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De la desigualdad entre los hombres

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 2 de diciembre de 2000
Bernardo Kliksberg,
Nuevas direcciones en el debate mundial sobre la pobreza y el desarrollo social
Ibsen Martínez, La cruzada de Bernardo Kliksberg

Mono
Ibsen Martínez, El mono aullador
de los manglares
, Caracas:
Grijalbo-Mondadori, 2000.
1.

Una de las palabras de las que más esperamos es sin duda la palabra «igualdad». En cuanto a la idea que designa, todos suponemos que la entendemos: «igualdad», está claro, viene de «igual».

La Real Academia considera que proviene del latín aequalitas, y dice que nombra

  1. «la conformidad de una cosa con otra, en naturaleza, calidad o cantidad»;
  2. «correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo»; 3, «principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos».

De «igualdad» creo yo que provendrá también «igualado», que es vocablo excluyente y pendenciero y que no resulta amistoso en la conversación corriente ni en el articulismo de opinión, como cuando se increpa a alguien diciéndole «Ud., diputado Alvarenga, lo que es un igualado». O cuando se escribe que «Chávez y los suyos son unos igualados totalitarios y balurdos».

Voltaire, aunque no era neoliberal ni trabajaba en el Banco Mundial, era también a su modo un fatalista y concluyó en que «el género humano, tal y como es, no puede subsistir a menos que exista una infinidad de hombres útiles que no posean nada de nada, ya que, ciertamente, un hombre satisfecho no abandonará su tierra para venir a trabajar a la vuestra, y si necesitáis un par de zapatos, no será un dignatario del Consejo de Estado quien os los hará. La igualdad es, pues, la cosa más natural y al mismo tiempo la más quimérica».

Bueno, creo después de estas breves y ligeras flexiones, ya estamos listos para la parte «dura» de este artículo.

2.

El recíproco de igualdad viene a ser «desigualdad» y acerca de esta última suelen discurrir algunos economistas con tanto fatalismo como impasibilidad.

De ella suele decirse impávidamente que es un hecho de la naturaleza y que si se hacen las cosas debidas la desigualdad no obstaculizará el desarrollo.

Para ello se han apoyado con frecuencia en la sacralización de la famosa «U» invertida de Kuznets.

¿Quién rayos es Kuznets?, se preguntará Ud.

Pues, verá, Simón Kuznets (1901, 1985) fue un hombre que con mucha probidad dedicó su talento a estudiar los ciclos del desarrollo económico y a quien por ello de otorgaron el premio Nobel de economía en 1971.

Según la versión canónica que algunos economistas truchimanes han hecho de la «U» invertida de Kuznets, la desigualdad es ni más ni menos que una etapa inevitable de la marcha hacia el progreso. No hay nada que hacer, salvo esperar el advenimiento del desarrollo. Ella se irá sola cuando el desarrollo nos alcance.

De acuerdo con esto, en los primeros estadios del desarrollo ocurren polarizaciones sociales que luego se van moderando.

Hay economistas de la cepa «neoclásica optimista» que sugieren además que la acumulación de recursos en pocas manos es cosa buena porque, llegado el momento, favorecerá el desarrollo al crear mayor capacidad de inversión.

Esta «cosmogonía del desarrollo económico» tiene especial interés para nosotros en América Latina porque somos considerados unánimemente por todos los expertos, y según todas las tablas de todos los organismos competentes, como la región más desigual del planeta.

Si la tesis de los ortodoxos duros fuese cierta, la región debería contar con tasas de inversión muy altas, gracias a las «acumulaciones en pocas manos» que ha generado. El hecho escueto es que no se las ve por ningún lado. La «U» invertida no parece funcionar para la región.

En honor a la verdad, Kuznets jamás pretendió que su vocal invertida fuese aplicable a los países no desarrollados. De hecho, advirtió expresamente sobre el error implícito en generalizar las conclusiones que extrajo.

Lo cierto es que el «modo latinoamericano de ser desigual» nos ha convertido en un caso de estudio de los impactos regresivos de la desigualdad.¿ Porqué le va tan mal a un continente con tantas potencialidades económicas y humanas? ¿Porqué esos resultados económicos tan poco halagüeños y esos déficits sociales tan agudos?

El consenso de una masa considerable de especialistas es que uno de los factores ha sido, justamente, la desigualdad y su ascenso vertiginoso en las últimas décadas. Llegan a afirmar que una elevada desigualdad puede constituir en sí misma un formidable obstáculo para el crecimiento.

3.

Los expertos advierten que en América Latina (y por tanto, en Venezuela ) andan sueltos, entre otros muchos, al menos cinco tipos de desigualdad latinoamericana.

