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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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Tiempo de bembones

El Universal, sábado 21 de noviembre de 1998

Pero ¿quiénes son estos bembones?, Ibsen, ¡hazme tú el favor; no seas irresponsable! llegó a exclamar, exasperado, el esposo de una amiga mía, hombre «bien nacido», de varios apellidos y considerable fortuna, interrumpiendo una exposición de mis pareceres que él mismo me había solicitado.

He dicho en otra parte que de las paradojas que este fin de siglo ofrece, una de las más llamativas es la de topar con tantos ex masistas y antiguos miristas, y trocados en agentes libres neoliberales, asustados por lo que tal vez sea su primera visión de populacho.

Les asustan las masas porque si hay algo que un ñángara nunca tuvo en Venezuela fue gente común y corriente detrás suyo y por eso no sabe cómo tomarse un inédito auge de masas; simplemente no está acostumbrado a la muchedumbre.

Las masas siempre fueron adecas. En consecuencia, constituyen el perfecto enigma para muchos que, en su momento, vocearon que las calles son del pueblo, no de la policía.

Mucho más podría añadir, pero hoy me interesa hurgar en otro tipo de temor al pueblo, como el que siente mi amigo mantuano por «los bembones».

Leer las declaraciones de Paulina Gamus en la prensa nacional, en las que increpa a los empresarios para que voten por quienes salvaguardan mejor sus intereses, es un terso ejemplo de cómo se despliega, deliberada o inconscientemente, la estrategia del miedo.

«¡Oligarcas, temblad!, ha dicho la Gamus, ejecutando a su manera las órdenes del petit caporal Alfaro: extorsionar con visiones apocalípticas; exprimir de cualquier manera el voto empresarial, el sufragio «oligarca». ¡El partido del pueblo, paladín de trinchera de los ricos! Es algo que ya sabíamos, pero reconforta escucharlo de labios de la compañera Gamus. «¡Oligarcas, temblad!»; no hay como vivir para ver: no es Chávez, el sedicente epígono de Zamora, ni siquiera Luis Cipriano Rodríguez, ni Agustín Blanco Muñoz, ni el doctor Escarrá Malavé, ilustres bembones jacobinos, quienes lo dicen; ¡es Paulina Gamus, Dios del Sinaí! Sólo que en trance de sumarizar una fórmula por demás cínica: los mismos que nos dieron el Seguro Social y la CTV, a Blanca Ibáñez y Cecilia Matos, a la Corporación Venezolana de Fomento y el Banco Industrial de Venezuela, se ofrecen como el arma absoluta contra los insurgentes.

Y pretenden que se les compre su dilema de quincalla apocalíptica «Alfaro o el caos; ellos o nosotros, así seamos ladrones e ineptos» sin siquiera ofrecernos un acto de contrición ni un propósito de enmienda.

Otras reacciones se dejan ver, especialmente ahora que Irene Sáez Conde tendrá que buscar cupo como facilitadora de talleres de liderazgo y autoestima en «Venezuela Competitiva».

En efecto, hay quien se encorajina y le da por pensar que lo que hay que hacer es entregarse a una especie de dialéctica clasista de último minuto, resumida en la fórmula de echarle un mantuano «exitoso y confiable» al pardo levantisco.

Poniendo a salvo el hecho de que un acuerdo entre las cúpulas luce ya no sólo tardío sino inviable, pensar en Salas Römer como la gran esperanza blanca no es sino tomar deseos por realidades.

Para empezar, el jinete de la chaqueta negra resulta un mantuano más bien «tapa amarilla»: mantuanos hay de los de verdad, de esos que llegaron en tiempos de don Juan de Pimentel, que no lo reconocen como tal. Y es que, como bien sabía Job Pim, en Venezuela anda suelto mucho mantuano con la encía morada; ¡y suelen ser los más genuinos, añadiría yo! Salas Römer no parece ser de esos. Nadie niega que es rubio, «con los dientes rubios», igual que Troy Donahue, y Newsweek dice que hasta estudió en Yale, pero eso no lo hace expresión de una casta. A menos que el primer Römer haya venido a Venezuela con los Belzares y eso explicaría también muchas cosas que en los mentideros de Carabobo se dicen de la «dinastía».

Curiosamente, son mantuanos de Valencia quienes en privado te cuentan los más espeluznantes relatos de impericia empresarial, de falta de ética comercial y autoritarismo nepótico en el ejercicio de funciones públicas que los llevan a pensar que, puestos a escoger un salvador, prefieren a Alfaro Ucero.

A mí, que soy pardo muy orillero, me bastó ver lo que le hizo Salas Römer a nuestra colega Erika, ante las cámaras de la televisión, para saber quién es el autoritario prepotente. Pero no hay que alarmarse, porque la tradición venezolana ha sido que mantuano sin esquina no le gana a pardo ni en bajada: es una tradición que arranca desde 1812, cuando al Marqués del Toro le dieron tremenda blanqueada en Baragua los pardos leales al Rey que el Marqués había ido a someter por cuenta de la Patria Boba. La línea se prolonga hasta la Revolución Libertadora, cuando un banquero presumido quiso hacerse, a los realazos, del título de generalísimo y lo revolcó el zambo Cipriano Castro en La Victoria.

La justicia poética del fin de siglo venezolano, siglo de la democracia y de las masas, conduce de modo natural a que el gallo canagüey del antiguo régimen sea Alfaro y el gallo zambo de lo que tenga que venir sea Chávez.


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