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Las artes visuales después del 2000

Nada de sobresaltos

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

1999

El próximo 31 de diciembre, al filo de la medianoche, comenzará en Nueva Zelanda —primer país industrializado en sumergirse en el año 2000— una vigilia de emergencia, respaldada por la Organización de Naciones Unidas, que registrará a través de Internet cómo se comporta el mundo mientras se descorre el nuevo milenio. Un corro de talentudos obviará toda mundana celebración para entregarse en cuerpo y alma a la angustia propiciada por los nefastos vaticinios del YK2 ó Falla del Milenio. Estarán comiéndose las uñas, atentos a cualquier arritmia de ascensores, equipos médicos, semáforos, sistemas bancarios y de la propia red. Prestos a disparar la señal de alarma que indique el colapso de los sistemas críticos.

¿Dónde estarán los artistas plásticos en ese instante de suspiros y expiraciones? Pues de seguro unos pocos meditando bajo el arrullo de un bucólico paisaje y, la mayoría —batiente trago en mano— arrimados al jolgorio colectivo. Las suspicacias apocalípticas de rigor y los vericuetos epistemológicos que han venido planteando los teóricos del arte durante los últimos años, serán en ese supuesto instante de transición una bruma, un lejanísimo murmullo cuyo único estremecimiento obedecerá a las burbujas de la champaña.

Nada ocurrirá en el arte con el asomo del año 2000. Al menos nada apabullante ni definitivo. Nada digno de inscribirse en los sudarios de la historia. Incluso nada habrá de asombrarnos ni conmovernos bien entrado el milenio. Aún en una tarde estival del 2032 habremos de sentir que pocas cosas desde el punto de vista conceptual, metodológico e ideológico brotan en el mundo de las artes plásticas de manera intempestiva con los cambios cronológicos.

Tiempo azuzado

El fin de milenio nos viene interpelando desde hace una década ya. Se ha vuelto asunto obligado, fastidioso, reiterativo. Se esperaba que al descorcharse el 1 de enero del 2000 una revolución de todo orden se apoderaría del hombre. Pero lo cierto es que a cuatro meses de la tan esperada fractura temporal podemos vislumbrar que si acaso habrá ventiscas publicitarias y uno que otro trasnochado intentando imponer una cierta tendencia con ínfulas renovadoras. Y un poco más allá, quizá, los nuevos tiempos traerán ciertos sobresaltos de pensamiento, pero no profundos cataclismos en la manera de hacer y ver el arte.

Una breve encuesta entre quienes observan y analizan las artes visuales en Venezuela permite reordenar algunas ideas. Para Guillermo Barrios, coordinador del Programa de Postgrado en Museos que dicta la Facultad de Arquitectura de la UCV, el término milenio es difícil de asir y hacer un balance sintético del que concluye precisaría navegar largo y tendido por aguas turbulentas: «Identifico más bien esta coyuntura como el entresiglos, acotando el problema a una situación más manejable para los espíritus pegados a tierra. En este caso hago el ejercicio de establecer un paralelismo con el arranque esperanzador del siglo XX y me regodeo en la idea de que la situación psicosocial que produce la transición (esta vez recargada con el discutido sentido del "milenio") puede generar el caldo de cultivo adecuado para el renacer de la utopías. Nuestro elástico fin de siglo se movió en la demostración de su inutilidad, en su desmontaje. Esto produjo una especie de desmovilización de la comunidad creativa y, a la falta de utopías, ésta creció desintegrada, desprovista de "manifiestos" y razones compartidas».

Isabel Huizi, investigadora de la Galería de Arte Nacional, plantea el asunto temporal asumiendo que no estamos capacitados para profetizar sino a mediano plazo y por más visionarios que pretendamos ser, el horizonte temporal de nuestra imaginación está necesariamente limitado por algunos datos de lo real que nos envuelve: «A pesar de que existiera un hito cuantitativo que pretendiese cerrar los procesos artísticos abiertos y en curso, no veo ninguna razón suficientemente poderosa para revisar desde el 2000, hacia adelante o hacia atrás, el arte de ningún país o comunidad o período, como no sea una de almanaque. ¿Por qué no revisar, por ejemplo, desde las «Señoritas de Aviñón» hasta Jackson Pollock? ¿O desde Mondrian a Armando Reverón?». Y continua: «Una revisión de criterios con fines proféticos que pudieran servir de débil fundamento a una pantanosa visión de las artes visuales del próximo milenio, y anteponiendo los debidos escrúpulos, necesariamente implicaría una comprensión de procesos culturales más amplios, complejos y profundos. Hacer predicciones en este sentido sería más que temerario, por lo dinámico, lo inesperado y lo siempre desafiantes que son los procesos ¿evolutivos? de eso que, también muy cómodamente, llamamos cultura, sin entrar a considerar las sorpresas que, gracias a Dios, nos da y nos debe seguir dando siempre, el arte».

