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Turismo al pie de página

Las casas de los escritores confiesan

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

Papel Literario, El Nacional, Caracas, 15/11/98

La privacidad es un bocadillo deseable. Y museable. Husmear en ella es uno de los lujos que se da la industria turística francesa a través de la Ruta histórica de las casas de escritores, un cultísimo periplo hilado para complacer a quienes gustan regodearse en el morboso ejercicio de confrontar realidad y ficción. Viajeros hartos de iglesias y museos de artes visuales, se adentran en esa seductora encrucijada literaria suponiendo que enriquecerán con ello su bagaje anecdótico y sumarán referencias al conocimiento de un autor.

Templos de la cotidianidad remozados por el bisturí restaurador y el glamour de la nostalgia, las casas de los escritores se convierten en miel escrutada que con soterrada picardía desnudan los reveses de la mitificación. Los visitantes se mecen en el deleite de fisgonear en el escritorio sobre el que Emile Zolá escribió Germinal; la cama donde sudó Victor Hugo; la estrecha escalera que a diario debió sufrir Honoré Balzac. El ansia de mercadear los espacios íntimos supera toda teorización sobre la imprudencia, la cosificación, los límites del entorno público, los misterios del acto creador. La casa constituye uno de los ámbitos culturales más íntimos y poetizables: útero redentor que tantos secretos guarda. Muchos vagamundos abandonan las famosas residencias con la sensación de haber rozado un hombro de la historia, pero algunos otros lo hacen con decepción, sintiendo que un cierto encanto ha sido quebrado por la banalidad, pues no siempre en estas mansiones subsiste el carácter biográfico que los espacios privados reproducen, mostrando más bien caricaturas mal zurcidas que persisten en la triste calistenia de justificar el asombro.

La museología contemporánea es la mentora de algunas de esas mínimas catástrofes epistemológicas. Bajo el supuesto de que toda producción humana es objeto de estudio y puede ser exhibible, los enseres más simbólicamente ineficaces adquieren la prestancia de las grandes obras. Asusta tal empeño -plausible sin embargo en muchos casos- cuando se piensa que aún los detalles más bochornosos de una existencia puedan ser vapuleados por la mirada ajena sin consentimiento preestablecido de la víctima: ejemplo de ello es el enorme calculo biliar que, conservado en formol en un museo de Maracaibo, pretende dar cuenta del clínico motivo que postró al general Rafael Urdaneta.

Así, doce imponentes casas repartidas por Ille-de-France y Normandía -además de muchas otras salpicadas por la geografía parisina- dejan constancia de los suspiros perdidos de un puñado de escritores galos y extranjeros que afincaron sus plumas sin saber que la posteridad les reservaba lectores no sólo de sus libros sino también de sus entrañables refugios.

Pese a toda exagerada mal interpretación, la Ruta histórica de las casas de escritores despliega refinamiento, gusto y buenas intensiones, ofreciendo en algunos casos mobiliario de época, casas de exquisita factura, jardines idílicos y ambientes sosegados. De ellas destacan:

Maison de Mallarmé: Está ubicada al borde del Sena, cerca del puente de Valvins y del bosque de Fontaineblue. Allí el poeta se alojó regularmente a partir de 1874 y casi definitivamente después de su retiro. La casa fue restaurada y abierta al público en 1992, desplegando algunos retratos y objetos pertenecientes al escritor y exposiciones temporales sobre su vida y obra.

Maison de Chateaubriand: Para haber sido un ermitaño, la casa de este novelista es un exabrupto de verdor y amplitud. Silueteada en los predios de Valle-aux-Loups, el palacete ostenta árboles plantados por el autor, su biblioteca, un pórtico adornado por dos cariátidas de mármol blanco y una infinidad de muebles, papeles, objetos y recuerdos que describen el itinerario político, literario y sentimental del romántico.

Maison de Ivan Tourgeniev: Dicen las malas lenguas que el escritor ruso adquirió esta casa en Bougival para estar a sólo treinta metros de su bella amante Paulina Viardot, esposa de Louis Viardot -primer traductor del Quijote al francés- y hermana de la famosa cantante la Malibran. El chalet donde hoy está el Museo Turguéniev -regentado por un sensible urbanista que organiza visitas guiadas y actividades musicales- abre para disfrute de los curiosos la biblioteca del famoso autor de Padres e Hijos, el lecho donde sucumbió a la buena hora en 1883 y el jardín que lo unía a la tentación.

Maison d’Alexandre Dumas: Dos edificios -uno de estilo neorrenacentistas y otro neogótico- conocidos como Chateaux de Monte Cristo y Chateaux d‘If, se alzan en la colina de Port-Marly testimoniando los efluvios de lujo y paz que rodearon al escritor, quien los hizo construir en 1844 con la fortuna que le prodigara la publicación de Los tres mosqueteros. En 1972 las edificaciones fueron adquiridas por las ciudades de Marly-le-Roi, Le Peq-sur-Seine y Port-Marly, con el apoyo de la Sociedad de Amigos de Alexandre Dumas y el impulso de Georges Poisson y Alain Decaux, éste último miembro de la Academia Francesa de la Lengua.

Maison d’Emile Zola: Obras como Nana y Germinal nacieron en el gran estudio de esta casa decorada a la usanza de fines del siglo XIX y realzada por dos enormes torres, entre las cuales discurren los espaciosos salones en los que se reunía la crema y nata intelectual de la época.

Maison de Maurice Maeterlink: Un hermoso pabellón edificado en Médan a finales del siglo XV sobre ruinas pertenecientes al siglo IX que desde los días del Renacimiento supo de aires artísticos, siendo frecuentado por el poeta Ronsard y más tarde convirtiéndose en inspiración de Cézanne. En 1924 Maeterlink transformó la magnífica construcción en su morada, la cual fuera abandonada después de la guerra hasta 1966, cuando hospedó al periódico Combat. En 1977 fue vendida en subasta pública a sus actuales dueños, quienes la restauraron y le devolvieron los nobles aires del pasado.

Musée Michelet: Con una restauración que le valiera un premio nacional, esta casa apostada en Vascoeuil ofrece exposiciones de artistas contemporáneos, el estudio del escritor, un impresionante palomar con un sistema de escaleras giratorias y una colección de esculturas y mosaicos que engalanan el jardín con meritorios nombres como Braque, Dalí y Vasarely.

Pavillon Flaubert: La casa estilo Louis XVIII fue comprada por autor de Madame Bovary en 1844, pocos meses después de la primera crisis nerviosa de su hijo. Adquirida por la asociación Amigos de Flaubert en 1905 y donada a la ciudad de Rouen en 1906, el famoso médico deambuló por sus rincones durante treinta años, dejando gran cantidad de objetos como plumas de ganso, un Buda y uno de sus famosos loros, sagrados recuerdos de su presencia.

Musée Victor Hugo: Si bien un apartamento con numerosos vestigios del poeta puede visitarse en pleno centro de la Ciudad Luz, esta mansión burguesa del siglo XIX plantada en Caudebec-en-Caux -propiedad del Sena Marítimo- relata una porción de la historia de la familia Hugo, pues está íntimamente ligada, entre otras cosas, al recuerdo del naufragio en el Sena en el que perdieran la vida en 1843 el yerno y la hija del escritor. Se observan ahí obras de arte, diseños del propio escritor, cartas y fotografías.



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