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Las prendas de Rolito

Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Premio al mejor artículo de humor de El Nacional 1998-1999

En una fiestecita de carnaval fue la primera vez que Rolito oyó la palabra «marico».

«Ese gordito tiene que ser marico...» masculló un señor ahí junto a la ponchera de tisana y Rolito fue corriendo y le preguntó a su mamá. Ella no le contestó, sino que se puso muy pálida, dejó el tequeño empezado sobre una servilleta bordada, agarró a Rolito por un brazo, a su hija Mercedes por otro y, con un nudo en la garganta, decretó: «Niñitos: nos vamos de aquí».

Pero es que la señora Amelia no era una mamá común. Era una madre viajera. Cada vez que su marido se iba a un Congreso Internacional Importantísimo Al Cual Esta Vez Sí Es Verdad Que No Puedo Faltar De Oftalmología, ella sacaba sus maletas de tela y estampado Mary Poppins y partía hacia rumbos desconocidos.

Mandaba postales y traía regalos: atuendos autóctonos de diversas épocas y de cada país visitado.

Mercedes los odiaba, empezando por el kimono del crisantemo azul que le daba tanta vergüenza y, en la barriga, tanto calor.

A Rolito le gustaban mucho. En vez de Zorro, Batman o Llanero Solitario, a él lo vestían de monje medieval dibujante del libro de Kells del Scriptorium de Iona; de próspero fabricante de samovares de la corte del zar Nicolás II; de bullicioso vendedor de camellos del mercado de Hofuf en el oasis de al-Hasa y de valiente cruzado —con yelmo, visera y loriga de mallas de Damasco— destacado en la isla de Rodas. Pero su favorito siempre fue el de impecable maestro horticultor de los jardines colgantes de Semíramis en Babilonia. Mercedes se burlaba de él: «Pareces una niña, niñiiita...»

Y a Rolito, plin. El estaba feliz embojotado en ese mantón con flecos dorados y con las pulseras y los collares así como de oro. «Mesopotamia... un pueblo con accesorios... ¡toda una civilización!».

Pero entonces le dijeron «marico» y ese disfraz no se lo volvieron a poner. «¡Más nunca le pregunto más nada a mi mamá!».

En Navidad, el Niño Jesús le trajo a Mercedes una Barbie y a Rolito lo arreglaron con un muñeco aburridísimo de nombre espantoso: «G.I. Joe». La Barbie tenía ropita: jugadora de tenis, aeromoza de la Panam, diva de Hollywood y conjunto playero. En cambio, el abúlico ese, sólo venía con un uniformito militar.

Y Mercedes nada que le quería prestar la Barbie a Rolito.

«¡Mamá, Rolito le quitó el traje de baño a mi muñeca!» «¡No le digas Rolito a tu hermano! ¡Miguel Antonio, tú también me haces el favor!» Y el papá susurraba complacido: «Es varón, Amelia, y está creciendo el muchacho, es normal que quiera ver a la Barbie desnuda...»

Pero ahí mismo Mercedes pegaba otro alarido: «¡Mamá! ¡Rolito le está poniendo el traje de baño de mi Barbie a su G.I. Joe!».

Cuando Mercedes cumplió quince años, su madrina Ada (Rolito siempre pensó que era «Hada») le regaló su primer juego de ropa íntima «de mujer». Era de color salmón clarito, como brillante, como frío y osado. La señora Amelia comentó que no le parecía, pero su comadre se rió y le dijo: «No seas pendeja, Amelia.» Así mismo le dijo...

Mercedes estaba «¡Twist, a Go-Gó, Yeyé, Pata-Pata!»... hasta el día en que se le perdieron las pantaletas. La prenda se buscó por todas partes y no se encontró.

Las tenía Rolito y -como la liga le cortaba la circulación- se las encasquetó clandestinamente a la papelera ovalada de su cuarto.

«Pantaletas estiradas más tarde», en la clase de gimnasia, Rolito se clavó la punta del plinto en la hombría y se privó. Ahí mismo lo desvistieron delante de todos los compañeritos y...

«¿Aló, señora Amelia?... Esteee... ¿podría venir para acá?».

Cambio de colegio y comienzo de la psicoterapia.

Tras meses de exámenes, de análisis freudianos y jungnianos, y de ver papeles con manchas en forma de mariposas y oir a Rolito declarando: «Estoy viendo mariposas», el doctor concluyó: 1. Al niño le molestan los calzoncillos Jockey «con suspensor canguro» tan de moda.

2. Buscó refugio en las pantaletas de su hermana por simple comodidad.

Y pasaron treinta años y Rolito es un hombre perfectamente normal.

Hoy se casa con una señorita muy fina a quien conoció en una fiesta de Halloween. Entre brujas y Morticias y tantas otras déjá vues, ahí estaba ella disfrazada de «Baronesita Tisza Ardeal de Transilvania, el gran amor incompatibilísimo del Conde Drácula». ¡La dulce y desventurada Tisza...! ¡Tch-tch-tch! Purita sangre azul, pero hemofílica.

A mediodía es la boda y Rolito, engominado, no ve la hora de ponerse su paltó levita, su plastrón con su perla y, bajo los pantalones grises de rayitas, adheridos a sus muslos, esos ligueros negros de cintas y encajes que —«¡Ahhh!»— lo hacen sentir tan bien.


Roberto Hernández Montoya, ¿Por qué tú eres así?
Carolina Espada en La BitBlioteca


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