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¡Ben Laden está en el Fuerte Tiuna!

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 22 de setiembre de 2001

1.

Una misión de alto nivel de la contra sifrina venezolana se las arregló para alcanzar Washington no bien se abrió de nuevo el espacio aéreo estadounidense.

Su propósito era aprovechar la ola de exacerbado celo patriota y espíritu retaliador que abrasa (con s, señor corrector) a los gringos desde que un equipo de terroristas panislámico dejó literalmente sin trabajo a Bruce Willis.

Hasta donde he podido poner en claro, la misión se proponía convencer a los Guerreros de la Justicia Infinita del Pentágono de que Hugo Chávez mantiene oculto al protervo Ben Laden en algún lugar del territorio nacional desde por lo menos el sagrado mes de Ramadán del año pasado.

¿Cómo lo sé? Muy sencillo: se alojan en el mismo edificio de apartamentos en que suelo alojarme cuando yo mismo vengo a Washington: un aparthotel regentado por coreanos, situado en el # 925 de la calle 25, muy cerca de la estación del Metro de Foggy Bottom.

Me los he topado varias veces en el ascensor, pero ya se sabe cómo funciona el criollo en el extranjero: algo le traquetea en el giróscopo, se le va el yoyo y no toma la mínima precaución en presencia de extraños porque, por alguna razón, supone siempre que nadie más que él entiende español.

Por lo que he visto y oído, los emisarios de la contra sifrina esperaban que Chávez apareciese en Aló, Presidente con Ben Laden de invitado especial cantando Linda Barinas, reivindicando personalmente la rabiosa demolición de las Twin Towers en nombre de la Revolución Bolivariana y preguntando cosas como «¡Ah, Genatios!, ¿cuánto cemento y cabilla calculas tú que demolimos allí?».

En la fantasía de la contra sifrina, acto seguido una escuadrilla de aviones Stealth hace una sola pasada fumigadora por sobre el territorio nacional y barre con todo vestigio de chavismo, incluyendo la morrocoya de Rosinés y la batería de celulares de Miquilena. Parecían confiados en que ese sería el desenlace del «problema Chávez».

Aquella mañana se pusieron inadvertidamente al alcance de mi oído de chismoso en una cafetería de la calle M, a pocos pasos de Winsconsin avenue.

Un gordo coloradote, con pinta de meritorio del Colegio San Ignacio y que al parecer comanda la misión de freedom fighters venezolanos, hablaba por su celular y requería detalles de una interlocutora en territorio patrio llamada María Alexandra. (Siempre he encontrado indicativo de algo que no atino a saber bien el modo en que los sifrinos pronuncian la x en María Alexandra, a pesar de que es un arcaísmo de la grafía que debe y puede sonar como suena la j en la palabra México):

—Oye, ven acá, dime una cosa, María Alexandra: ¿y el Loco Mayor no ha hablado todavía? (pausa perpleja) ¿Cómo dices? (nueva pausa perpleja) ¿Que guardó silencio en honor de las víctimas?

Al punto uno de los comisionados derramó sobre su camisa Tommy Hilfiger de color mamón el sirope de maple que había estado aplicando cuidadosamente a su panqueca. Todos quedaron suspensos de la conversación vía celular:

—¿Y repudió el atentado contra las torres ? ¡Pero bendito sea el Cristo de Maiquetía! , ¿qué me estás diciendo, María Alexandra? ¿Cómo va a repudiar el atentado ese gran c...? ¿Quéeee? ¿Le ofreció solidaridad al pueblo neoyorquino y petróleo a George Dobelyú Bush? ¡No me jodas, María Alexandra! María Alexandra, ¿me oyes?, Aló, aló. ¡¡¡MARÍA ALEXANDRA!!!

Los demás parroquianos comenzaron a inquietarse: el clima en Washington no está últimamente todo lo «congenial», como dicen los musiúes, que se requiere para permanecer en calma escuchando a cinco venezolanos rollizos y ruidosos mientras el mundo tiembla al borde del abismo. Ajeno a ello, el jefe de la misión pugnaba por restablecer contacto telefónico sin salir del todo a la calle y sin quedarse del todo en la cafetería, atravesadote en la puerta del local para incordio de los demás parroquianos:

—María Alexandra, ¿ME OYES? Sí, yo sí te oigo a ti. ¿Tú me oyes a mí? Mi amor, párate mejor a la derecha y llámame tú. ¡A este número, mamita, claro, el que sale en tu pantalla! ¡MARÍA ALEXANDRA! ¡MARÍA ALEXANDRA! ¿Me oyes?

El gordo cerró de golpe el Motorola, y regresó a la mesa mordiendo un efusivo «¡kñ’elamadre%#$&...!».

—¿Qué pasó? —inquirieron al unísono sus compañeros.

