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Insert commercial here El Nacional, sábado 24 de julio de 1999 1. Hay un tipo llamado Bill Moyers que alguna vez fue subdirector del Cuerpo de Paz y jefe de prensa de Lyndon Johnson, cuyo trabajo televisivo admiro mucho, desde que dejó la política activa. Moyers trabajó durante un largo trecho de su vida en la cadena CBS y desde hace ya algún tiempo se desempeña con éxito como productor independiente del Sistema Público de Televisión estadounidense. ¿Qué tipo de televisión produce Bill Moyers? Bueno, Moyers ha estado detrás de series como Un paseo por el siglo XX, El mundo de las ideas y Joseph Campbell y el poder del mito. Para orientar mejor el juicio del lector, considérese, por ejemplo, que Joseph Campbell no es un autor llano y espontáneo, no es en absoluto un autor para las multitudes; su especialidad es el análisis literario y en él ha desplegado, de modo deslumbrante, las técnicas psicoanalíticas. Al respecto, confróntese su legendario El héroe de las mil caras (FCE, México, 1972). Pues bien, con un tema a todas luces escarpado y cultiparlista como puede serlo el de los mitos y el psicoanálisis, Moyers logra reconciliarnos con lo que llamaré usos pacíficos de la televisión: la suya no es una televisión aburrida, ni mucho menos logra la atención televidente a costa de banalizar un tema frondoso. Ah, y lo más importante: las series de Bill Moyers no sólo no aburren letalmente al televidente, como sí logra hacerlo, por ejemplo, el programa sabatino de la Cinemateca Nacional, sino que suelen alcanzar cotas muy respetables en la medición de audiencia. ¿Por qué invoco aquí la figura y los logros de Bill Moyers? Por el cochino principio de autoridad, desde luego, y también porque, recientemente, Moyers habló ante un grupo de estudiantes del Centro de Estudios Avanzados de Cine y Televisión del Instituto Estadounidense de Cinematografía y las cosas que allí dijo suenan pertinentísimas a la hora de juzgar lo que viene ocurriendo en nuestra televisión, en especial en nuestros noticiarios, A los ojos de todos, o al menos los de quien soporte verlos. 2. Las ideas complejas, vale la pena repetirlo, son las únicas que conducen a alguna parte. Se trata de algo que el poeta Henri Michaux expresa mejor que yo: Aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna. Llegado aquí, no resisto la tentación de compartir con Ud. un par de observaciones ofrecidas por Moyers al foro de estudiantes del American Film Institute: La tecnología de la televisión lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que se convierte en promotora de consenso, ¡y a menudo de cualquier consenso!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer éste al público. Y más adelante: El finado Samuel Becket formuló una vez esta idea maravillosa: En la lectura, una voz nos susurra: ¡Imagina! y usamos la imaginación. Esto no sucede en la televisión, porque no podemos hacer una pausa cuando la imaginación nos llama; hay que seguir adelante porque los productores se encargan por usted del ritmo y la velocidad de la carrera. En la lectura se puede volver atrás; se pueden hacer comparaciones, que es una de las funciones principales de toda inteligencia. Las ideas complejas no se pueden exponer en la TV comercial actual y ello explica, en gran medida, por qué no resultan bien los debates en este medio. Y, todavía, un poco más allá: Imagine Ud. que tuviera que expresar su amor con la fórmula de los tiempos medidos. Sería algo así: ¿Que cómo te amo?, corte y entra el reportero: Le dijo a continuación nueve formas en que la amaba. Calcule usted cuál sería el efecto de esto sobre el lenguaje del amor. Lo mismo sucede con el lenguaje del gobierno y de la política. Las ideas complejas no se pueden ventilar como es debido en la televisión actual. 