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De revolucionarios y maricones

El Nacional, sábado 22 de julio de 2000

I

Miquilena
Luis Miqulena

Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
Dicen los más cínicos que es una suerte para él que Luis Miquilena no sea ministro de la Cultura o director de Recursos Humanos en Cancillería: las labores de búsqueda y destrucción de nidos de maricones lo tendrían ocupado todo el tiempo, sin darle tregua para dedicarse al trazado de las líneas maestras de la regeneración moral de la República.

También es una suerte que esta crónica no deba publicarse en Nueva York o San Francisco, porque ahí sí tendría yo que andarme con cuidado, no ahorrar en miramientos y atenerme escrupulosamente a lo que prescribe la political correctness so pena de atraer sobre mí la furia de los «cónsules de Sodoma».

Felizmente aquí, en «esta equivocación de la Historia», como la proclamara Pío Miranda, cualquiera puede desfogarse contra los maricones con más o menos fiereza, con más o menos ligereza, sin miedo a que le hagan un boicot o lo lleven a juicio por escarnecer a una minoría.

Lo cual, una vez dicho, resulta no tan sólo una cerril efusión de machismo ordinario sino también (y solo apenas) un melancólico desquite por la ferocidad excluyente con que algunos gays reinan inconmovibles en sus ghettos.

Pues bien, la cruzada «antigay» emprendida, al parecer sin mucho éxito, por Luis Miquilena brinda ocasión de sacar a tomar aire algunas observaciones.

La primera de ellas es signo elocuente de los tiempos: puesto a debatir con, digamos, Boris Izaguirre, Miquilena se quedaría muy pronto sin municiones. Con Boris no iría Miquilena muy lejos en esto de llamar maricón al adversario pretendiendo invalidarlo.

Pese a lo cual, no creo que sea demasiado empirismo afirmar que, hablando en general, el maricón criollo suele ser más vergonzante que su homólogo anglosajón. O nórdico, por mejor decir. Y por ello, más vulnerable y anguloso, siempre presto a replegarse en cofradía.

Por eso quizá Miquilena sigue creyendo que denunciar al maricón verdadero o imaginado tiene la ventaja de agitar el trapo rojo de una conspiración de «indeseables» en marcha, al tiempo que pone en entredicho todo lo que el adversario haga o diga: en el manual de procedimientos que acompaña a Miquilena desde mucho antes del gran incendio de Lagunillas en 1937 figura todavía el axioma de que entre nosotros es políticamente aniquilador que se sepa que a uno le gustan los otros varones. Tal vez en eso no ande del todo descaminado.

Sólo en un ámbito como el estadounidense, tan decididamente propenso a confundir estilo de vida con programa político y viceversa, ha podido ocurrir que la llamada comunidad gay promueva la integración por vía de la exclusión arrogante y que se confunda deliberadamente la problemática de género con la problemática de ghetto, hasta el punto de editar libros de autoayuda para el ejecutivo gay y competitivo, promover la gastronomía homófila, los cruceros caribeños sólo para lesbianas y hasta tiendas de computación donde se ofrecen protectores de pantalla alusivos a la afirmación del llamado «orgullo gay».

No dejó de hacerme gracia, al respecto, un aviso que alcancé a leer semanas atrás, en una cartelera del Lincoln Center: «Se cede apartamento en tranquilo vecindario gay/lesbiano —quiet gay & lesbian neighborhood-, living, kitchenette, jacuzzi. Interesados telefonear a Susan, (212) 555555».

O un título de literatura infantil que se ofrece en la vitrina de una librería de Georgetown: Dorothy tiene dos mamás. El editor describe su libro del mes como «una fábula en elogio e ilustración de la pareja lesbiana y la maternidad compartida». En esa editorial no están para perder el tiempo con el zanahoria de Harry Potter.

Llamadme provinciano, será que soy montuno en demasía, pero por más multicultural y atento a las singularidades de género que intente ser —y no me esfuerzo mucho, es la verdad—, me resulta escarpado imaginar qué cosa podría ser Caracas si la ocupación de espacio se hiciese por afinidad electiva.

¿Se concibe una urbanización habitada exclusivamente por magallaneros, otra por caraquistas, otra por unánimes admiradores de Luis Chataing, otra exclusivamente para jubilados de Pdvsa, otra para señoras bandidazas, otra para rematadores de caballos, otra para parguetes de mediana edad, y así sucesivamente, hasta consumir el espectro de las inclinaciones y preferencias?

