡Ay, Claudia... yo te espero... tú no sabes quién es Rodolfo Luis Mirabal!»

Y Susanita se siente muy satisfecha de su escena. Nada que envidiarle a una brasileña. Na-Da.

Dos días después la llama su amigo Víctor, el productor:

—No podemos hacer eso en exteriores...

—Sí, ya sé, lo de siempre: no hay tiempo, no hay real... ¿Pero cómo vas a hacer para meterme a los siete caballitos en el estudio?

—Esa es otra: sólo te voy a poner a Azabache...

—Ajá...

Por la tarde el que la llama es su aliado Tony, el director:

—Baja para que veas al caballo.

Susanita va y lo que encuentra es algo así como un burro estilizado o una mula pequeñona, a quien la gente de maquillaje está empolvando de negro con una motica. Los de vestuario esperan para ponerle una especie de crin sintética y los de peluquería, para echarle bastante laca a ver si coge brillo. Todos están seriamente concentrados en su labor. Azabache necesita full glamour para salir en pantalla.

Susanita y Tony se ven. Una vez más sólo se ven. Ellos saben. Llevan años en esto. Sobra cualquier comentario. Y allí, detrás de un backing, entre los dos cambian la escena. Ahora la caballeriza es simplemente un establo en donde hay unas pacas de heno que Rodolfo Luis está amontonando. Azabache no está, pero intuimos su presencia, pues se le pedirá a los de musicalización que pongan un relincho. O dos. Entonces el galán se lo imagina y le dice:

—Ya va, Azabache... quieto... ya te ensillé... ya pronto vamos a salir de este establo... sooooo...

Llega la protagonista y tiene lugar el mismo diálogo que estaba previsto, pero, cuando Rodolfo Luis se descuida, Claudia, veloz, sale del set. El galán se vuelve, y es tal su sorpresa que no atina ni a reaccionar ni a moverse.

(Aquí el actor deberá hacer un gran esfuerzo por describir lo que supuestamente está haciendo Claudia —por allaaá, por detrás de los camarógrafos— y no sentirse un perfecto idiota).

—Pero... ¿Claudia? ¿Qué haces?... ¡Claudia! ¡No! ¡No te subas a Azabache! ¡Claudia! ¡Desmonta! ¡No te atrevas a...! ¡Espera! ¡Claudiaaa!

Musicalización pondrá otros relinchos y el sonido de unos cascos que se alejan al galope. Y Rodolfo Luis podrá finalizar la escena con el parlamento que le tocaba:

—¡Ay, Claudia... yo te espero... tú no sabes quién es Rodolfo Luis Mirabal!

Susanita ve la grabación desde la cabina; luego sube y se sienta frente a su computadora; se toma un Primperán (porque estas cosas siempre le dan unos ataques de náusea muy grandes) y se queda pensando en cómo poder explicarle esto a su mamá. ¿Cómo decirle que le fascinaría trabajar en la Red O Globo en donde, al final del día, podría saborear una caipirinha y ponerse a cantar: «Moro em um país tropical, abençoado por Deus e bonito por natureza. Quê beleza!»?

Con respecto a la mula y el alazán

Ibrahim Guerra
arcanoxxi@hotmail.com

No, Carolina, no creo que las cosas sean tan simples como la pintas en tu artículo «Produção brasileira»,(El Nacional, 20 de junio de 2001). Al igual que tú, siempre he sentido la tentación de culpar a otros de las enormes deficiencias que tienen las producciones dramáticas televisivas venezolanas. No saldrían bien paradas de ninguna comparación que se haga de ellas con las producidas por la televisión brasileña, que, al fin y al cabo, es una de las mejores del mundo, sino que, difícilmente, hoy en día, soportaría la que se le haga con alguna de las mas silvestres del resto de Latinoamérica.

Es cierto, es muy probable que en presencia de una idea brillante, como la de la caballeriza, por ejemplo, de tu artículo, se nos haya obligado a usar una mula manca y zaina en lugar de un brioso alazán, pero también debemos responsabilizarnos nosotros de dos cosas: primero, en pensar en un alazán cuando suponemos, o bien sabemos que los productores locales no están capacitados para aportarlos, y, a veces, ni siquiera para encontrarlos, y, segundo y peor aún, en aceptar la modificación a última hora del libreto, cuando constatamos lo que ya sabíamos de antemano, que ni existía el alazán, ni los productores no estaban en capacidad de encontrarlo.

No sé si has visto Ramona, la historia épica-western que transmite actualmente Venevisión. Allí sale un pueblo vaquero californiano, un sheriff, indios, carretas y todas las cosas propias de un pueblo vaquero californiano.

Temblé al pensar que esa producción pudiese haber sido venezolana. Aquí, aparte de los que salen en los programas cómicos, el único indio que he visto es Tacupay, ¿te acuerdas?, de Kaína. A pesar de la excelente actuación de José Torres, su caracterización externa era una especie de mezcla de uno de aquellos legendarios payasos, Gaby, Fofó y Milique, con uno de Los Tres Chiflados. Me imagino la incomodidad del actor.

Ahora, por otro lado, y sin ánimo de defender a los productores venezolanos, me refiero a las intenciones venezolanas de producción industrial de telenovelas. Pienso que no es cuestión de dinero, porque dinero en bruto han invertido, y, muchas veces, bajo en esas circunstancias, los resultados son igualmente deplorables. Mas patéticos aún en la misma medida de las pretensiones que los mueven.

Ramona comparte el horario con una también superproducción venezolana.

Se presentó por esta razón una controversia. A sabiendas, tal vez, de la imposibilidad de alcanzar el nivel de producción manifiesto en la telenovela mexicana, el reclamo no se hizo esperar. El sindicato, los comités de empresa, etcétera, suponen que una forma de proteger la producción nacional es reservándole un horario determinado.

¿No te parece ingenuo? En efecto, la creación nacional merece estelaridad horaria, respeto y protección, pero ni el respeto ni la protección podrán garantizar la calidad de un producto que carezca de ella. En esta gestión estamos todos los que hacemos televisión, tanto los que protestan los recursos exigidos, y terminan sometiéndose a lineamientos mediocres de realización, como los que no sabemos usarlos cuando nos los dan. 

Guerra con Espada

Tiene razón Ibrahim. ¿¡Cómo se le ocurre a un escritor de telenovelas en nuestro país escribir una escena en una caballeriza con siete briosos corceles!? Guerra afirma que esa es una actitud sumamente irresponsable por parte del libretista: no hay que olvidar -¡ni por un segundo!- las serias limitaciones de los productores locales.

En Venezuela hay que arroparse hasta donde llegue la producción. ¡Cuidado con soñar hacer un capítulo en el cual atraca un barco fondeado con inmigrantes italianos como en Terra Nostra! ¡Jamás ilusionarse con poder contar con mil extras-esclavos buscando diamantes para el Comendador de Xica da Silva! Aquí hay que conformarse con tres backings, una escalera cuyos peldaños siempre suenan «pló» y una puerta que nunca cierra. ¡Ah, y la misma vajillita en la casa de los buenos y en la de los malos!

Favor olvidarse de toda aspiración Redoglobalizante, tomarse un Primperán para las náuseas y consolarse con esta certeza: una megaproducción no garantiza ni el rating ni el éxito. El secreto está en escribir una gran historia de amor.

 


 

Carolina Espada en La BitBlioteca


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