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La sociedad civil explicada a los niños

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

Sábado 3 de junio de 2000


Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
I

Mientras escribo estas notas una turba rodea el Palacio Legislativo. En su mayoría compuesta de votantes chavistas, asedia esta mañana el mismo palacio que albergó al último Congreso de la odiada IV República y al que también hizo objeto de su repudio algo más que verbal. Esta vez reclama que haya elecciones lo más pronto posible. ¿A quién se lo reclama? ¿A Miquilena? ¿Al Congresillo transitorio? ¿A la Mesa de Diálogo? Vaya usted a saber. Lo cierto es que estos compatriotas entonan esos pareados asonantes que la cultura política de masas da en llamar consignas. Esta vez corean: «¡elecciones ya, sociedad civil!».

Comodín de los programas de opinión, santo y seña de los politólogos, vellocino del sifrino, jaculatoria de las conferencias arzobispales, hospicio del político en retiro, quimera del que lo quiere ser, patrona de los candidatos a alcalde, dechado de los vecinos organizados, ornato de los columnistas, arquetipo de la izquierda, coartada de la derecha: «sociedad civil».

Hasta los adecos aprendieron ladinamente a pronunciar, con soltura mundana y sin acento estalinista, el nombre técnico del bálsamo de Fierabrás que cura todos los males políticos.

De vez en cuando Luis Alfaro Ucero (ese «humanista», como solía exaltarlo Manuel Alfredo Rodríguez) dejaba escapar la fórmula «sociedad civil» del cerco de su prótesis dental. Y hasta en uno de los últimos amagos adecos de reconciliación con Venezuela —calculadamente tardío, como casi todo lo adeco después del primer Pérez— a Paulina Gamus y París Montesinos les dio por convocar un torneo de notables, representantes de la sociedad civil, con el fingido ánimo de «nutrir» el programa del partido del pueblo, cara al siglo XXI.

Andaba ya en tantas bocas lo de «sociedad civil», quería decir tantas cosas lo de «sociedad civil», cuando el desenlace de la semana pasada —feliz y oportuno— vino a ponerle todavía más levadura a uno de los equívocos más exitosos del fin de siglo.

II

¿Qué entenderán por «sociedad civil» —me pregunto— estos frenéticos que hace 16 meses, tocados con boínas de paracaidista, llegaron a pedir paredón para las «cúpulas podridas»?

No me lucen lectores de Antonio Gramsci estos infelices. Ni siquiera cursantes en régimen de oyente de la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. Lo han oído todo de segunda mano en la radio y la tele; lo han deletreado en los tabloides.

Pero del mismo modo que ayer imaginaron con bastante puntería que una constituyente podía ser el vermicida universal que acabase con los partidos del antiguo régimen, esta vez y con el mismo arrebato, invocan lo que hasta apenas ayer era una palabreja más de los doctores. ¿Imaginan acaso que lo de «sociedad civil» sea un antídoto contra la arbitrariedad? Ojalá.

Pero si no fuese así, es igual de bueno este giro de las cosas con el que no contaban ni los mandos chavistas ni la contra ultrarreaccionaria. Lo más auspicioso de todo es que esta inesperada «vulgarización», así sea mostrenca e incompleta, de una idea que hasta ayer era cosa de cenáculo, de papel de postgrado y de activistas de Internet no puede sino hacernos bien. A todos, ¿eh?

A quien lo dude debería bastarle leer al fascista Ceresole y advertir su desconsuelo por el retorno de la entropía al sistema político venezolano.

III

Hace una semana pendíamos al borde de un abismo al que nos condujo la prisa por excluir que imprimieron Chávez y Miquilena al megaproceso «legitimador».

El paso atrás que forzosamente han tenido que dar no se lo debemos a ningún «arrollador» avance de la fórmula electoral de Arias Cárdenas: es sabido que los candidatos opositores mostraron tibieza o franco desdén por la acción emprendida por Cofavic y Queremos Elegir. Sus razones tendrían. Que le vino bien al Gobierno que la solicitud de aplazamiento proviniese de organizaciones civiles no partisanas, es otra cosa.

Pero por lo mismo que de aquí en adelante se adivina que, durante la tregua, menudeará quien quiera apropiarse de la marca registrada «sociedad civil», conviene tomar nota de que entre nosotros esa noción guarda una cierta simetría mitológica con las llamadas etnias aborígenes.

Me explicaré: así como para cierta izquierda rousseauniana, de la que tuvimos nutrida y notoria representación en la Asamblea Nacional Constituyente, el indio —me perdonan, pero los llamaré «indios» hasta el fin de mis días— y todo lo que emana del shabono, todo lo que chapurrea el cazador de jaguares, todo bebedizo que prepara el chamán, todo lo que excreta el indiecito es bueno y atesorable, de ese mismo modo supersticioso se sugiere que todo lo que irradia de una agrupación que se diga «de la sociedad civil» nos llega imbuido de buenas intenciones y que sólo por ello nos conviene a todos.

Recordemos una formulación sumaria y didáctica de sociedad civil: todo lo que no es Estado y se organiza para actuar en el ámbito de lo público.

Pues bien, para demasiada gente de lo que Petkoff llama «oposición reaccionaria» a los cambios, la sociedad civil vendría ser «todo lo que no es Estado y se organiza con mis reales para actuar en el ámbito público en excluyente provecho mío y de los que tengo por míos».

Pero no nos pongamos tan aguafiestas. Sin duda, es ganancia suprema que los ciudadanos «tapa amarilla» que se desfogan ante el Congresillo lo hagan en nombre de la misma Constitución que los invitaron a aprobar sin conocerla y que sus dirigentes obviaron con descaro inaudito.

Es entusiasmante que los tapa amarilla se hayan apropiado, aún sin poder metabolizarla del todo, de una categoría hasta ayer casi exclusivamente académica que no encontraba su camino al corazón de la mayoría.

Y que repitan como un «mantra» una fórmula que en sus gritos conjura, por ahora, toda tentación militar, de izquierda o de derecha: «¡sociedad civil, sociedad civil!».


Ibsen Martínez en La BitBlioteca
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