Luis Pérez Oramas, estudioso siempre reservado con respecto a los mecanismos historicistas que establecen la cronología como causalidad, señala que más bien son las obras y los actos artísticos los que configuran el tiempo: «Creo que el impacto cronológico del año 2000 es puramente simbólico y no que sea causante del cambios en el modo de hacer las artes. Por el contrario, es el modo de hacer las artes lo que probablemente configurará un arte del tercer milenio, pero eso no lo veremos sino mucho más adelante».

El curador independiente Miguel Miguel apuesta a un milenio que no comienza el próximo primero de enero sino dentro de un lapso de cinco o diez años, cuando las aguas vuelvan a su cauce y la mirada pueda volcarse con plenitud sobre el pasado: «Debe haber una hilación entre lo que se ha hecho en esta última década de los noventa y en ese sentido hacer una arco en tensión con los primeros años del próximo milenio.

Invenciones y posibilidades

La tentación de jugar a las predicciones es enorme, sobre todo si nos apoyamos en Ernest Gombrich pensando que «el arte no existe, sólo existen los artistas». Podríamos, en todo caso, asomar algunos esbozos de futuro cercano y no ser demasiado brillantes al dilucidar que en los próximos tiempos el arte se nutrirá como nunca de las solvencias de la ciencia, la tecnología y las telecomunicaciones; que Internet será una herramienta básica para la expresión y difusión del arte; que los museos deberán adecuarse a un arte integral y antigenérico cada vez más propenso a domesticar el espacio; que la tan manida globalización deberá generar un tiempo de renovados discursos e individualidades donde no faltarán vertientes tradicionales que seguirán haciendo pintura, escultura o dibujo tal como se ha hecho siempre.

Luis Pérez Oramas no excluye que por esa suerte de ola tercermilenarista se produzcan modas o simulaciones de arte del tercer milenio que obedecerán más a la vida social que artística. Sin embargo deja en el aire un rosario de interrogantes: «¿Hasta qué punto las modalidades de circulación industrial están significando una modificación estructural en la manera de concebir al sujeto artista?; ¿puede seguir siendo posible el artista tal como lo conocimos a principios del siglo XX, que podía crear obviando la conciencia planetaria?; ¿está la institución museística llamada a ser una institución de orden social, casi ritual y simbólica más que académica?; ¿vamos a entender en el tercer milenio las complejidades específicas de las modernidades locales?; ¿cómo vamos a construir esa frontera que plantea el cambio de siglo en el mundo del arte, como un desafío, un sistema de interrogaciones o un cambio de territorio?

Guillermo Barrios apuesta a un futuro en el que se tenderá a aceptar el reto planteado por la informática en toda su dimensión, al cual hasta ahora el arte ha respondido con demasiadas reservas y donde se han producido dinámicas reductivas y fuera de foco. Miguel Miguel, por su parte, prefiere ahondar en un próximo milenio en el que no va a haber una diferenciación entre las artes ni tendencias que se impongan a nivel conceptual o técnico, sino un único medio revisado y revisitado: «En los primeros años del próximo milenio va a haber una especie de revisión de lo que ha sucedido en los últimos 25 años. Los lenguajes contemporáneos están siendo cada vez más agotados y el reto del artista joven va ser el revisar y reencontrar caminos no explorados por los grandes artistas del siglo XX. Con la globalización y todo lo que implica el computador e Internet, se va a expandir la posibilidad del artista de encontrar nuevos caminos pero siempre a partir de los ya existentes».

En todo caso y más allá de los artilugios de la imaginación, en los movedizos terrenos del arte, el futuro es una sospecha. Siempre lo será.



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