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Noche de contrastes Caracas, Navidad de 2002
Por un lado están los de quienes decidieron hacer caso omiso a la guerra psicológica desatada por las televisoras comerciales del país, dando apoyo a seres y líderes que pretenden recuperar privilegios perdidos, los mismos que, en su loco afán, no dudaron en tratar de pervertir una tradición fuertemente anclada en nuestra sociedad. Para infinidad de familias la cena de Noche Buena fue lo que siempre ha sido. En nada echaron de menos, quienes viven en el Este y Sudeste de la capital, el arbitrario cierre de negocios y centros comerciales. Quizás para ellas esta ha sido la Navidad más autentica que hayan celebrado, tanto más que en esas familias siempre se rechazó la mercantilización de esta celebración. Familias en las que lo que importa es el encuentro con seres queridos, para las cuales el regalo se valora por la carga afectiva que él encierra, no por el costo del mismo. Familias a las que no les importa ir a las zonas populares en busca del regalo que habrá de iluminar el rostro de sus hijos. Familias que al compartir las hallacas, el pernil, el pan de jamón, la ensalada de gallina y el dulce de lechoza, preparados todos ellos al calor del hogar, se sienten unidas por lazos indisolubles de amor y comprensión. En esos hogares se decretó la «Paz de Dios», por respeto al pariente que no comparte las mismas ideas, por lo que en ellos se silenció el tema político. Y a las doce sonaron gaitas y aguinaldos, mientras que la familia se fundía en un solo abrazo. Por el otro están quienes se reunieron para lamer sus heridas. Seres que han perdido toda capacidad crítica, dejándose embaucar con lo que se les machaca y muestra desde las pantallas de televisión. Seres que por haber perdido el contacto con la realidad, que por no haber visto lo que está sucediendo en el Oeste, centro y extremo Este de la ciudad, aceptan la realidad virtual que les presentan los medios de comunicación social, incapaces de comprender que están siendo manipulados. Para saber lo que fue la cena navideña de esas personas, me quedo con estas pinceladas. Me crucé con algunos de mis vecinos en las áreas comunes del edificio. Todos, sin excepción, caminaban con el cuerpo doblado, aplastados por el peso de una realidad virtual que los agobia, tristes los rostros, la mirada torva y el desgano en el andar. Este año no tendrán regalos por culpa de Chávez. Él es una persona muy mala que no quiere a los niños. Así se lo decía, en el pasillo, un abuelo a sus nietos de dos y tres años de edad, quienes después de oír la frase rompieron a llorar Hay que ver el daño que le está haciendo ese señor al país comentó un apesadumbrado joven en el ascensor. Por respeto a él, por creer en la Navidad, por no amargarle más la noche, mantuve un discreto silencio, aunque mentalmente le respondiera: Tiene razón, hay que ver el daño que Carlos Ortega le está haciendo a Venezuela. Puesto que en mi fuero interno «ese señor» no es otro que Carlos Ortega. Y a las doce algunos de ellos, siguiendo las órdenes del «patrón», tocaron cacerolas, mientras que otros pocos se congregaban en cruces de calles y avenidas para «celebrar» lo que Ortega bautizó como el «cacerolazo de gallo». Poco duró. A la una, antes de acostarme, me asomé al balcón. En el piso ocho del edificio de enfrente vi a una mujer caminar compulsivamente de la sala a la cocina. Gritaba a voz en cuello:
¡Chávez, maldiiiiiiito hijo de puuuuuuuuuta! ¡Muéeeeeeeeeerete Cháaaaaaaaaaaaavez, muéeeeeerete maldiiiiito! Y hoy en el parque del edificio impera un sepulcral silencio. Hace un rato pude ver en el balcón del edificio contiguo a un niño mirando tristemente hacia el parque del conjunto en el que vivimos, frustrado porque en él no hay ningún niño con quien jugar, con quien compartir la emoción de mostrarle lo que el Niño Jesús le trajo, tal y como siempre lo ha hecho. Para ese niño, así como para tantos otros, la imagen con la que cierro esta crónica bien pudiera ser la perfecta ilustración de lo que está sintiendo. Aunque para él, ya que así se lo habrá oído a su padre, quien tiene el rifle en la mano no es otro que el mismo Chávez. |
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