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Muerte de un jugador de rugby Luis Castro Leiva fue un profesor de filosofía de la historia que introdujo la práctica del rugby en el ámbito universitario de Venezuela y fue el primer intelectual de mi país que, de modo desembozado y radical, se declaró antibolivariano ¡en el país del culto a Bolívar! Argumentó su posición sin tremendismo «barbajacobino» y escribió un libro que le granjeó mucha soledad académica: De la patria boba a la liturgia bolivariana. Luis no sólo fustigaba el culto acrítico a Bolívar, instaurado por el dictador Guzmán Blanco en el último tercio del siglo pasado y alimentado luego por las academias de la historia y las sociedades bolivarianas. Luis fue más lejos: tampoco aprobaba a Bolívar, el hombre. No era de los reformistas que pretenden bajarlo del pedestal, «humanizarlo», como han querido muchos, con indiscutible buena fe. No, a Luis que no le vinieran con ésas: adversó también a Bolívar, el hombre, el político contingente que anduvo carnalmente entre nosotros, y ello por razones de republicanismo clásico: lo consideraba el fundador del militarismo, del personalismo y del providencialismo voluntarista en nuestra América. Formulado así suena terriblemente hereje, suena a cosa disolvente y poco cívica. Pero considere el lector no venezolano que hemos vivido siglo y medio persuadidos de que, desaparecido el Inmortal, los demás venezolanos no podemos ser sino enanos morales. Una especie de culpa original, de pecado primigenio nos acogota: haber disuelto la Gran Colombia. Todo niño venezolano es, al nacer, un culposo secesionista del sueño del Héroe. Sabido es que Chávez ha colocado su accionar de golpista y de líder de masas bajo la égida moral del bolivarianismo. En esto no es original: ha ocurrido antes. Lo original del bolivarianismo chavista ese ambivalente amasijo de máximas voluntaristas, acaso esté en que es la primera vez en la historia contemporánea venezolana en que Bolívar aparece en el panteón de un movimiento aluvionalmente populista y no al revés. Bolívar había sido monopolio ideológico e iconográfico de la derecha, de Gómez, de López Contreras, de Pérez Jiménez. Tan advertido estaba de ello don Rómulo Betancourt que rara vez invocaba al Padre de la Patria a la hora de nutrir el imaginario de sus discursos. Pues bien, Luis Castro Leiva, en solitario, desde su columna de El Universal, ha dado un ejemplo de valentía intelectual rara vez vista en esta América de caudillos y hombres fuertes, donde para muchos intelectuales resulta menos riesgoso unirse al croar de los aduladores. Su denuncia de las inconsistencias del bolivarianismo gritón, de los desvaríos del moralismo regeneracionista, de la deshumanización que entrañan los voluntarismos colectivistas no cesó un solo momento desde que la figura de Chávez comenzó a perfilarse como triunfadora. Con todo, no creo poder dar cuenta a quien no lo conoció, de la clase de tipo que fue Luis Castro si no comparto con Uds. esta anécdota que, en verdad, no sé cuánto valdrá. Deportista y anglófilo, Luis se hizo al rugby en el afamado colegio La Grange, de Santiago de Chile, donde su padre un militar demócrata, leal a Gallegos vivió su exilio durante la dictadura de Pérez Jiménez. Luego, sus años de la Sorbona y de Cambridge lo convirtieron en una rara ave en este país de short-stops: se le tiene por el introductor del rugby en el medio universitario criollo. El caso es que durante casi diez años solíamos trotar por el campus de la Universidad Simón Bolívar y rematábamos la rutina diaria con tres mil metros de piscina. La rutina este fin de semana, no resultó la misma sin la discusión, a menudo apasionada, de Luis. Con el instructor de water polo, un cubano que vive entre nosotros desde hace ya algún tiempo, evoqué cómo, hace unos años, Luis hubo de interrumpir un seminario de filosofía moral, para atender la solicitud de un amigo suyo, afamado escritor cubano en el exilio. Luis se ocupó del asunto con característica diligencia, exigió iracundamente la intervención de nuestra Cancillería, voló personalmente a las Caimán, forcejeó en su inglés de Cambridge con los británicos hasta que le entregaron un chico, pariente del escritor. El chico ya había perdido a un hermano durante la travesía. Luis lo escoltó a nuestra embajada en Jamaica, allí tramitó para él una visa venezolana y lo trajo a Venezuela, donde el balsero se perdió para siempre en la colmena caraqueña. Todo en el transcurso de un frenético fin de semana, del cual Luis no hizo otro comentario, al regresar a la rutina de jogging y natación, que el de lamentar el retraso en la traducción de las páginas de Bernard Williams, sobre quien versaba el seminario. No retuvo nunca el nombre del balsero; nunca más volvieron a verse: su misión terminaba donde debía terminar y punto. Lo importante para él era que se trataba de un muchacho puesto en aprietos por una dictadura y a quien había que ayudar «porque la amistad tiene obligaciones». Con la muerte de Luis Castro Leiva, Chávez ese sortario pierde un adversario formidable. |
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