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El charlatán en su laberinto El Nacional, sábado 1º de abril de 2000 I«Charlatán» es voz castellana que pasó, como tantas otras, al inglés, lengua en la que «charlatán» es de uso culto y por eso en la prensa británica y angloamericana se topa uno a cada rato con la palabra «charlatan», así, sin acento ortográfico. Quede dicho para ilustración de tanto desaconsejado que anda como un loquito por la vida, persuadido de que hay cosas para las que el castellano es insuficiente. Por eso se le cae de la boca a cada rato el infaltable «performance», sin percatarse de que la palabra «desempeño» está más a la mano y tiene mejor son. Con todo, aceptemos que no es muy halagador esto de que en inglés, idioma que se dice de la globalización, «charlatán» quiera decir «charlatán» y que te lo digan en castellano cualquiera sea el idioma globalizador en que quieran llamarte «charlatán». Es el genio de la raza y de la lengua, digo yo, pagando un rescate muy alto por no ser obliterado del todo en el siglo XXI. Según el Diccionario de Autoridades, un charlatán es «el hablador que gasta multitud de palabras sin sustancia ni discreción fiado en la apariencia y sonido de las voces. Llámase también al herbolario y curandero que anda vagando por el mundo». Ahora bien, ¿es todo caudillo un charlatán?, ¿qué tiene de charlatán un carismático? De otra parte, ¿se concibe un carisma que no sea palabrero? Y metiéndonos todavía en mayores honduras: ¿qué nos dice del carácter de un caudillo y de su pueblo el refrendo y el aplauso que ambos plebe y caudillo otorgamos a la charlatanería? He aquí un enigmático sistema de nociones que se interrogan entre sí y que buena parte de «la contra» haría bien es descifrar sin engañarse ni halagar tanto la idea de superioridad moral que se hace de sí misma, si es que en verdad no quiere seguir haciendo el ridículo electoral, para no hablar del histórico. Por cierto, y aunque esta sea la enésima vez que lo comento, puede discernirse mucho acerca de este asunto leyendo lo que el escritor Luis Pérez Oramas tiene que decir sobre esa nuestra especial cepa de igualitarismo que no respeta jerarquía de competencias, en especial las intelectuales. Todo esto me viene sugerido por Chávez, tantas veces visto en pantalla de 42 pulgadas, «fiado en la apariencia y sonido de las voces», paladeando la palabra «cartesiano» (usada a menudo por él para indicar justamente lo contrario de cartesiano), la palabra «holístico», la palabra «geoestratégico». «Hablador que gasta multitud de palabras sin sustancia ni discreción», el hombre ha llegado a hacer cosas como santiguarse y encomendarse Dios Todopoderoso para acto seguido invocar ¡a Nietzsche, caballo, a Nietzsche: al Descreído Mayor! ¿Cuánto hay de suyo propio en esa efusión de palabras «sin sustancia ni sentido» y cuánto es idiosincrático de nuestra nación de «arbolarios», que es el otro modo de decir «herbolario»? Si lo apartamos figuradamente de su rango y de su cargo, ¿no se resuelve a veces cabalmente la estampa de Chávez en la de ese inevitable compatriota con una teja algo rodada que rico o pobre, mantuano o pardo se posesiona del micrófono en cualquier acto público, ya sea organizado por Cedice o por la ultraizquierda, ganado por la predestinación de «animar» el encuentro a toda costa y de ocuparse hasta de solicitar por favor al dueño del Malibú azul cobalto, placas AMX 77J, que lo mueva porque «está trancando»? II A muchos factores de «la contra» sifrina, sean harvardianos o de La Sorbonne, la noción de carisma corre a menudo pareja con la de caudillo y ambas son para ellos aborrecible cosa del pasado, del populismo palurdo: un lobanillo atávico de cuando todo era paludismo, proclama y montonera. Un barrunto de personalismo plebiscitario que retarda el advenimiento de verdaderas instituciones modernas, una perversión agregada a la irracionalidad macreconómica propia del populismo y de la izquierda. Rara vez recuerdan que, al menos en la tira cómica de nuestra vida republicana, a cada caudillo, a cada jefe muchos de ellos charlatanes de cinco estrellas lo nimbó su tonga de señorones, de doctores y letrados, de juristas y demás conservadora gente que le tendía la cama al mandamás. José Antonio Páez, sin ir más lejos; ¡hay que ver la de manchesterianos y de usureros gramaticalmente correctos y de «buen nombre» que trabajaron hombro con hombro con el mismo sujeto a quien en un tiempo juzgaron un bárbaro de las planicies! De modo que así como donde hay humo hay fuego, donde haya un caudillo civil o militar, un carisma real o fabricado, un pardo empinado hasta el poder, un charlatán con mando, podrá hallarse un