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Sección: Bitblioteca
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SatoriCarolina EspadaLunes, 6 de mayo de 2002
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Imagínese un templo budista de fines del siglo XV. Dentro de él, un espacio rectangular: 30 metros de largo en dirección Este-Oeste; 10, de ancho, en sentido Norte-Sur. Allí, quince rocas grandes (a manera de «islas») puestas estratégicamente por aquí y por allá, sobre un «mar» de arena y piedrecitas blancas, debidamente rastrilladas cada día. Alrededor de las peñas, el rastrillo se pasa en forma circular; en el resto de ese océano sin agua, el arado es en líneas rectas. La disposición de los peñones no está hecha al azar. La táctica consiste en que, en cualquier punto de ese vergel seco —ese «karesansui». Usted sólo podrá ver 14 de las 15 rocas. Nunca logrará apreciar la totalidad... al menos que obtenga la iluminación espiritual, como resultado de una profunda meditación. Solo así, la piedra escondida, la número quince, la siempre invisible, aparecerá frente a sus ojos. El zen afirma que la mente funciona como el cristal de una ventana, y no como un espejo; por lo tanto, esta debería proporcionar una visión inmediata en vez de dar una interpretación del mundo. La meta budista es la de ver la realidad como es, es decir, con una mente que no tiene ni pensamientos, ni sentimientos de apego. Para ello, la contemplación y la meditación son fundamentales. Entonces Usted va para Kyoto y se instala en el jardín zen de Ryoanji (Ryo, dragón; An, paz; Ji, templo); disfruta de ese arte que es la ceremonia del té, elevada por los japoneses a su más alto grado de refinamiento; y no permite que lo distraigan, ni que le hablen, ni siquiera que vengan a recitarle, fugazmente, un haikú. Usted se queda allí, calladito, con su taza de té verde; deja que su mirada se pierda en ese mar y sus islas de piedra, e intenta concentrarse, abstraerse y ver si logra divisar esa última roca. Pero la divise o no, es innegable que ese conjunto de simplicidad, equilibrio y armonía le provoca una infinita serenidad... y usted está en paz. ¿Pero y nosotros, hoy, qué podemos hacer?... Podríamos agarrar la caja de arena del gato y colocar allí, con estrategia nipona, quince peloticas de golf. Quizá, de tanto verlas, logremos unos instantes de tranquilidad. O no.
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