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El Bolívar de la Constitución
Isaías Rodríguez El Nacional, lunes 13 de diciembre de 1999 «El más estúpido despropósito», lo llamó Manuel Alfredo Rodríguez. «Insensatez» lo llamó Manuel Rafael Rivero. Desconyuntamiento, capricho, cuartelazo, disparate, han sido algunos de los otros calificativos con que se ha cuestionado el artículo primero de la Constitución Bolivariana. Más ácido ha sido Manuel Caballero. Parece que se desayunara con alacrán cada vez que escribe sobre el proceso constituyente. Dan ganas de citar a Cortázar, en aquella entrevista con González Bermejo, en la cual le manifestó que «es un creador fiel a una sola consigna: no ser siempre el mismo». Nuestros intelectuales pareciera que se reafirman en sus odios políticos y estrujan la idea hasta hacerla implacable contra sus adversarios. Nunca dejan de ser los mismos. El autor de Rayuela confiesa que «al frecuentar a la gente menos culta, se asombra de la capacidad de intuición y de apertura que no siempre tienen los eruditos y los hiperintelectuales». Todos a una, enfilan sus baterías y cargan contra el supuesto cambio de nombre de Venezuela. Es un despropósito y una insensatez, afirman. Venezuela es Venezuela y no se debe declarar República Bolivariana. Hasta 1953 fue Estados Unidos de Venezuela y ninguno de ellos reparó en el despropósito y en la insensatez. Uruguay se llama «República Oriental del Uruguay» y a nadie se le ocurre llamarla de otra manera que no sea Uruguay. La carga política contra la nueva Constitución y contra el proceso constituyente dogmatiza a alguno de esos intelectuales. No sé si de manera especial a quienes quisieron formar parte del proceso y no pudieron o no lograron alcanzar ser parte de él. Una especie de «razón Aristotélica» que, precisamente en Rayuela, Cortázar cuestiona y pone en crisis, los lleva a prescindir de una indispensable y necesaria revisión de ellos mismos. Pareciera que una mezquina y despiadada herencia cultural mina a algunos de nuestros más cultos académicos de la inteligencia. Pareciera que no hay, en ellos, intención de buscar y descubrir los eslabones flojos de todo este proceso de cambios y transformaciones que, a pesar de ellos y de todos quienes han querido detener un tiempo histórico, vamos a vivir. Simón Bolívar es, hoy, en Venezuela, apenas un símbolo sin carga ideológica, con un mensaje disecado, bueno para el discurso y la lisonja, pero malo para tenerlo como paradigma, modelo y referencia. Un Bolívar bueno para el afiche de los buhoneros, bueno para verlo en un óleo en los claustros de las oficinas públicas, extraordinario para ponerle nombre a las calles y a las avenidas y para que presida, en las plazas que llevan su nombre, los actos culturales en las fechas patrias. Un símbolo inerte, de bronce, de hierro, de yeso, acartonado, inactivo, almidonado, inmóvil, pasivo, enteramente seco, bueno para el halago patriotero y para el culto que lo pone distante e inalcanzable. Útil para presidir los palacios. Bueno para estar en el panteón de los héroes y oír cada cierto tiempo pomposos discursos que no lo recuerdan vivo sino muerto. Un Bolívar momificado, hueso y pellejo, sin alma y sin ideas, bueno solo para que le rindan honores y le pongan coronas como en los cementerios. En los momentos de las grandes y profundas crisis sociales de los pueblos la sola purificación de los héroes no basta, y en tiempos de agotamiento de los valores éticos y de las ideologías, la figura real, viva y activa de los próceres inspira y rescata la autoestima y los valores históricos de esos pueblos. Es de esa forma como se sepulta la miseria pervertida de instituciones tradicionales que las clases políticas dominantes han envilecido. Es de esa manera como la historia anuncia sus movimientos de renovación y de refundación. Bolívar, como lo afirmara el director de la Escuela de Historia de la UCV, integra al país, expresa una honestidad que hoy necesitamos, significa perseverancia, fortalece la lucha contra la corrupción, induce a la defensa de la soberanía venezolana y promueve la integración americana. Contrapone, según sus propias palabras, «la unidad de América a la globalización». Bolívar es, a pesar de quienes adversan el proyecto de Constitución, un corte radical con el pasado reciente y, por ello, lo necesitamos humano, de carne y hueso, con sangre y voz de patriota. Bien lejos de esa leyenda y ese mito que lo han hecho irreal, inalcanzable y sin carga revolucionaria. Meterlo en nuestro lenguaje y darle vida es todo cuanto ha hecho la nueva Constitución. Allí está, metáfora e imagen, de una forma colectiva de ser y vivir que, sin exclusiones, nos unifica y nos convoca a una y a un nuevo tiempo.
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