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Journal of Strambotical Research ¿Escoria? ¿Alguien me llamó «escoria»? El Nacional, sábado 6 de marzo de 1999
»Están persuadidos, en lo profundo de sus corazones, de que son mejores que nosotros, justamente porque las compensaciones y refugios de la vida han sido cosas que hemos debido descubrir por nuestra cuenta. Y aun cuando lleguen a penetrar en nuestro mundo, e incluso arrastrarse por debajo de nuestra propia abyección, seguirán pensando que son mejores que el resto de nosotros: son diferentes». Me apresuro a advertir que estos saberes de Fitzgerald sobre la relojería moral de los más afortunados supuraba pestilente resentimiento. Con todo, reléalo y piense en su Ricky Rich, en su Rico MacPato favorito. Todos tenemos uno; en ocasiones puede hasta ser nuestro mejor amigo y dígame si tienen desperdicio las observaciones del bueno de Francis Scott: «blandos donde somos duros; cínicos donde somos crédulos...». Este divertimento en torno al cinismo y la credulidad me lo ha propuesto la incursión del doctor Salas Römer en territorio comanche; se dejó ver en la plaza Bolívar de Caracas, en plan de acudir a una misa en memoria de los caídos del 27 de febrero del 89. El azar objetivo nos deparó ese día muchas coincidencias aparatosas, como es de leer las declaraciones de Moisés Naim el Wunderkind del IESA, antiguo ministro de Fomento de Pérez señalando, con tonillo doctoral, que Chávez sólo ha hablado de política fiscal y exigiendo que le muestren al país y al mundo un plan económico «creíble». Naim está en su derecho, ¡qué duda cabe!, pero al igual que el resto de los niños prodigio del gabinete económico de Perez, tiene todavía, tendrán todos siempre en las manos, el fusil humeante de aquella masacre: un elemental sentido del decoro habría sugerido una fecha menos aciaga, el 26 ó el 28 de febrero, pongamos, para criticar planes económicos. En especial si es claro, como ha sido unánime convenir, que aquellos polvos trajeron estos lodos. Pero volvamos al doctor Salas Römer y la cristiana piedad de que da muestras por las víctimas de la suspensión del Estado de derecho que amparó todos los atropellos, esa genuina «desregulación instantánea» que estuvo tras las muertes del 27 de febrero. Otras misas fueron oficiadas ese día, concelebradas por los familiares de las víctimas que no han hallado justicia todavía. La de Salas Römer fue una misa por la descentralización. Así entiende él los sucesos del 27 de Febrero: ese día, afirmó en un discurso que acompañó al oficio de difuntos, «comenzó la descentralización en Venezuela». No debería uno mostrarse excesivamente severo con la interpretación que el doctor Salas Römer da a las matanzas de hace diez años. Después de todo, los mejores científicos sociales, propios y extranjeros, no se han puesto de acuerdo acerca de dónde empezó, cuándo empezó y cómo empezó el saqueo de Caracas. Pero la intuición y la memoria colectivas señalan en dirección a la desigualdad, indócil palabreja. Mis padres vivieron en mi barrio natal hasta pocos años después del Caracazo. La tarde del 28 de febrero del 89 anduve de visita y me resultará por siempre inovidable porque vi lo que literalmente se llama un tendal de muertos en la subida de Los Alpes, como quien sube desde la avenida principal de El Cementerio. Ametrallados por una escuadra de aterrorizados conscriptos: tuve un atisbo de los ajusticiamientos en masa que zanjaron el episodio de La Comuna. Pero es difícil imaginar que ninguno de ellos haya rendido la vida con la consigna «¡descentralización administrativa y competencia tributaria para los ejecutivos regionales o muerte; venceremos!». Hasta ahí, lo que atañe al cinismo y la credulidad. «Blandos, donde nosotros somos duros», es el otro atributo que Fitzgerald advierte en los ricos. Y, ciertamente, sólo la blandura de carácter pudo haberle hecho concebir al doctor Salas Römer la puerilidad de comenzar a «posicionarse» temprano, robándole visibilidad al designio de Chávez de asociar la conmemoración del Caracazo con el lanzamiento del Plan Bolívar 2000, sino de, una vez en territorio comanche, perder los estribos hasta el punto de llamar «escoria» a los exaltados que, muy explicablemente, rechazaban airados su presencia en un entierro donde no llevaba vela alguna. De nuevo he ahí un ejemplo de la insuficiencia de nuestras «élites»: no acaban de entender que si bien todavía no ha ocurrido ninguna revolución, las cosas han ido más allá de un simple cambio de gobierno. Y que en este tiempo extraordinario hace falta algo más que maquinal, previsible, desabrido antagonismo a ultranza para construir una genuina oposición que tenga siquiera el espectro de una posibilidad frente, no diga Ud. «el gobierno», sino frente al bloque social liderado por Chávez.
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