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Fuera del ring

Guillermo Ortega
A
sesor de la Comisión Económica Social de la Constituyente

El Nacional, domingo 12 de diciembre de 1999

Cada quien puede votar como le dé la real gana. Creo, sin embargo, que se comete un error grave al trasladar a la discusión sobre la Constitución los problemas que se tienen en otra área. El marco constitucional propuesto es mucho más avanzado, más moderno y más adecuado a las necesidades del país que la Constitución de 1961. En la medida que el debate ha ido avanzando, se ha puesto en evidencia que la campaña por el «No» tiene poco que ver con la Constitución.

La resistencia empezó con el tema del Banco Central de Venezuela (BCV), por cuanto simplemente se introducían normas de transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la política económica y poco a poco los argumentos se ha ido deslizando a otros terrenos. Esas listas de las tres, cinco o diez razones para cocinar el «No», que se venden como muy convincentes, al final terminan en un ejercicio poco imaginativo de sacar frases de contexto o en interpretaciones que nada tienen que ver con el texto. El tema dejó de ser el BCV, apenas quedó en evidencia que el discurso en contra del proyecto era sencillamente la queja de un grupito que quiere no rendir cuentas.

Igual sucedió con lo del centralismo. La nueva Constitución consagra los principios de un Estado descentralizado, con corresponsabilidad fiscal entre los distintos niveles de gobierno. Se crean potestades tributarias que no existían en la Constitución de 1961 y se expanden las competencias atribuidas en las Ley de Descentralización. Además se introducen principios de eficiencia en materia de tributos, mandando a una ley nacional, que fije límites a lo que hasta ahora ha sido un proceso particularmente anárquico. Ni siquiera el tema de la bicameralidad puede usarse para esos fines. Los estados pequeños van a incrementar 20% su participación en el total de votos. La razón es muy sencilla, los tres diputados seguros y el efecto sobre cociente favorece a los estados pequeños en términos relativos.

El tema del estatismo también es otra de las ánimas que se han puesto a correr. No existe un solo sector vedado para el sector privado, por el contrario, se habla de libre competencia e iniciativa, libertad de empresa, comercio y trabajo, con mucha mayor sinceridad de quienes practican el neoliberalismo a conveniencia, pontificando sobre un asunto sobre el cual les cuesta mucho practicar en casa.

El tema del proteccionismo, es el último argumento que se ha usado ya casi fuera del cuadrilátero. Se forma un escándalo porque el país declara su soberanía a la hora de establecer su política comercial, precisamente el primer principio que suscriben los países cuando se incorporan al GATT, el acuerdo general que favorece el libre comercio. La posibilidad de establecer salvaguardas comerciales si la importación de un producto pone en peligro la industria doméstica, la protección a la industria naciente, las excepciones al sector agrícola o al sistema financiero, la posibilidad de imponer restricciones al comercio en caso de dificultades de balanza de pagos, son apenas algunas de las muchas prácticas que se permiten en el marco de los acuerdos de libre comercio.

Pero lo más importante de todo es que se trata de una Constitución que no es letra muerta. En términos muy prácticos y en relativo poco tiempo se van a introducir cambios muy importantes en la reglas de funcionamiento de la economía, cambios que son para el bien del país. Se introduce un concepto de equilibrio presupuestario que trasciende la esfera de lo contable. Incorpora un marco de transparencia, responsabilidad y rendición de cuentas en el ejercicio de la política económica, algo que solo escandaliza a quienes creen que ésta debe ejercerse en una especie de terrorismo impredecible que constantemente sorprenda los mercados.

Se establecen los principios de una legislación antimonopolio que va mucho mas allá de la simpleza de la prohibición. Se sientan las bases para una profunda reforma de la legislación tributaria, atacando frontalmente la evasión fiscal. Se establecen los principios de una legislación laboral especializada, normas para la democracia sindical, con efectos muy positivos sobre el mercado laboral. Pero es comprensible que todo esto no sea suficiente, incluso para quienes han estado durante mucho tiempo proponiendo reformas similares. El fin de milenio genera cierta melancolía. A veces disgusta que las reformas las hagan otros. Pero luego del debate, creo un deber aprovechar esta nueva oportunidad. La Constitución abre la puerta para los nuevos tiempos.


Por qué sí y por qué no



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