Existe algo llamado «coeficiente Gini de inequidad en ingresos». Pues bien, América Latina tiene casi tres veces el Gini de los países nórdicos.

En promedio, la mitad del ingreso nacional de cada país de la región va al 15% más rico de la población.

Afinando la proporciones, el 5% de la población es dueña del 25 % del ingreso nacional. Del otro lado, el 30% de la población tiene solamente el 7.5% del ingreso nacional: ¡la mayor brecha del planeta!

Otra inequidad salta cuando tratamos el acceso a los llamados «activos productivos»: la tierra es apenas uno de ellos.

Una tercera desigualdad: en América Latina hay 60 millones de Pymes que generan 150 millones de empleos, pero sólo tienen acceso al 5% del crédito.

(Me felicito de no formar parte del plantel profesoral del IESA y poder hacer esta última afirmación sobre las inequidades en el acceso al crédito sin riesgo de que un banquero del comité benefactor llame y ordene que me despidan por instigador.)

¿Una cuarta inequidad? La que rige el sistema educativo.

Al cumplir los 20 años, solamente el 8% de los jóvenes del 25% de la población con menores ingresos en el Brasil ha completado la escuela elemental, contra el 54% del 25% con mayores ingresos.

Tomando 15 países de la población, el BID estableció en 1998 que los jefes de hogar del 10% de la población con ingresos más altos tenían 11.3 años de escolaridad, mientras que los del 30% más pobre solamente 4.3 años de escolaridad : 7 años de brecha..

En Europa, la brecha de escolaridad entre el 10% más rico y el 10% más pobre oscila entre 2 y 4 años, mientras que en México es de 10 años.

Y es debido a su pobre bagaje educativo que hay en América Latina un nivel superior del 3% de la población ocupada (al que posiblemente pertenezcamos Ud. y yo, aunque mejor es no darlo por seguro) que tiene 15 años de escolaridad, un nivel intermedio que representa el 20% de la fuerza de trabajo y que muestra entre 9 y 12 años de escolaridad, y el 77% restante que sólo tiene 5.5 a 7.3 años de escolaridad en las ciudades y 2.9 en las zonas rurales.

Una quinta desigualdad surge de las posibilidades grotescamente diferenciadas de acceso al mundo de la informática y la Internet. Una nueva categoría se conforma de este modo: la del analfabetismo cibernético.

4.

«Todas las desigualdades señaladas por las agencias y estudiosos independientes más acreditados generan múltiples efectos regresivos en la economía, la vida familiar y el desarrollo democrático», afirma el profesor Bernardo Kliksberg, del Instituto Interamericano para el Desarrollo Social, adscrito al BID. Las cursivas y el subrayado son míos.

Lejos de ser un subproducto tolerable del desarrollo económico, la desigualdad parece ser más bien el fruto de las políticas regresivas que la han potenciado en los últimos tiempos.

Al respecto, Albert Berry señala cómo «la mayoría de los países latinoamericanos que han introducido reformas económicas promercado en el curso de las dos últimas dos décadas han sufrido también serios incrementos en las desigualdades.

Esta coincidencia sistemática en el tiempo

(reformas en pro del mercado, aumento de la desigualdad) sugiere que dicha reforma ha sido una de las causas del empeoramiento de la distribución».

Lo peor de todo es que la desigualdad no se modera ni cede por sí sola. Al contrario, cuando surgen circuitos de desigualdad en áreas claves, estos muestran una malvada cualidad «contaminante» al generar circuitos de desigualdad en otras áreas.

Por ejemplo, la desigualdades en ocupación y distribución de ingresos conspiran contra la reformas educativas. Asimismo, las desigualdades en educación ensanchan las brechas en el mercado del trabajo.

Las desigualdades alimentan la diabólica dualidad fundamental de nuestras sociedades, aquella que enfrenta a los «felices pocos» con los muchos excluidos.

Y poco avanzaremos en el camino de combatirlas con los referenda inconstitucionales del chavismo, por un lado, y las actitudes punitivas de la élite «ilustrada» contra quienquiera discrepe del consenso neoliberal, por el otro. Son apenas dos ejemplos de la ceguera sectaria que conjura el desastre.

Sin vigorosas, bien concebidas y todavía mejor concertadas acciones en contrario, que comprometan a todos los sectores, estas polarizaciones sólo lograrán crecer y ampliarse indefinida y angustiosamente.

Berry, Albert (1997). The income distribution threat in Latin America. Latin American Research Review, Vol 32, N° 2.


Bernardo Kliksberg, Nuevas direcciones en el debate mundial sobre la pobreza y el desarrollo social
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Ibsen Martínez, La cruzada de Bernardo Kliksberg



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