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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Septuagenaria Bárbara

La primera visión que tuve de Doña Bárbara fue en el Teatro Lincoln, cinematógrafo del Prado de María —especie de Santos Suárez caraqueño— y resultó francamente desconcertante para el niño que era yo por entonces: Doña Bárbara, en la versión de María Félix, no era encarnación de una mujeruca sin modales, una latifundista «terrófaga» con hombruno bozo bajo la nariz, como es fama en Venezuela que era el original que la inspiró: por el contrario, era un señora estupenda, bellísima; mundana y enigmática a la vez.

No se me alcanzaba porqué tenía aquella diosa de alabastro e insondables ojos negros que verse expuesta al trato mostrenco y desconsiderado de unos llaneros del Arauca vibrador que iban armados de carabinas «30 30» y hablaban como si acabasen de llegar de Ciudad Juárez.

Andando el tiempo supimos que aquel desvarío de Churubusco Azteca tenía mucho que ver con exilio en México de don Rómulo Gallegos, aventado al DF por un golpe militar cuyo cabecilla era Pérez Jiménez.

En bachillerato nos hicieron leerla y comentarla según esa mayéutica de la secundaria que indaga siempre en plan conminatorio: «cite tres valores literarios y tres valores cívicos de la novela Doña Bárbara, ¿quién es Santos Luzardo y qué simboliza?».

Lo que se llama una verdadera terapia de aversión hacia todo texto salido de la pluma del hombre que un día de los años veinte quiso saber «de qué iba» el llano venezolano.

Y quien, en consecuencia, se hizo invitar por unos amigos, dueños de hatos, quienes le mostraron la doma en las planicies, la caza del caimán con machete y estaca, los vados de los grandes ríos, los esteros y los palmares, lo invitaron a un «contrapunteo» o desafío joropero entre decimistas improvisadores y hasta arrojaron una res viva a un río llanero para que el novelista pudiese cronometrar el tiempo que a una nube de pirañas —que aquí llamamos «caribes»— le toma dar cuenta de un novillo.

Todo esto ocurrió durante el asueto de una Semana Santa, hace más de setenta años.

Gallegos fue ficha activa del partido de Betancourt y, habiéndolo sido, no podía dejar de ser blanco de la sorna de los comunistas ilustrados, siempre dispuesta a disminuir los positivismos gradualistas de su programa, la austeridad del viejo, su modo severo de andar por la vida que contrastó siempre con el talante bochinchero de sus compatriotas.

Por allá por los años sesenta estuvo muy en boga, entre la intelectualidad filomarxista, desdecir de la obra de Gallegos, fulminándola in toto, no sólo en razón de los didactismos que la surcan y que, sin duda, embarazan su lectura, sino negándose a acordarle al escritor ningún mérito que no emanase de su filiación socialdemócrata.

Según ese punto de vista, Gallegos no era más que un mascarón de proa, un figurón, un conchabado de Betancourt, una operación publicitaria de Acción Democrática.

Fue en esa sazón que Gabriel García Márquez dejó una vez en situación poco airosa a un preguntón «de izquierda», en el transcurso de un debate público sobre literatura latinoamericana.

El guasón quiso «servirle» al admirable novelista colombiano la ocasión de descalabrar a Gallegos, de desplegar tremenda descarga contra sus telurismos y sus frondosos paisajismos y sus patetismos y sus efectos y sus sociologismos.

Recuerdo que el Gabo «no pisó el peine», como decimos los venecos. Se limitó a evocar su propia primera lectura de Doña Bárbara, dejando ver la gozosa memoria que anima a un buen lector cuando pondera con entusiasmo.

García Márquez se limitó a rescatar una imagen galleguiana, apenas con un dejo de «yo habría comenzado a escribirla desde allí»: el momento en que Santos Luzardo —la civilización, según el catecismo del bachillerato— entra a la oficina de Ño Pernalete, el bárbaro jefe civil de aquella comarca, con ánimo de denunciar a Doña Bárbara por abigeato, y no lo encuentra. En su lugar se topa con una gallina empollando en el sombrero del Estado ausente.

No es Venezuela país que destaque por su novelística. «Ríos de petróleo, mas no de tinta», ha señalado el punzopenetrante Guillermo Cabrera Infante.

Acaso sea por eso que esta septuagenaria que se echa el rifle a la cara cada cincuenta páginas siga tan campante: pese a su telurismo y sus máximas, es casi lo único que los venezolanos podemos mostrar en la feria literaria de las vanidades patrioteras, setenta años después de aquella Semana Santa en que un maestro de escuela caraqueño y positivista quiso ver de cerca la agonía de una res estrangulada por una anaconda en un tremedal y tomar notas para luego sentarse a trasmutar todo aquello y escribir una novela que pudiese titular Doña Bárbara.


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