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Largo viaje de una frase feliz hacia la nada El Nacional, sábado 31 de marzo de 2001 «Sembrar el petróleo». Suena muy bien eso de «sembrar el petróleo», ¿no es cierto? Está tan inequívocamente ligada esa frase a su autor que tal vez convenga protegerme de cualquier uso indebido, así que, en lo sucesivo y por las dudas, no volveré a escribirla sin acompañarla adecuadamente del símbolo que advierte de la propiedad intelectual; así: «sembrar el petróleo©», «sembrar el petróleo®» o «sembrar el petróleo», marca registrada. Y es que, considerada como eslogan, la frase en cuestión es superlativamente digna de un anuario de publicidad institucional o corporativa. «Sembrar el petróleo»© tiende un puente figurado entre el orden vegetal y el mineral, tiene la concisión y el tono moralmente imperioso de una admonición bíblica y es, ante todo, mnemotécnicamente pegajosa. Ocurre a los venezolanos con «sembrar el petróleo» lo que con el eslogan de las hojuelas de maíz de «Kelloggs». Se oye decir «Corn Flakes de Kelloggs» y de inmediato la mente se ve invadida por un enunciado: «¡Desayuno de campeones!». Del mismo modo, si durante la sobremesa se le escapa a alguien la palabra petróleo, el brevísimo diccionario de lugares comunes que los venezolanos tenemos alojado en el cerebro, entre el hipotálamo y la meninge aracnoide, se excita y segrega una enzima que actúa sobre el aparato fonador y nos hace proferir maquinalmente la receta : «Lo que hay que hacer es sembrar el petróleo®», locución que no ha dejado mal a nadie desde 1936, sobre todo si viene convenientemente seguida de glosas tales como: «Sí, es verdad, no hemos hecho nada con él; el petróleo acabó con la ética del trabajo porque se trata de una riqueza no sudada; el petróleo nos hizo manirrotos a unos y pedigüeños al resto; no hemos sabido sembrarlo», etcétera. «Sembrar el petróleo»: santo y seña de los profesores de Geografía Económica en bachillerato. Tuve uno en Cuarto Año, el inolvidable profesor Borttone, quien, llegado el momento, sacaba de su cartera el recorte original, amarillento y momificado en papel adhesivo transparente, y lo hacía circular reverencialmente de pupitre en pupitre, y de mano en mano, como si se tratase de la reliquia de un mártir protocristiano. Por fortuna, tuve igualmente un condiscípulo, hijo de republicanos españoles, el ejemplo vivo del adolescente leído, despabilado, precoz, incisivo, descreído, mala leche y preguntón, capaz de exasperar con sus preguntas a un bonzo budista. El galleguito se apellidaba Barbeito y una tarde del cuarto año de bachillerato preguntó al profesor de Geografía Económica: «Profe, ¿cómo se siembra el petróleo?». Hazme el favor, Barbeito, la frase se explica por sí sola No sé, profe, a mí no me parece que se explique por sí sola. Dígamelo Ud. Durante los restantes cuarenta y cinco minutos el profesor tartajeaba tautologías y metáforas, insuficientes fábulas de Esopo, citaba a Briceño Iragorry y desgranaba moralismos de intención agraria. Fue así como, ya en aquel tiempo remoto, comenzamos a sospechar que el aforismo favorito de la sabiduría convencional criolla, y que desde 1936 nos han propuesto como «ábrete, sésamo» de nuestro futuro, no era ni siquiera un «misterio dentro de un acertijo envuelto en un enigma», sino apenas una frase feliz. Sonora e inconducente, como cuadra a una frase feliz. 2.Las «élites» de algún modo hay que llamar a esa gente que en la primera década del siglo XX se afiliaron a Juan Vicente Gómez tuvieron que lidiar repentinamente con el hallazgo de petróleo en nuestro subsuelo armadas de muy pocas ideas acerca de lo que ello significaba, de la extrema especificidad del negocio petrolero. Previsiblemente asimilaron sin mucho trámite la idea de «riqueza petrolera» a la más familiar y abordable de «riqueza minera», dos cosas sutil y crucialmente distintas. En realidad no hay mucho que reprocharles: en aquel tiempo, de cualquier riqueza mineral que proviniese del subsuelo y no se pareciese a un tubérculo se pensaba, sin más, que era riqueza minera. Las alarmas que pudo desatar la noticia de los hallazgos petroleros en una sociedad como la venezolana de 1908, que se decía de vocación agraria, a pesar de su pésima performance cafetalera, invocaban en la prensa de entonces una imaginería propia de las quimeras del oro californiano: éxodos indeseables, corrupción, campamentos de aluvión, abandono del campo, hampa, póker y prostitutas. Pero en un nivel más profundo, esa asimilación de la específica naturaleza petrolera a la generalidad de la minería trajo consigo otra idea que, durante muchas décadas, presidió el pensar venezolano acerca del tipo de riqueza que cabía