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La próxima víctima
Carolina Espada

Jueves, 28 de diciembre de 2000


Carolina Espada

Cuando él me lo pidió con su voz aterciopelada, con tanto tacto, tal delicadeza y galanura, todos esos rodeos y ese suplicadito agradecimiento por anticipado (que fue lo que realmente me convenció) nunca-jamás pensé que eso iba a ser así. Angustia, desesperación, ansiedad, incertidumbre y mucho trasnocho esto de grabarle la telenovela brasilera de las nueve —¡sin las propagandas, por supuesto!— a un amigo farandulero que se me fue de merricrismas para Nueva York.

Me instalé frente al televisor —controlito de VHS en mano— a las 8:55 pm. A las 9:20, tras un juego de béisbol en el cual los Navegantes cometieron todos los errores posibles —¡uppsss, se me cayó la pelotica otra vez!— empezó La próxima víctima. Pasaron tres minutos (léase: tres, III, 3) y cortaron en anticlímax una escena (justo en donde una actriz de reparto le dice a su negrito partido: «Para mí que ella...») ¡Y, zuasss, a comerciales!

Una gorda embarazada se soba la barriga y suspira frente a una nevera; el gnomo del banco besa a un conejo; un perrito mejor se quita del medio; el carro de Indiana Jones atraviesa un puente colgante que se desmorona; unos animalitos quieren comer yogur y un desfile ¡eterno! de zapatos galácticos-ortopédicos hacen que me vaya desconectando de la realidad. Entre la boba del enjuague que se peleó con su mamá y la anoréxica del café, súbitamente, me asalta el pánico: «¡¿Y cuál era el programa que yo estaba viendo?!». La mente en blanco. Ni idea... En la pantalla una catira se tongonea enfundada en su bluejean barato y yo me pregunto: «¿Sería E. R .?... No, ese ahora lo pasan los domingos a las nueve, bueno, nueve y pico, a golpe de un cuarto para las diez... Y total, ya no lo veo, puuuro capítulo repetido, igualito a lo que me hicieron con L.A. Law esos kñsumdr...» Mientras me deshilvano los sesos, el bombardeo de cuñas sigue-siguiendo. «Porque nosotros somos mamíferos» me confirman...y yo me siento como una vaca preñada y con bolitas de Navidad. Repentinamente una neurona se me rebela y patalea: «¡Ay, la novela! ¡Si es verdad que yo ando grabando una novela!».

Y vuelven los brasileros intentando un estilo Agatha Christie en cómodas cuotas tropicales. ¡Tres minutos y 40 segundos más! ¡¡¡y para comerciales otra vez!!!

Aparece un tipito patético (un remedo de Tintán que sobreactúa a más no poder) con unas muchachonas de dudosa virtud y moral muy distraída, bebe guarapita con anís, fuma matica e insulta a su sufrida esposa. De imprevisto, se entromete la voz de un locutor acostumbrado a vender licuadoras, que aconseja: «Si en tu vida hay confusión y no sabes en quién confiar, abre las puertas de tu corazón para que entre la luz, la luz de Jesús». Y ponen un numerito de teléfono al pie de la pantalla. Y a mí me provoca llamar ahí mismito, porque tanta propaganda me confunde y, sencillamente, ya no puedo seguir confiando en el criterio del que está loqueando con la programación.

Al comercial del Titán Redimido siguen otros de proselitismo divino. A saber: la dama desenmascarada, los chinos, Flipper, el taller del pintor, la ambulancia, el enamorado del cafetín, los granjeros, el marido infiel y el Universo. Y el telefonito ahí...siempre el telefonito de la salvación. ¡Asombro total ! ¡Lo que cuesta hacer una cuña! ¡El realero que hay que meterle a semejante campaña publicitaria! ¡Los millones que hay que aflojar para salir en televisión y, especialmente, en el horario estelar!.

Yo, abrumada y tupida, y ellos que van y me ponen otro anuncio más: unos guerreros medievales full equipo (con yelmo, visera y loriga de malla de Damasco) están en plena lid. Los del telefonito me ofrecen ahora La espada invencible para combatir todos los vicios. Atención, homosexuales del país, favor abstenerse de llamar al numerito en cuestión . Ustedes no van a recibir su arma poderosa tipo He-Man, porque uno de los males enumerados —tras haber sido mencionados el odio, las drogas y el alcohol— es el «homosexualismo». ¿Qué tal?...Y yo que creía que Dios quería a todo el mundo...

Entonces, los torturadores y verdugos de la programación ponen tres minutos más de novela y ya. La mochan por donde les da la real gana y se mueren de la risa. Y yo me quedo ahí, lela, sintiéndome, no como la próxima víctima, sino la víctima de siempre frente a los desmanes y miserias de nuestra televisión.


Roberto Hernández Montoya, Para comprender la telenovela de una vez por todas
Carolina Espada en La BitBlioteca

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