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Dina Gottlieb Salvada por el Ángel de la Muerte Nuevo Mundo Israelita, Caracas, mayo de 2000 Dina Gottlieb, una checa prisionera en Auschwitz reclama desde hace un cuarto de siglo al gobierno polaco un conjunto de retratos que hiciera durante su estancia en el campo, cuando el temible médico Josef Mengele la tomara como retratista de sus víctimas. Una entrevista vía correo electrónico con Joel Friedman, abogado de Gottlieb, nos cuenta la odisea legal y sentimental de esta pintora de 76 años, salvada de las garras del horror por el propio Angel de la Muerte. Dina Gottlieb ha nacido varias veces. Y todavía parece faltarle una. La primera fue en 1923 en la capital moravia de Brno, en la entonces Checoslovaquia. La segunda en 1943 en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, cuando el médico nazi Josef Mengele la apartó del corro de condenados a muerte para convertirla en la retratista de sus descalabros. La tercera, en marzo de 1945, al ser liberado el recinto de exterminio por las tropas rusas y norteamericanas. La cuarta en 1973, en su plácida casa de Hollywood Hills en Los Ángeles, donde recibiera un telegrama remitido por un museo polaco solicitando la autentificación de siete dibujos que hiciera durante los años de la guerra. El nuevo nacimiento de Gottlieb debió haber ocurrido hace unos años ya, pero la querella legal de la que ello depende no propone aún el esperado final. La pintora ha confesado que sólo se sentirá en absoluta paz el día que sus obras dejen de ser una imprecisa distancia. Por ahora dice seguir siendo una víctima más de la SS: prisionera de Auschwitz y de las miserias del Holocausto. Con el corazón en otro ladoEn una pequeña y oscura habitación del State Museum at Auschwitz de Polonia se encuentran once retratos que Dina Gottlieb realizó entre 1943 y 1945 bajo la mirada amenazante del médico nazi Josef Mengele, temiendo que al esbozar el último trazo acabaría de bruces en la muerte. Todos muestran compungidos rostros gitanos que una vez calcados en el papel eran llevados a las cámaras de gas. «Cuando uno los miraba casi podía ver escrito en ellos el destino que les esperaba», contó la artista en un reportaje especial que hiciera el programa Today Show de la cadena televisiva norteamericana NBC a finales del año pasado. Una de las tantas mujeres que Gottlieb debió inmortalizar era una bella gitana de 21 años que acababa de perder a su bebé y cuyas orejas estaban cubiertas por un pañuelo. Mengele insistió en quitárselo para que la pintora hiciera énfasis en los rasgos genéticos: «Cuando uno observa esa pintura puede ver angustia, dolor y miseria. Yo tuve que transmitir esas emociones», dice. Pese a la relación afectiva que Gottlieb mantiene con las piezas que creía masacradas por 55 años de olvido y aún demostrándose que son de su autoría, el museo se niega a devolverlas, argumentando que se trata de un importante documento de la historia del Holocausto que debe ser preservado por una institución y que al entregar retazos de su botín artístico se verían obligados a regresarlo todo. La mayor parte de las obras que atesora el pequeño museo polaco fueron donadas por sobrevivientes de Auschwitz, a diferencias de las de Gottlieb, encontradas por azar entre los escombros del horror. «Esas obras son más de Mengele que de ella y dado que él no las reclamará deben permanecer en el museo», fueron las punzantes palabras de Tadeusz Szymanski, un oficial polaco al que no conmueven las lágrimas de la dama que sólo desea legar aquellos trazos bastardos a sus hijos y nietos como testimonio de la sobrevivencia familiar. De manera irónica y por razones de conservación, los dibujos en disputa están celosamente alejados de la mirada pública, exponiéndose en las salas del museo tan sólo copias, las mismas que el gobierno polaco pretende ofrecer a la pintora como consuelo. De Praga a AuschwitzDina Gottlieb fue la única hija de una soltera oriunda de una pequeña provincia checa. En 1940 se mudó a Praga para estudiar arte, pero apenas dos años después su madre recibió una notificación en la que le exigían reportarse al campo de trabajo de Theresientadt y la joven decidió voluntariamente acompañarla. En septiembre de 1943 la muchacha quiso de nuevo ir tras los pasos de la madre, esta vez en un transporte que las condujo a Auschwitz, junto a otros 5 mil paisanos. Habiéndose difundido su talento artístico en todos los rincones del campo, Gottlieb fue reclutada por un oficial para pintar las barracas de los niños. Cuando ella comenzó a plasmar en los muros imágenes de la pradera suiza, los pequeños la rodearon pidiéndole que les hiciera a Blanca Nieves y los 7 enanitos, dibujo animado de Walt Disney que la pintora había admirado desde su estreno en 1937 y degustado en el cine no menos de siete veces. «Después de eso» narra Gottlieb con sus inmensos ojos azules a punto de derramarse «un oficial de la SS se me acercó y me pidió que