esperar del petróleo: la idea de que era agotable, de que, igual que las minas de oro o de estaño, el petróleo iba acabarse inexorablemente. Y muy pronto. De allí el «conservacionismo» que anima todo el pensamiento venezolano de las primeras décadas del siglo XX, sin excepción, desde la izquierda hasta la más retardatarias pervivencias gomecistas. Desde el comunista Salvador de la Plaza hasta el conservador Vicente Lecuna, pasando por el modernizador Alberto Adriani, todos tuvieron al petróleo como una cosa pasajera y descaminadora. «Es ya un lugar común, y sobre el cual no nos cansaremos de insistir, el de la necesidad de vigorizar las fuentes raizales y permanente de riqueza nacional. El petróleo es una fuente de ingresos que no durará sino algo más de la próxima década. Olvidarlo es revelar miopía e imprevisión». Quien así escribía en febrero de 1938, en el diario Ahora, el mismo diario en el que Úslar Pietri publicara su famoso editorial, era Rómulo Betancourt. En un libro iluminador sobre la imaginación de los antiguos respecto del mundo mineral, titulado Herreros y alquimistas, el abismalmente erudito Mircea Eliade nos cuenta cómo los mitos que en la Antigüedad acompañaron el surgimiento de la metalurgia subrayan «el comportamiento animal del mineral, está vivo, se mueve a voluntad, se oculta, muestra simpatía o antipatía hacia los humanos». Se me ocurre que una las maneras con las que el petróleo nos ha mostrado especial simpatía está en haber desmentido esos pronósticos de hace mucho más de medio siglo, y en que hallamos alcanzado a ser hoy día los que los geólogos llaman una «provincia petrolera madura»: una nación con más de ochenta años de producción sostenida y con perspectivas de seguir siéndolo los próximos 730 años. Algo notable, para tratarse de una riqueza que, según Rómulo Betancourt, no debió durar sino hasta 1948. 3.Pero algo bueno hubo implícito en la creencia de que el petróleo se agotaría, como se agotaron el guano y el añil y las minas del Potosí: impuso a las mejores cabezas de Venezuela la tarea de pensar qué hacer con nuestra economía. Lo que sin duda es el mejor legado de Úslar Pietri está en haber sido el primero en caracterizar con precisión el tipo de relación que entabló el estado venezolano con el negocio petrolero a fines de la segunda década del siglo XX. Esta relación fue y sigue siendo, a su especial manera nacionalizada ni más ni menos que la de un terrateniente con el aparcero que hace producir el lote de tierra que le arrienda. Pero arrendar un pedazo de tierra a un cultivador de sorgo o de repollo morado no hace del terrateniente un productor de sorgo ni de repollo morado. Pues bien, arrendar la tierra bajo cuyos morichales hay petróleo para que la arrendataria lo extrajese y lo refinase y lo vendiese no hizo de nosotros un país productor de petróleo: hizo del nuestro apenas un estado cobrador de renta monopólica. De allí en adelante el argumento de nuestras vidas petroleras se hace frondoso y debatible, sobre todo en lo que atañe al qué hacer con esos reales. Pero lo indiscutible es que nadie vio como Úslar Pietri, ni tan temprano, la calidad terrateniente que el petróleo confería al estado venezolano. Las tensiones entre el estado cobrador de regalías territoriales y de impuestos sobre la renta, por un lado, y las compañías productoras de petróleo, por el otro, se trasladaron al interior del propio estado desde el momento de la nacionalización y, ciertamente, no se han resuelto todavía. De modo que en este sentido, el diagnóstico precoz de Úslar sobre el cariz monopólico de la renta petrolera sigue siendo valedero. Sin embargo, no es exagerado decir que el corolario en rigor, su «receta» para el desarrollo «sembrar el petróleo» es bastante insuficiente y que no ayuda mucho a la hora de formular qué hacer con los dineros que nos deja ese negocio. Ello es así debido a la inquebrantable lógica del petroestado, con su red de incentivos perversos que perpetúan el despilfarro y la ineficiencia. La frase feliz «sembrar el petróleo» no admite sino un sentido, en el contexto y con la lógica perversa del petroestado, y es el del subsidio y el despilfarro. A despecho de las protestas de Úslar de haber predicado en el desierto, sembrar el petróleo es lo que hemos hecho, al pie de la letra, desde 1958 hasta la fecha. De haber sido electo presidente en 1963, seguramente Úslar no habría podido sustraerse a la perversa lógica del estado terrateniente petrolero. Dentro de doce años cumpliremos un siglo exportando petróleo, casi la mitad de nuestra vida republicana. Deberíamos adentrarnos en el siglo XXI con algo más que una frase feliz con qué arrostrarlo.
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