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Los desconocidos de siempre

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 8 de mayo de 1999


Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
El episodio es verídico: un club envía una carta a Groucho Marx notificándole que le han hecho miembro honorario del mismo. Groucho declina la membresía que no ha solicitado y da una razón de irrecusable individualismo: «No me interesa ingresar a un club que aspire a tener entre sus miembros a un sujeto como yo». ¡Gran decir!

Me parece que la respuesta de Groucho trae implícita una «regla del pulgar» que todos deberíamos atender cada vez que alguien o «algo» nos tienda la lisonjera emboscada del «hemos estado pensando en postularte...».

Mi naturaleza, huraña, poco gregaria y propensa al escepticismo en lo que toca a los asuntos públicos, apenas me ha permitido pertenecer en esta vida a una cofradía: el Caracas Press Club.

Es la única corporación regida por derecho público que puede alardear de haber entablado relaciones más o menos duraderas, más o menos discernibles, más o menos mundanas con la realenga bestezuela que soy.

En ello tiene mucho que ver el cariz democrático, penetrado de tolerancia y valoración de la diversidad que durante una década ha logrado prevalecer en el Press Club.

Me siento a gusto allí. Me gustan las reglas de la casa, tan avenidas con el sentido común; tan respetuosas de la singularidad de cada quien.

Puedo perderme una larga temporada y al regresar me reciben sin demasiada alharaca; nada de hipócritas y desgarradoras escenas ante el hijo pródigo que torna al hogar: apenas un conciso «¿apareciste, embarcador?».

El whiskey, el hielo y la soda siguen en su invariable estante, y como no hay bartender ni caja registradora, únicamente se espera de mí que pague mi consumo antes de retirarme y que no haga trampas en el libro de asientos.

Hay mayoría femenina y esto ha infundido al Press Club un talante solar, imaginativo y pragmático a la vez; un modo de hacer desenvuelto y cortés; en fin, una especial condición climática en la que caben todos los pareceres y conviven todos los disensos —con una que otra retadora «chapa»; una que otra descarguita que anime el debate—, pero en la que no sobreviviría ningún atorrante y «discutidor» majadero de oficio, ningún avilantado aprovechador de la valiosa información privilegiada que circula libremente en el Press Club, sin disiparse jamás en infidencias ni «tubazos». Rareza suprema: un club de comunicadores que se han impuesto la restricción estilística de ser discretos.

¿Por qué todo este exordio acerca del Press Club que ya parece publicidad redaccional?

Porque me figuro que así tendría que ser el Movimiento Quinta República para aspirar siquiera a contarme entre los suyos, no hablemos ya de postularme a la Constituyente en su originalísima «plancha uninominal».

¿De parte de quién y cuenta de qué?

Un señor llamado Joel Acosta Chirinos y otro de nombre William Lara, secretario general y de organización, respectivamente, del Movimiento Quinta República, ofrecen declaraciones a El Nacional en su edición de martes pasado.

No los he visto nunca en mi vida, jamás hemos cambiado una palabra y por eso dejo escapar un estupefacto ¡quack!, al tiempo que derramo el pocillo de café sobre el teclado de la computadora, cuando leo mi nombre casi al final de una lista de candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente que los mencionados apparatchiki del MVR afirman van a elevar al presidente Chávez para su aprobación.

Un comentario, dos, tres; varios comentarios acerca de la lista. Advierto, para comenzar que, al menos en mi caso, se ciñe a una inveterada tradición de raigambre izquierdista: la de invocar nombres y firmas sin solicitarlos expresamente: la «firma carnada», para «trolear» incautos. Ni una llamada, ni un café para sondear mi disposición; ¡nada!

Pero olvidémonos de mí como «candidato»: como elector potencial puedo ver que la lista incluye gente valiosa —¡yo mismo, vamos!— en cuyo elogio no perderé tiempo. Pero también incluye a compatriotas por quienes jamás votaría.

Hablo, por ejemplo y sin ir más lejos, de representantes del más nefasto y voraz gremialismo universitario, enemigos jurados de la meritocracia, paladines de la homologación clientelar, de la autonomía sin evaluación, de la administración de dineros públicos sin auditoría, caciques del «cetevismo» profesoral.

