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Tener lectores

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 21 de octubre de 2000

1.

El jueves pasado estaba este cronista sentado a la barra de un restaurant de Las Mercedes donde iba a almorzar con Raúl Lotitto, el editor de la revista Producto.

Había llegado temprano y la tripulación de la barra todavía metía bulla al cubetear la sobrecubierta de madera que mantiene elevados los zapaticos de los barmen y con el acarreo de hielo, de vasos y botellas de gaseosa. Los preparativos de un largo día: la piel de los limones recién cortados todavía reluciente; los tallitos de celery todavía con el penacho bien puesto.

Al sitio no lo nombro porque la decoración es, como dirían en Cuba, «picudísima», y obra como un adelanto de la presentación de casi todos los platos que allí sirven. No pienso volver a ese lugar.

Si a Lotitto y a mí no logró defraudarnos todavía más la comida, fue porque la conversación resultó en verdad entusiasmante y absorbente. Aunque esa es otra historia.

El caso es que llevaba yo conmigo dos libros: uno era un regalo para Raúl; el otro era un ejemplar del libro de la profesora Terry Lynn Karl.

El libro de la profesora Karl se titula La paradoja de la abundancia (Terry Lynn Karl: The Paradox of Plenty: Oil Booms and Petro-States, University of California Press, 1997): y es muy de lamentar que no haya todavía, al menos que yo sepa, traducción castellana. Alguien en el Cied o en Minenergía o en PDVSA o en Monte Ávila o en Faces o en la Academia de Ciencias Económicas debería darse prisa en hacerlo traducir.

La profesora Karl conduce un estudio original y profundo, un estudio comparado sobre lo que el petróleo hace a los estados y a sus instituciones y en el que la experiencia vivida por Venezuela, luego de dos booms, es contrastada con las de Nigeria, Argelia, Irán e Indonesia.

Todo desde la perspectiva de la llamada escuela «institucionalista», cuyo mentor es el premio Nobel Douglass C. North. Pero lo que yo tenga que decir sobre La paradoja de la abundancia lo diré en otro momento y en otra parte y confío en hacerlo pronto.

MonoEl otro libro era el mío propio, una novela, El mono aullador de los manglares, y como llevo dicho, pensaba obsequiarlo a Raúl.

Estaba releyendo lo que había subrayado del libro de la profesora Karl, cuando entró un caballero muy bien trajeado a quien jamás había visto en mi vida. El caballero vino a ocupar un taburete en la barra, ordenó un trago y entonces pareció reconocerme.

—Tú eres Ibsen, ¿verdad?

¡Ah, el tuteo venezolano entre gente que no ha sido presentada! ¡La lisura caribeña! No tengo nada contra la lisura venezolana, pero cada vez que un desconocido, ya sea en el Metro, en la barbería o en una barra, me señala con el dedo y me dice «tú eres Ibsen, ¿verdad?», mi sistema de alarma se concentra en la gestual, gustos vestimentarios y hábitos lingüísticos del increpante que me permitan discernir rápidamente si el tipo es chavista o de la contra para entonces adoptar las medidas del caso.

Pero, para dicha de esta bagatela que les cuento, el compañero de barra no resultó ni chavista ni de la contra: era, ¡alabado sea Dios!, un lector.

Lo mejor del encuentro estuvo en que quiso probarlo: abrió su maletín y mostró un ejemplar de El mono aullador de los manglares.

Acabo de comprarlo en Alejandría, la librería esa que está en el centro comercial de Las Mercedes. Este fin de semana le hinco el diente.

¿Qué habría hecho Ud. en mi caso? Lo mismo que yo: le invité una copa.

Cuando Lotitto llegó, nos encontró partiendo un confite, como suele decirse; amigazos, como de toda la vida.

2.

De sucesos felices como ese han estado hechas las dos últimas semanas, demasiado felices para no ponerse cabezón con tanta buena suerte. Imagine el lector: una edición virtualmente agotada en algo menos de diez días.

No falta en un trance así la maligna vocecilla de «Radio Cizaña» que interrumpe tu contento para instigarte: « ¿Y no vas a responderle a José Balza?».

El problema mayor estriba en que para responder a José Balza desde esta página sin hacerla ininteligible a las mayorías, tendría que empezar por incordiar a centenares de miles de mis lectores explicándoles quién es José Balza.

Total, no soy el relacionista de José Balza: darse a conocer del gran público es algo que tendría que hacer él a su manera y con los medios a su alcance.