—Que María Alexandra está metida en la cola de Prados del Este, iba pasando por Santa Rosa de Lima y allí siempre se le va la señal al celular.

—No, yo pregunto qué pasó con Chávez.

—Parece que leyó un trozo de la Biblia y guardó tres minutos de silencio en memoria de las víctimas ¡Repudió el atentado! ¿Te imaginas?

—¡NOOO! —exclamó al unísono el incrédulo grupo.

—Como lo oyen: repudió el atentado ese desnaturalizado.

—Es lo que yo digo en todos los programas de opinión donde me invitan —terció mansamente uno con aspecto de politólogo IV en el equipo de Eduardo Fernández— tú sabes que Chávez es muy intuitivo: tiene un discurso para cada ocasión.

—¡Qué intuitivo ni qué nada, no seas animal! ¡Aló, aló, ¿María Alexandra?! No, mi amor, lo de animal no es contigo: era aquí, discutiendo con estos pendejos que se ponen a leer a Teodoro Petkoff, se reblanceden y entonces les da por «comprender» a Chávez cuando de lo que se trata es de a-ni-qui-larrrrr-lo, de fundirrrrrlo en ácido nítrico. ¡Aló, aló, María Alexandra! Sí, sí, te oigo. Sígueme contando, mi amor, ¿qué más ha habido? ¡Ah, ya habló Rangel? ¿Y qué dijo? ¡Dígame esa vaina! ¿Y ya habló Miquilena? ¿Y Tarek? ¿Willian Lara y la Iris Varela ya hablaron también? ¡Claro, si es que en lo que habla Chávez arrancan todos a hablar! Y dime otra vaina: ¿Lucas Rincón sigue en Cuba? ¡Aló, aló...!

Y cerrando el Motorola exclamó:

—¡No, oh! Yo como me que me voy a ir a comprar un Nokia hiperarrechísimo que vi ayer en el Potomac Mall.

2.

En el Buick alquilado, rumbo al Pentágono, se desarrolla el siguiente diálogo:

—Gordo, yo creo que nos pasamos: era en la otra salida.

—Ahora hay que devolverse en el carajo viejo y volver a pagar peaje. ¿Tú no y que conocías la vía del Pentágono?

—Es que yo vine fue la otra vez cuando vinimos a pedir permiso para darle un golpe al doctor Ramón J. Velázquez pero esto está muy cambiado.

—¡Coño, ahí dice «Pentagon, restricted area and no sé qué vaina»: dale por ahí pa ve!

—Ah, ya me acordé: sí, es por aquí.

—Aprovechemos para ensayar lo que le vamos a decir al gringo. El plan sigue siendo el mismo: exponer a Chávez como el amigo de Saddam Hussein que se metió a talibán mientras estaba en Yare, encaletó seis meses a Montesinos y ahora tiene a Ben Laden enconchado en el casino de oficiales de Fuerte Tiuna. No puede fallar, tengo un master en Cornell University y conozco a los gringos: andan tan engorilados con lo de las Torres Gemelas que ahora sí lo tienen que hacer pomada aunque haya repudiado el atentado y la OPEP ponga el crudo a precio de recogelatas.

3.

El funcionario del Pentágono que los recibió entre escombros les dijo amablemente en el transcurso de menos de cinco minutos que Hugo Chávez no está todavía en su lista corta de los más buscados, que hasta donde alcanzan a ver sus analistas se trata de un Gobierno legítimamente electo por una mayoría significativa de venezolanos y que aunque la retórica del tipo les saca la piedra no encuentran hasta ahora motivo alguno para dejar caer bombas smart en los locales del MVR.

4.

La comisión se retiró, como cabe suponer, deprimida en extremo, y para reponerse de esa decepción se fueron todos al Smith & Wollensky, un restaurant de carnes de la calle K, donde cada uno pidió un sirloin de 12 onzas «vuelta y vuelta», con aritos de cebolla y papas Idaho horneadas y un toque de crema agria. Lo regaron todo con un frasco de Johnnie Walker Etiqueta Azul.

—Estados Unidos ya no es lo que era —regurgitaba amargamente el gordo del San Ignacio—: mucho negro, mucho judío, mucho chicano, mucho marico, mucho comunista estudiando Políticas Públicas en Georgetown. ¡Demasiados restaurantes vietnamitas, demasiada NBA, demasiados musulmanes negros! ¡Mucha droga! ¡Demasiada televisión por cable! ¡Con razón andan los talibanes como Pedro por su casa secuestrando aviones y tumbando torres! ¡Estados Unidos está cundido de chavistas! Échame más hielo y pasa ese frasco para acá.

—¿Porqué no te llamas ahí a María Alexandra a ver qué más ha habido?


Ibsen Martínez en la BitBlioteca



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