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Ramón J. Velásquez ante el temporal de las Megaelecciones

«El país democrático se va a imponer»

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

Mayo de 2000

Cuarentona criolla cuyo honor parece estar en entredicho, la democracia preocupa y ocupa en estos días al ex presidente e historiador Ramón J. Velásquez. Actor, testigo y crítico de los meandros políticos de los últimos cincuenta años, se deshace de armaduras verbales para trazar una crónica política sin aspavientos. El equipo de redacción del Nuevo Mundo Israelita abordó a este reconocido amigo de la kehilá para esbozar algunas visiones de la realidad en la que bulle el país.

Ramón J. Velázquez es por pura carambola uno de los venezolanos más diestros en materia de golpes: presenció once mientras fue secretario del gobierno de Rómulo Betancourt y la última intentona de 1992 lo alistó —también por esas raras dádivas del azar— en la gesta presidencial de la vapuleada democracia venezolana. Hoy, tras mucho camino recorrido, no se anda por las ramas en materia de análisis político, pero prefiere echar garra de la siempre lúcida ciencia histórica para explicar las circunstancias que tiñen los pronósticos sobre las próximas Megaelecciones del 28 de mayo.

Con un tono que viaja apresurado entre la pedagogía y la efervescencia electoral del momento, Ramón J. Velásquez, no deja escapar la olvidada genealogía de los regimenes militares en el país y un tanto decepcionado quizá ante el agridulce porte que ostenta la democracia en estos albores del milenio, confiesa su profunda fe en la posibilidad de superar la crisis. «Vendrán momentos más difíciles que los actuales —concede anticipándose al torbellino de interrogantes pendientes— pero el panorama latinoamericano no admite la consolidación de un régimen dictatorial. Además, el venezolano ya aprendió lo que es la democracia como sistema y no creo que se permita entrar en una etapa revolucionaria, confusa, enredada y sin destino».

—¿Cuál podría ser el origen de la actual situación política que atraviesa Venezuela?

—La crisis de los años noventa determinó un cambio fundamental en el ordenamiento político, con profundas derivaciones en el ordenamiento institucional del país. En 1958 se instaló por primera vez en Venezuela, después de muchas experiencias frustradas, un régimen democrático. Desde la fundación de la República en 1830, sucesivos regímenes de origen militar fueron expresión de autocracias militares y regionalistas. En la etapa que concluye en 1873 los personajes de la independencia —nacidos bajo la Colonia, hechos héroes en los campos de batalla y transformados en caudillos políticos—, controlaron el poder, pero no tenían noción de lo que significaba la vida republicana. Ese mismo episodio se repitió de 1864 a 1899, cuando brota en las llanuras una nueva generación de guerrilleros que encausan la Guerra Federal y que por sus hazañas se convierten en generales de la Federación. En 1900 surge con el presidente Cipriano Castro una tercera expedición militar regional que inaugura 45 años de poder, donde se contabilizan 9 de Castro, 27 de Gómez y 5 de López Contreras, aunque estos últimos representan ya la apertura hacia la modernización del país y la fundación de las instituciones democráticas. En 180 años de vida independiente solamente en estos últimos 50 años la sociedad venezolana y sus dirigentes han entrado en el ejercicio democrático, sosteniendo un pasado y una carga autocrática regionalista muy pesada. De tal manera que los experimentos de esta etapa bipartidista que ahora ha concluido, han desaparecido tanto por la elección de un militar protagonista de un golpe frustrado, como por la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente que ha dotado al país de una constitución que afirma el poder presidencial de una forma avasallante, afianza y amplia el poder militar y rompe la armonía entre los poderes al eliminar prácticamente el poder legislativo, bastión de nuestra vida republicana.

—En tal contexto militarista, ¿Venezuela está en estos momentos más cerca de su pasado o de un futuro de cambios?

— Hay una corriente en Venezuela a la que por tradición le molesta el debate democrático y piensa que la solución es la violencia de la autocracia, el atropellamiento de los gobiernos llamados fuertes. Eso tiene tanto arraigo en los sectores civiles como militares que por lo regular no van al debate público y son gente dictatorialista. Lo que existe en Venezuela en estos momentos es un profundo y creciente sentido de defensa de los valores democráticos. Pero eso es nuevo en el país. Lo viejo y corriente es la dictadura o los gobiernos paternalistas o autocráticos. También hay otros asuntos de muy vieja data, como la confusión del patrimonio privado con el tesoro nacional. Mucho antes del petróleo aquí había gente que asaltaba el tesoro nacional. La corrupción es muy vieja. Guzmán Blanco, hombre culto y de grandes obras materiales, se hizo en una Venezuela muy pobre de una riqueza de la que alardeaba en todo el continente. El sentimiento democrático, la defensa de la dignidad humana, la defensa del ejercicio normal de los derechos, eso es lo nuevo. Las generaciones que nacieron y crecieron en el recién constituido ambiente democrático no tuvieron la sensación de peligro de esos valores que tenemos quienes vimos dos dictaduras y sufrimos una. Sólo ahora, frente a esta amenaza creciente a las instituciones democráticas y al derecho de opinar, pensar o creer, es que las nuevas generaciones se están movilizando en defensa de esos valores. Estoy seguro que por sobre estos peligros ese país democrático se va a imponer y consolidar.