Pero, en fin, no soy un sujeto mezquino: José Balza, queridos lectores sabatinos, es un profesor universitario aficionado a la literatura desde hace treinta y tantos años.

Por eso desde siempre llama «ejercicios» a lo que escribe y alcanza a publicar: no le gusta dar nada por acabado. Y sospecho por sus opiniones que Balza es de los que creen que un libro que venda más de 3 ejemplares debe ser una basura.

Muchos no lo creerán, pero Balza es objeto de culto entre cierta calidad de intelectuales que suelen describirse a sí mismos como «narradores». No he sabido que haya individualistas entre ellos: reaccionan en cardumen y conspiran en silencio contra todo el que amenace la halagadora idea que se han hecho de sí mismos.

Como camarilla literaria lo pasan ciertamente mal porque ni siquiera pueden orquestar conspiraciones de silencio ya que sus opiniones no afectan el mercado librero, ni ningún otro mercado: nadie en Venezuela sigue sus recomendaciones a la hora de comprar o dejar de comprar un libro.

Fue pensando en esos «narradores» y en el risible patrioterismo con que fervorosamente se leen unos a otros, y en el modo en que se «exaltan sin amor y denigran sin odio» entre ellos, que en una entrevista concedida a este matutino, dije que, como lector, a los narradores criollos les doy una única oportunidad, al ojearlos de pie en la librería.

Y que pocas primeras páginas de la narrativa contemporánea venezolana han logrado impresionarme lo suficiente como para ir hasta la caja con el libro de un compatriota narrador en la mano.

De esa frase concluye Balza que todo lo hago en volandas y sin meditarlo. En consecuencia, el profesor da en recomendarme lecturas patrias.

Me pasa esto con la gente que desaprueba mi excepcional desempeño como articulista o lamenta mi notable predicamento entre la masa lectora: les da por darme consejos. Para que cambie, seguramente. Para que pierda el tranquillo y me vaya mal, pienso yo.

Balza no fue una excepción : me recomendó un butacón donde meditar hondamente luego de leer ¡a Guillermo Meneses! Habiendo tanta vaina buena que leer, el muy taimado me recomienda que lea y relea a Meneses.

Me obsequia también una admonición típica de los escritores que no han conocido el éxito de librería.

Estos suelen consolarse con una especie de rencoroso misticismo moral que los lleva a figurarse la Literatura como un apostolado, solitario y dilatado, en el que «el talento es una larga paciencia», etcétera, etcétera. A ello sólo puedo responder que mi blasón lo dicta el guaguancó de Bobby Valentín: «Lo que me vayan a dar que me lo den en vida».

A Balza ciertamente lo puede poner mal el hecho de que haya gente que escriba para la televisión.

No se detiene a pensar en Salvador Garmendia, mucho menos en don Álvaro Mutis, que para ganarse la vida en México se avino a doblar al castellano la voz de Walter Winchel, el narrador de Los Intocables.

Trata el asunto con un absolutismo moral propio de un profesor jubilado que, además de anacrónico, resulta francamente divertido por lo que tiene de provinciano.

Le atribuye a la TV tal poder de empática magia negra, tal facultad aniquiladora del talento y de la honestidad de un escritor que lo lleva a llamar varias veces «burro» a nuestro inolvidable José Ignacio Cabrujas.

Atribuye a Cabrujas, y a su solo paso por la Tierra, toda la ostensible decadencia de la intelligentsia nacional como intérprete y crítica de lo que ocurre en el país.

Y lo hace con una fiereza rayana en la pataleta maricona. Y repito: maricona y otra vez maricona.

Es sabida desde hace tiempo la animosidad que Balza mostró siempre por Cabrujas.

Pero no son sus pareceres sobre José Ignacio los que dejan ver la catadura moral del profesor, sino la oportunidad en que los expresa: justamente en la semana aniversaria de la desaparición del dramaturgo.

Balza quiso estar bien seguro de que Cabrujas no le respondiese y gozosamente lo hiciese trizas a la vista de todos, para regocijo de casi todos.

Por eso esperó un lustro después de su muerte para arrojar sobre su memoria lo que, en el caso de Balza y su proverbial exigua talla, no podía ser más que un baldecito de su propio exudado de hiel, de fracaso y de mierda.

Guárdese sus lecturas recomendadas, profesor Balza: no he llegado hasta aquí releyendo a Meneses.

Y en cuanto a tener muchos lectores, ¡es una acera tan soleada! Pero ¿cómo explicarle a un tipo como Ud. lo que se siente al tener muchos lectores?


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