scholar, un teorético, un curandero «blanco y de trato». Un despabilado que se anima a decirle: «¡claro que se puede, mi comandante!: venga que le explico, yo le resuelvo ese problema, yo sí sé de esta vaina: ¡déme la oportunidad!». Adelantaré el video hasta 1989, fecha en que los neoclásicos del «crecimiento hacia afuera» y de la reforma del Estado desde arriba se colgaron del «carisma» de Pérez, carisma que visto en retrospectiva resultó bastante poco apto para la supervivencia en medio hostil. Algún día se escribirá la historia de las torturadas relaciones entre los reformadores latinoamericanos y sus charlatanes. Hablo de todo tiempo y de toda estirpe; de neoliberales y populistas. Sea como fuere, Pérez no resultó ser el demiurgo amansador de aparatos y de masas con que contaban sus ministros-pasantes. La moraleja es que aquel Pérez lenguaraz tuvo a sus gonfaloneros del IESA, así como Chávez tiene a la facción visionaria del Cendes, a Giordani y al grupo Garibaldi. «Megalómano sin ilustración» llamó a Pérez un cable de la agencia italiana ANSA, allá por los noventas; ¿no ve usted algo familiar en el retrato? III Teodoro Petkoff en un libro próximo a aparecer y cuyo borrador he tenido la oportunidad de leer discurre muy acertadamente sobre el valor que tiene para un comunicador populista radical como Chávez el discurso articulado, el «efecto de explicación», gratificador, moralista, sencillo, descomplicado y digerible que la izquierda dogmática aporta a Chávez. Se me ocurre trastear con esa observación y preguntarme qué les ocurre a quienes despiertan al hecho indisputable de la que la revolución no es posible en los términos «sesenteros» en que la conciben o «nostalgian» (el competente verbo «nostalgiar» lo debemos a Alberto Barrera Tyzska). Esa constatación a menudo mueve el «reflejo extrapunitivo latinoamericano»: los males que nos abruman, las insuficiencias y frustraciones que nos persiguen no tienen que ver con nuestro pobre desempeño sino con conspiraciones y enemigos jurados, con burgueses e imperialismo, con traidores a la patria y demonios así. Me lo pregunto porque al charlatán, por re o por fa, siempre le pasan vainas muy chuscas y duras de tragar, vainas que a menudo lo dejan en pose desairada, poco digna del panteón cheguevarista. En mi barrio natal tuvimos una vez un charlatán de liga menor, un tipo que nos sacaba alguna ventaja en edad a los de la cuerdita. El tipo dragoneaba de guerrillero urbano. Había estado en todas las acciones armadas, el Che Guevara en persona le había regalado un reloj Rolex Oystermaster, sabía el paradero de los comandantes más buscados por la Digepol. Jugaba a perderse durante días para reaparecer con un cuento de cómo es que había estado asaltando bancos, hostigando patrullas del ejército, entrenando a unos compañeros bisoños; en fin, una verdadera ladilla heroica el tipo. Se acercaban las elecciones del 63 y por esos días allanaron un local clandestino de la Juventud Comunista donde se elaboraba propaganda subversiva. Los del gobierno llegaron como dice Rubén Blades, «repartiendo bofetá», y se los llevaron a todos, junto con el multígrafo, el tocadiscos y las gaveras de cerveza. Menos al charlatán a quien poco le faltó para que pusiera un reclamo formal por ante el ministro de Relaciones Interiores: ¡Epa, ¿qué fue?, ¿no me van a detener? se dice que exclamaba, acosando a los policías. ¿No saben quién soy yo? Yo soy un elemento peligrosísimo! Mientras arrestaban a los activistas de agitación y propaganda, los gubernamentales tranquilizaron muy cumplidamente al charlatán: él no estaba solicitado por extremista, le dijeron. Sabían que no era más que un hablador de pendejadas. Muchos llegamos a pensar que, desarbolado de pura humillación, mudaría de barrio su charlatanería. Pero no; la cosa tuvo su efecto paradójico: el episodio removió en él un coraje, alguna soberbia hasta entonces oculta, algo doctrinario y voluntarioso que lo puso en el camino de unirse efectivamente y de «verdad-verdad» a un grupo extremista hipercomencandela, justo cuando ya la lucha armada iba camino a ser cosa del pasado. Arias Cárdenas ha aludido al «fidelismo trasnochado» y a las revoluciones imaginarias e inviables, esas de botiquín, dos tercios Polar y una caja de Belmont. Hay quien argumenta que, en el actual horizonte electoral, esa «blasfemia» puede tener, en la estructura narrativa del cuento nacional que nos preocupa, la misma función provocadora que cumplieron sin imaginarlo los policías que desestimaron al falso guerrillero urbano. Yo apuesto a que no. Pero con los habladores de pura sangre sólo hay un modo de saberlo.
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