abordara su jeep. Empecé a mirar a mi alrededor buscando a mi madre, pues pensé que me llevaban a la cámara de gas». Pero la joven estaba siendo conducida a lo que para muchos fue el infierno y para ella la salvación. El temible médico bávaro Josef Mengele conocido por sus experimentos con gemelos y la búsqueda genética de la perfección de la raza aria la esperaba para confiarle el postrero retrato de sus víctimas. Él mismo había intentado fotografiarlos, pero no estaba conforme con los resultados obtenidos y deseaba, además, añadir colorido a los aterrados semblantes. Durante largas jornadas la pintora trazó ojos y labios resquebrajados, sabiendo que aquellas horas la alejaban apenas unos pasos del abismo y que quizá como Penélope podría tejer y destejer el destino. En una oportunidad supo que su madre, junto a otras muchas mujeres, sería llevada a las duchas asesinas. «Cuando me informaron que ella estaba en la lista dije que me arrojaría a la cerca eléctrica si no la sacaban del grupo de condenados. Mengele intervino y lo consiguió. Así mi madre se salvó. La única razón que me hace estar orgullosa de las pinturas es que las mismas permitieron que mi madre viviera hasta los 82 años», borda entre sollozos. Al terminar la guerra Gottlieb y su madre viajaron a París y más tarde a los Estados Unidos, donde se casó con Art Babbit, curiosamente uno de los jefes de animación de Blanca Nieves y los 7 enanitos. Poco después ella misma halló trabajo como dibujante de tiras cómicas en la Warner Brothers. Otra justiciaEl abogado Joel Friedman se hizo de una impecable reputación en sus 28 años de ejercicio como fiscal del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, especialista en casos de crimen organizado. Gracias a él los famosos mafiosos Nicky Scarfo y John Stanfa fueron puestos tras las rejas. En marzo de 1997 una vez jubilado y sumergido en la práctica privada en sociedad con el reconocido bufete de Filadelfia Dilworth Paxon, Friedman tomó el caso de Dina Gottlieb por sugerencia de un amigo checo. Por circunstancias económicas y quizá por ese desgano intencionado que imprimen las heridas de guerra, hasta ese momento la creadora había intentado reclamar sus obras sin la intervención de abogado alguno. Cuando en 1973 supo de la existencia de sus piezas, viajó de inmediato a Polonia y esperó paciente que el museo tomara una decisión. En 1980 una misiva le informó que las obras no le serían entregadas jamás y decidió asumir las riendas de una disputa que llega hasta nuestros días. Friedman comenzó sus gestiones poniéndose en contacto con los senadores norteamericanos Specter, Boxer, DAmato, así como también con Eisenstat, Secretario del Interior, el Rabino Baker del American Jewish Committee y el director de cine Steven Spielberg, quienes después de ver el programa de la NBC se ofrecieron a intervenir. Friedman y la artista propusieron al State Museum at Auschwitz de Polonia que si las pinturas eran retornadas ellos se comprometían a hacerlas circular por los más importantes museos. Pero en marzo de 1999 la institución rechazó la propuesta y más bien decidió acelerar los trámites para dar por concluido el caso. La artista y su abogado no se conformaron: el asunto se ha hecho público y ha levantado más polvorín del esperado. «Pienso que mi experiencia previa ha sido una ventaja al prepararme para negociar con toda la burocracia que esto implicará», señala Friedman De regreso a AuschwitzEn junio del año pasado Joel Friedman, Dina Gottlieb, su hija y un equipo de reporteros y camarógrafos de la cadena NBC partieron rumbo a las austeras escenas del pasado de la pintora. Junto a ella recorrieron cada rincón de Auschwitz, escuchando las minuciosas descripciones de lo que fue su estadía en aquellas geografías calamitosas, mientras Karem, la hija, no paraba de llorar sorprendida ante el lacerante e inédito relato: «Parecía resignada y su hija absolutamente hecha pedazos. Creo que Dina hizo frente al horror y la frustración tan sólo por lo que significa recuperar las pinturas», cuenta el abogado. Más tarde, el grupo se dirigió al museo, donde Gottlieb pudo enfrentarse después de tantos años a las monstruosidades soterradas en sus propios trabajos. Reconocerlos fue casi tan terrible como hacerlos. Tras reunirse con algunos ministros en Varsovia, Friedman regresó a los Estados Unidos con las manos vacías, pero dispuesto a dar la pelea. «Seguiré luchando en su nombre, pues este caso es muy importante por muchas razones», explica el abogado con el reservado optimismo que salpica el que la batalla se esté convirtiendo poco a poco en cuestión de Estado. «Pienso que Mengele fue un de los peores seres humanos que han existido y los gitanos que ella pintó continúan de alguna manera viviendo. Los nazis trataron de reducir a las personas a la más baja forma animal y recuperando estas pinturas demostraríamos a todo el mundo cuán preciosa es la vida humana».
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