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¡De película!

Juan Vicente Gómez Gómez

Caracas, jueves 3 de octubre de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Era una exclamación que, allá por los años 60 del siglo pasado, usábamos los pavos (el tiempo no pasa en vano) para significar que algo era portentoso o estaba bien logrado, incluido en ello (a lo bien logrado, me refiero) el oscuro objeto de nuestro deseo.

Y la verdad es que siempre me he preguntado el por qué de la exclamación, vistos los miles de bodrios que, ayer y hoy, se proyectan en las salas de cine.

Pero al igual que en la literatura, en la que no topamos con un Gabriel García Márquez y una Corín Tellado, en el cine nos topamos con un Ciudadano Kane y con La venganza de los tomates asesinos. Aunque en el cine se da el raro fenómeno de que una película como la última señalada (los tomates adquieren vida y atacan al ser humano para vengar a miles de millones de congéneres reducidos a salsa ketchup) conceptuada en su día como la peor película de la década (años 80 de por medio), en la actualidad ha devenido en un clásico del absurdo. Lo mismo que sucedió con decenas de películas producidas y dirigidas por Ed Wood, quien en 1994 fuera reivindicado por el director Tim Burton («Ed Wood»: el peor director de la historia).

Y es que Ed Wood se especializaba en películas serie «B» (es decir de bajo presupuesto) de ciencia ficción y de terror, y en ellas puso a actuar al legendario Bela Lugosi, destrozado por el alcohol y la heroína, al que los grandes estudios de Hollywood tenían años de haber segregado. Por lo cual era corriente, por ejemplo, que en una película en la que hubiese «muertos vivientes» al abrirse la tumba, de la que salía un nieto del Conde Drácula, el espectador constatara que la loza sepulcral era de cartón piedra en lugar de mármol de Carrara. Todo en ellas era marginal: guión, iluminación, escenografía, efectos especiales (sobre todo estos), dirección, montaje y actuación. ¡Pero tenían su público!, aunque es fácil suponer de qué público se trataba.

Tras el éxito del film de Tim Burton, Martin Landau (quien personificó a Bela Lugosi) fue premiado con el Oscar al mejor actor de reparto, diversas cinematecas rescataron la producción de Ed Wood, y al ser exhibidas el público se desternilla de la risa haciéndosele difícil controlar el esfínter urinario (me sorprendo a mí mismo al comprobar que no escribí: «Se orinaba de la risa»).

Llegados aquí deben estarse preguntando a qué viene esta disertación sobre películas marginales. Pues ella tiene por objeto establecer un marco de referencia para analizar algunas producciones de terror sicológico y de política-ficción que andan de estreno en este convulso país.

La más reciente es, Golpes a una estrella, producida por los Estudios Primero Justicia, dirigida por el colectivo Mujeres por la Libertad y filmada solo para ser exhibida en televisión.

Para protagonizarla se echó mano (nunca el término fue tan exacto) de una oscura y madura actriz de reparto —estamos en Venezuela en donde escasean las Mae West—, recordada más por los escándalos en los que ha se ha visto involucrada, que por sus dotes histriónicas.

Destaca el marcado carácter teatral de la película, puesto que la protagonista es quien narra los hechos, los cuales, violándose así unos de los códigos cinematográficos, no son tratados de manera visual. Por ella sabemos que fue secuestrada por unos encapuchados en las cercanías de un centro comercial, quienes por la fuerza la introdujeron en un vehículo, blanco y con los vidrios ahumados para más señas. En él se ha de desarrollar gran parte de la acción, siempre narrada, por supuesto. Golpes, malos tratos, amenazas, confusión, amedrentamiento, son el plato fuerte de relato. Después de horas de tortura física y emocional se la deja tirada en el Country Club, en las inmediaciones de la Embajada de Inglaterra, maniatada y con un mensaje escrito en la espalda. Allí permaneció hasta que una patrulla del Séptimo de Caballería, perdón, de la Policía de Chacao, la rescata. Con lo que el guión aborda, sin proponérselo, la indiferencia social de un colectivo, que no es otra cosa que la de pasar al lado de un ser humano maniatado y maltratado, haciendo caso omiso de su tragedia. En lo personal se me hace increíble el hecho de que nadie se detuviera para prestarle ayuda, y aun menos sospechar que no lo hiciera por haber podido pensar (de ir solo en su vehículo) o comentar (de haber estado acompañado): «¿Que hará una vieja loca maniatada en una acera?». El colmo sería que, después de haber evaluado la situación, una persona haya seguido de largo creyendo que lo que allí estaba viendo pudiese ser parte del guión de un programa Loca cámara loca, con lo que RCTV (canal en el que transcurrió parte de la vida «artística» de la protagonista) sería responsable de tanta suspicacia.

Entiendo que por ser una producción de bajo presupuesto el mensaje (dirigido al Alcalde de Chacao) fue escrito con un marcador y no con un hierro candente, lo que nos hubiese llevado a cualquiera de las versiones fílmicas de Los Tres Mosqueteros en las cuales Lady Winter lleva en la parte superior del brazo (a la altura de la base del hombro) el estigma de la flor de lis, con el que se herraba a ciertas «damas» en la Francia de Luis XIII. O, colmo del sadismo, que le hubiesen bordado el mensaje en la piel con un punto de cruz, tal y como jocosamente me lo acotara un malediciente amigo.

Y a medida que se desarrolla la trama, del terror sicológico se llega a la ciencia ficción. La protagonista anuncia que habrá de apersonarse ante el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, para elaborar un «retrato hablado» de sus torturadores. Lo que nos lleva a suponer que la heroína debe proceder del planeta Kriptón y estar, por ello, dotada de una visión de rayos X, lo que le permitió ver los rostros ocultos tras las capuchas.

Toda ella, a la película me refiero, inmersa dentro de un drama histórico digno de Juana de Arco (a excepción de que ésta era doncella), ya que la heroína está siendo perseguida por los enemigos de la patria, mientras que ella y los suyos luchan a brazo partido por reconquistar las libertades perdidas y librarla de un tirano que sojuzga al débil y expolia al poderoso.

¡Puro Ed Wood!

Eso sí, no he de referirme a penúltima cinta La Eucaristiada: tribulaciones de un chofer sapo, de los Estudios Globovisión & El Nacional, dado el rotundo fracaso de crítica y de público que supuso, por lo que no pudo aguantar cinco días en cartelera.



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