Encuentro además irritante, por decir lo menos, que se me exponga en compañía de los dos proponentes, el señor Chirinos y el señor Lara. Y esto, porque sus declaraciones expresan contradicciones e inconsistencias en modo alguno inocentes y que todo buen demócrata debe repudiar y combatir:

a) la sospechosa insistencia en que los símbolos partidistas acompañen y «comenten» las postulaciones en el tarjetón.

b) la noción de que la participación de Chávez en la campaña electoral —que le está expresamente vedada por la Constitución, así sea «moribunda»— no contradice la oferta primordial que el mismísimo Chávez ha repetido machaconamente: «Se elegirá por nombre y apellido», se presentarán sus nombres y sus ejecutorias a cielo abierto, los candidatos no se ofrecerán en racimos ni en paquetes compactos de seis, como las laticas de cerveza.

c) La exhortación a votar en términos dilemáticos y moralistas —«por los corruptos o contra ellos»— que ignoran lo esencial de la propuesta de elegir uninominalmente.

Ello no es otra cosa que elegir «personas»; no «contingentes». Lo que se procura con esto de los símbolos partidistas es claro y merece el más enérgico repudio: se pretende imponer un destacamento sin más mérito que el ser «ungidos» por la aprobación del Jefe, contrariando lo más original de la propuesta constituyente que ha hecho el mismo Chávez: la uninominalidad.

Con lo que se estaría escamoteando una aspiración que no ha sido, por cierto, exclusiva del chavismo: la sociedad civil organizada la viene propugnando desde hace décadas.

De imponerse ese criterio, se ocultarían o disminuirían maliciosamente las virtudes personales y cívicas de los postulantes adversos al Polo Patriótico, manipulando arteramente el repudio generalizado a los partidos moribundos que, por las razones que sean, llegasen a respaldar a estos particulares.

Se aspira a transfundir propagandísticamente el predicamento que goza Chávez entre las masas y exhibir como único mérito para el foro el sello de «calidad total» otorgado por Chávez. Y, al mismo tiempo, colgar al cuello de particulares independientes, tan aptos, tan honorables y tan patriotas como el que más, un collar de plomo: identificarlos in toto con el «puntofijismo».

La última palabra no puede ser de Chávez Hay una expresión que con inquietante recurrencia se escapa del cerco de los dientes de los voceros del MVR: «La última palabra la tiene Chávez».

Angela Zago, en una entrevista publicada en la misma edición, la usa en el mismo sentido en que lo hacen Chirinos y Lara. La obsecuencia que dejan todos ver en sus declaraciones es indistinguible de la de un adeco en tiempos mejores para AD, cuando toda individualidad abdicaba en favor del gran elector, Alfaro Ucero.

Hay más: Chirinos se opone a la postulación uninominal que Carlos Navarro, con recursos telemáticos, adelanta por cuenta propia: Chirinos preferiría que a Navarro lo preceda únicamente su antigua condición de copeyano, para «rayarlo» urbi et orbi. No quiere que resplandezcan las calidades de Navarro como dirigente sindical.

Zago va más lejos y no se recata de sugerir que los postulantes adversos sencillamente se inhiban de serlo, que se aparten, porque otro tiempo ha llegado; en fin, que dejen que esto sea una carrera de un solo caballo. También ella tiene buen cuidado de matizar sus pareceres: en materia de postulaciones uninominales, «la última palabra la tiene Chávez». Esto es; el MVR postula uninominal pero «entubadamente» y desde arriba.

Observo que, en bien del proceso constituyente, con el que todavía simpatizo, la función del presidente Chávez como convocante ha debido cesar mucho antes del Referéndum del 25 de abril.

En todo caso, toca ahora al Polo Patriótico mostrarnos sus prospectos, sus destrezas, sus ideas, su pertinencia social, los «numeritos» de los hombres y mujeres que habrán de debatir y redactar una Constitución y hacerlo con gente como Alberto Franceschi, quien con bravura discrepa de ellos.

Insisto en imprimir y hacer circular barajitas con la trayectoria uninominal de cada quien. ¿O no habíamos acordado que la última palabra no es de una cúpula ni de un máximo líder, sino del soberano?


Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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