3. Sin embargo, el llamado reportaje de interés social de nuestra televisión no es más que la versión audiovisual de la carpa de monstruosidades que solían mostrar los circos de la legua: con el pretexto de divulgar verdades científicas, desplegaban un botillería de frascos de formol que alojaban fetos, desechos de la morgue, tumores descomunales; en fin, histología morbosa, sazonada con figuras de cera que ilustraban casos criminales famosos, decapitaciones, malformaciones congénitas, chancros, lóbulos leprosos. Todo bajo el formato de la indagación imparcial de la realidad. La crítica de Moyers se ciñe a las limitaciones de la tecnología y los modos de hacer de la TV comercial; pero ¿qué decir cuando esas limitaciones son estimuladas para sesgar maliciosamente el clima de opinión de un país? Tal es el caso de esa otra superchería de algunos de nuestros medios radioeléctricos: lo participativo. Hace más de un año, el historiador Elías Pino Iturrieta se refirió en un foro sobre el tema, auspiciado por la Iglesia Católica venezolana y que tuvo por escenario la Fundación Rómulo Gallegos, a una de sus formas más insidiosas, por lo que tiene de cálculo demagógico. Hablo aquí de la encuesta callejera sobre temas especializados. Merced a esta engañifa, la televisión consulta imparcialmente al hombre del común, ese que no tiene acceso habitual a la tribuna, y es así como suele ofrecernos a un buhonero analfabeto y perplejo, desplegando incoherencias sobre la competitividad de nuestros bitúmenes sulfurosos frente a los crudos dulces africanos o sobre la pertinencia de cancelar pasivos laborales con acciones ordinarias de Pdvsa o sobre el papel del juicio por jurado en la celeridad procesal, o sobre el mejor modo de cerrar la brecha fiscal. El Derecho Administrativo, los entresijos de la doctrina constitucionalista, alimentan últimamente el «género». Se conmina a un motorizado o a una parroquiana de Quinta Crespo a que se pronuncie sobre si conviene o no la calidad originaria o derivada de una corporación deliberante, sobre los límites a las atribuciones ejecutivas de la misma, etcétera. Si la doña o el profesional de la tarita de 125 cc. titubean, le dan una ayudadita «analógica», proponiéndole un ejemplo que invariablemente es un aborrecible reductio ad absurdum con el que nadie, en su sano juicio, puede estar de acuerdo. ¿La premisa que halaga y justifica estemétodo de sondear la opinión pública? La de que el hombre de la calle, apenas rozado por el «sistema» educativo formal, desinformado por el mismo medio que lo aborda para requerir sus pareceres, idiotizado por telenovelas y concursos y programas maratónicos sabatinos, agobiado de urgencias, baldado mentalmente por todo tipo de apremios, justamente irritado por la inflación, la inseguridad y el colapso de los servicios, instigado por un reportero manipulador que le formula preguntas modeladoras de respuestas unívocas, sabe en todo momento y mejor que nadie lo que le conviene al país. Todo esto va dicho sin mencionar la desenvoltura que es preciso tener para llamar reportaje de interés social a esa muestra de estiércol radioeléctrico titulada Ocurrió así... Me gustaría saber lo que el doctor Vladimir Gessen, respetado psicólogo social, alto ejecutivo de un canal de televisión local, tenga que decir sobre Ocurrió así en la enjundiosa columna que sobre temas de salud mental sostiene, junto con su señora esposa, en la prensa capitalina. Y digo en su columna, porque en la prensa escrita puede uno en Venezuela ser mucho más dueño de expresar su propio parecer. ¡Hay cosas que ni siquiera un distinguido psicólogo social, por preocupado que se halle por la salud social del colectivo, puede permitirse decir en la reunión de programación de un canal de TV venezolano! ¡Y muchísimo menos en presencia del jefe! Es, desde luego, previsible que los tiempos que se abren ante nosotros, con todo lo que traerán de arduos y debatibles asuntos, de ideas y propuestas de suyo complejas, llevarán agua al molino banalizador, desvirtuador e interesado de nuestros medios radioeléctricos cada vez que el big money y las buenas conciencias «democráticas» que nos han gobernado hasta aquí lo juzguen necesario.
Ibsen Martínez en La BitBlioteca |
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