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Sección: Bitblioteca
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El moderado no tiene quien le escriba El Nacional, sábado 18 de marzo de 2000 Cierta imaginación trágica de la Guerra Civil Española, puesta a remover horrores, recurre inexorablemente a la suerte corrida por García Lorca y Miguel Hernández. Y al desconsuelo de Antonio Machado enfermo, rumbo al exilio y agonizando en un hotelucho, pared por medio de su madre agónica. Sólo a los radicales, a los que no hacían compromisos, a sus poetas compañeros de viaje y al miliciano anónimo, se les acordó virtudes y esto sólo si éstas lucían suficiente y abnegadamente espartanas. Así, a los republicanos no marxistas, a los demócratas de filiación liberal no les fue otorgado un nicho en el santoral antifranquista. Nombres como Julián Besteiro, Casares Quiroga, Martínez Barrio, ¿le dicen algo al lector de hoy día? Seguramente no: y la razón tal vez se halle en que estos caballeros eran moderados. Y habrían podido decir, con don Manuel Azaña, presidente de la asediada Segunda República Española, lo que en 1937, en lo más espeso de la contienda, éste comentara a su amigo Fernando de los Ríos: «Viviremos o nos enterrarán (o quedaremos de pasto para los grajos), persuadidos de que nada de esto era lo que había que hacer». ¿Qué había pretendido hacer aquella generación, de la que el mismo Azaña no sabía si su suerte habría de ser «la de unos precursores o la de unos atrasados»? Puesto en palabras del propio Azaña, ni más ni menos que «dirigir el país, en la parte que me tocase, con estos dos instrumentos: razones y votos. Se me han opuesto insultos y fusiles. En paz sea dicho». Eche el lector, si es que ha llegado hasta aquí, un vistazo a estos fragmentos de su novela primera, El jardín de los frailes. Ella recupera sus años de docencia en un internado agustino, donde se fraguó su anticlericalismo al uso liberal español, y paradójicamente, también su comprensión de la experiencia religiosa: «Para acabar de formarnos el espíritu estudiábamos un libro de filosofía, parto de un profesor de Barcelona, almacenista de bacalao que en los ratos de ocio producía metafísica. Ortodoxia pura. Vamos a ver, jóvenes interrogaba el fraile ¿qué es la verdad de conocimiento? Adequiatio intellectus et rei -respondíamos con aplomo. Nunca he vuelto a pisar terreno tan firme». [...] «Aprendíamos a refutar a Kant en cinco puntos, y a Hegel, y a Comte, y a tantos más. Oponíamos a los asaltos del error buenos reparos: 1°, es contrario a las enseñanzas de la Iglesia... 2°, lleva derechamente al panteísmo..., y otras rodelas imperforables. [...] A Hegel lo reducíamos sañudamente a polvo. Tomábamos ejemplo del catedrático de Madrid, quien tras de explicar una lección tocante al hegelianismo decía muy socarrón: Ya que hemos acabado con Hegel...». [...] «Más rebeldes que a la conservación de la doctrina éramos a la restauración de los modos. En los certámenes había que discutir por silogismos. Dos veces comparecí ante el colegio en pleno a sostener tesis de encargo. El padre Blanco me confió la primera: De la belleza como cualidad suprasensible. Sería entonces cuando fundé mi reputación. Al año siguiente nos pusimos a desenredar en público los pleitos de un ciudadano romano. Presenté mis conclusiones. El adversario me asestó un silogismo violento. Sin rendirme, clamé: -¡Niego la mayor! ¿Cuál es la mayor? replicó, desconcertado. Aquella noche no discutimos más» *. Tiene cuarenta años bien cumplidos el autor de este genuino Bildungsroman, novela de la forja de un carácter liberal español de la vuelta del siglo, cuyo narrador «no es persona con nombre y rostro. Es puro signo», según nos dice el propio Manuel Azaña en el prólogo. Se trata, puesto es sus propias palabras, de «unas confesiones sin sujeto». «Trazándola [habla de su narración] pensaba yo haber elegido un tema personal, de suerte que en vez de relegar al ocaso de la profesión literaria el componer mis memorias habría empezado (si empezar es esto) por escribirlas. No me reconozco en ellas». Pero a buen seguro trazaba la geografía moral de una generación que, bajo la tutela espiritual de Ortega y que, para decirlo con palabras de Santos Juliá «jugó durante unos años la carta del reformismo monárquico». Cuando el dispositivo de contención fraguado por Cánovas del Castillo y Sagasta hacía ya cincuenta años, comenzó a hacer agua, el rey Alfonso XIII optó por dar su espaldarazo a una dictadura militar. Ello bastó para que Azaña y muchos de sus contemporáneos abandonaran el gradualismo y se dejaran ganar por la razón republicana. «¿Democracia hemos dicho? Pues democracia», dicen que dijo en aquel trance. ¡Y vaya si supo tomarse a sí mismo la palabra!: desde 1932, como presidente de la II República, Azaña puso en marcha un programa de reformas que no dejó intacto a ninguno de los elementos de la constitución monárquica: ejército profesionalizado y no beligerante, Ejecutivo ceñido a la Constitución, separación de la Iglesia , divorcio y secularización del matrimonio, voto femenino, estatutos autonómicos, expansión de la enseñanza pública y planes de riego. En un poema antiestalinista Las cenizas de Gramsci-, Pier Paolo Pasolini fulmina esa propensión de la izquierda de su tiempo «a exaltar sin amor y a denigrar sin odio». Y ciertamente, para la buena parte de la historiografía de la guerra, Manuel Azaña, impecable traductor de The Bible in Spain, de Barrow, y ensayista penetrante de la obra de Juan de Valera, es apenas un pequeñoburgués melindroso que sólo puso empeño en que El Escorial no fuese bombardeado por ninguno de los bandos en pugna. En tiempos de ira, como los que corren, el moderado no tiene quien le escriba. * Manuel Azaña, El jardín de los frailes, Madrid, 1927. Los fragmentos citados pertenecen a la edición de Alianza Editorial, Madrid. 1981
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