II

Otra observación, que ilumina y pone en contexto el recurso de Miquilena, la depara el hecho singular de que, al menos entre nosotros, uno de los improperios favoritos de los maricones es llamar maricones a los otros maricones, a la hora de zaherirlos o disminuirlos.

He podido observar esto muy de cerca, porque antaño anduve entre gente de teatro, comarca donde me apresuro a decir que no debe haber ni más ni menos maricones que entre, por ejemplo, la Fuerza Aérea.

Lo que pasa es que entre gente de teatro la mariconería es cosa que no aturde tanto como lo haría el descubrir que el oficial líder de una formación de cazas interceptores F-16 tiene siempre a la vista una postal de Brad Pitt en el tablero de su aparato y que anda «de ojitos» con el maestre técnico machazo que les hace el mantenimiento a los misiles «aire-tierra».

Pero volvamos al medio en el que hice esa observación capital sobre el arte de injuriar entre maricas criollos: el llamado «sector cultura». Es didáctico figurarse al sector como una cadena alimenticia en la que el plancton nutricio es el presupuesto de subvenciones culturales, y siendo así, la pelea suele ser darwinianamente a muerte.

Fue en esa sazón que escuché alguna vez a un distinguido miembro de la comunidad homófila (de esos que escriben piezas de teatro que invariablemente tratan de la «ascesis» de un paciente terminal de sida), denigrar de un competidor exclamando, aspavientoso y desengañado: «¡Cómo se les ocurre darle toda esa plata a la fundación fantasma de una bicha que no es sino una loca de carroza! ¿No la han visto cómo camina? ¡Se parte más que un palomo cojo!».

III

No dejemos, sin embargo, que el estrépito y la humareda que hay en llamar homosexual al juez que te encausa nos impida ver otro fenómeno, sin duda más crucial: el modo en que lo más entusiasmante de la oferta chavista (la reforma del sistema judicial) se ha visto atacado sin contemplaciones por el más arbitrario de sus notables.

Este último ha trocado el baldón de «puntofijista» por el de «homosexual». Con ello no ha logrado sino abultar la disposición de enfrentarlo por parte de figuras del chavismo que hasta ayer no más eran despachados por los analistas de la gran prensa como peleles de Miquilena.

Por eso para mí la peor calificación, una vez más, no es para Miquilena, sino para buena parte de la oposición, que hasta ahora no ha sabido ni anticipar ni discernir cuándo un factor del chavismo «no miquilenista», llámese Elechiguerra, Parra o Molina, merecía el beneficio de hacer las distinciones acordar la tregua del caso.

Desde la hora y punto en que Elechiguerra decidió llevar ante el Tribunal Supremo una solicitud de antejuicio de mérito, hasta los actuales desarrollos, pasando por la jornada del 25 de mayo pasado, el proceso no ha discurrido por los cauces que traza el delirante Ceresole (y que tantos articulistas no hacen sino tremolar como si de verdad Ceresole fuese el coach de Chávez), sino por lo que algunos anticuerpos segregados por el mismo chavismo, en conjunción con valientes figuras de la sociedad civil organizada se han propuesto abrirle.

En todos estos casos han sido iniciativas encaminadas a poner a prueba las incipientes instituciones de la Constitución Bolivariana las que han forzado a dar pasos atrás y puesto a la defensiva al otrora gran elector Miquilena. Lo que Arias Cárdenas no logró lo han logrado estos pilotos solitarios.

Desde esa fecha, aunque a muchos les cueste advertirlo y valorarlo, Miquilena y el miquilenismo, sin duda la facción civil más arbitraria del chavismo, y también la menos orgánica, no han hecho políticamente sino pasar de la fase de rendimientos decrecientes a la de rendimientos negativos para Chávez. La expresión sobre los rendimientos no es mía: es de Roberto Hernández Montoya.

Miquilena y su congresillo se baten pues ferozmente por la preservación del margen discrecional de que han abusado durante el período provisorio. Y a todas luces están perdiendo.

El propio Chávez parece haberse dado cuenta de ello mucho antes que los perspicaces veedores de la escena nacional. Y bien podría estar aprestándose a afrontar una V República sin Miquilena.

Para mí que se avecina un cambio de tercio, o si lo prefieren, hay ambiente de toque en el stadium.


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