—¿Está la democracia en decadencia?

—Sobre la democracia se han dicho horrores en estos días. Pero no se han analizado sus conquistas. Es loable lo que en este país se ha logrado en materia de formación de las nuevas generaciones. Nunca antes tuvimos eso. Ahora contamos con una élite indispensable, con capacidad de entender el futuro, las relaciones internacionales, las exigencias del desarrollo nacional.

—Llama la atención que ese fructífero desarrollo del país va parejo con el sentimiento de llevar al poder a un hombre que no sólo desdeña de estos cuarenta años democráticos, sino que dice que son los más nefastos del milenio.

—Hay que tomar en cuenta la crisis de los partidos políticos manifiesta en los últimos dos quinquenios y que se va a reflejar en las elecciones de 1998. Ya no existe la unidad poderosa de otrora. En las entrañas mismas de los partidos se produce una división y un enfrentamiento que no ve el daño que se puede causar al país. Por una parte Rafael Caldera decide una alianza con sus más viejos adversarios ideológicos y personales: los marxistas leninistas. A eso se va a unir una especie de ausencia de lo que es la realidad política y de los peligros que conlleva. Mientras un partido cree que eso se soluciona con una bella modelo, el otro aplaza la decisión para terminar lanzando a quien por sus características de ese momento no podía enfrentarse a una crisis nacional. Todo eso facilitó el camino a la solución actual, así como lo hiciera a su manera el sobreseimiento que Caldera concedió al entonces golpista Hugo Chávez.

—Sorprende que las dos opciones que hay en estas elecciones presidenciales son militares.

—En Venezuela, tal vez por falta de evolución o educación de la sociedad, el personalismo tiene más poder para abrir puertas que las instituciones de toda la vida. De hecho puede hacerse una historia de Venezuela en base a apellidos. Con ciertas leyendas personalistas se invita a la gente no a razonar un programa, sino a aceptar la conquista del poder. Todo esto tiene mucho que ver con la crisis de los partidos que va a significar ausencia de dirección de las masas y con la aparición de un personaje que emerge de la nada y que le va a decir a esas mayorías votantes «yo soy su libertador y ustedes han estado esclavizados».

—¿Hacia dónde nos estaríamos dirigiendo?

—La situación actual regresa al país al debate del 4 de febrero de 1992. Es el desquiciamiento del orden democrático. El presidente Chávez una vez le dijo a Caldera que del 4 de febrero de 1992 nacieron dos presidentes: «Usted y yo». En la misma fecha, pero del año 2000, los otros tres líderes del alzamiento le dicen al país que ellos son coautores y tienen vela en este entierro, creándose así una situación atípica, sin precedentes en la historia nacional. Al decidir uno de estos tres comandantes ir a la batalla presidencial, el país descarta la posibilidad de enfrentamiento de cualquier civil, lo cual comprueba la escasísima puntuación de un hombre como Claudio Fermín y cómo el país se sitúa al lado de uno u otro comandante para tomar parte en la batalla. Esto no tiene precedentes en la historia de América Latina. Se trata de la institucionalización de un régimen a través de esa escogencia, la cual no tiene nada que ver con los programas sino con asuntos personalistas, con el lenguaje, con los vínculos de uno y otro. De tal manera que se va a la elecciones con el sentimiento de confianza en lo que ha venido siendo uno de los candidatos en el Zulia y el otro en Caracas. Cualquiera que sea la solución electoral, el proceso hacia la instalación definitiva de una nueva etapa continua en veremos. Después de las elecciones es que se va a definir el programa y con él el ordenamiento para garantizar a la sociedad una etapa de paz y de progreso.

—¿A Chávez se le está acabando el tiempo?

—A Chávez se le agotó el tiempo por la manera cómo lo ha utilizado. El no ha gobernado, él se ha promovido. Un hombre con una excelente capacidad como Ronald Reagan llegó al poder porque fue el gran comunicador de la televisión e hizo pensar a grupos empresariales en California que ese era el hombre ideal para gobernar y esa misma capacidad lo llevó a la presidencia. Eso es lo que tiene Hugo Chávez frente a determinados sectores que hasta este momento considera indispensables para afianzar su poder. Hay una cierta coherencia en su discurso, pero resulta que la inflación y la inseguridad crecen, los sueldos se aumentan y no se pagan. A Chávez se le agotó el tiempo y lo que tiene es que ponerse a gobernar.

—¿Nos acercamos a una explosión social o a una verdadera revolución?

—Las necesidades básicas del ser humano no dan tiempo a los discursos. El desgaste popular es muy grave y por ello la gente busca otra solución que no es la electoral.

—¿Era previsible la Venezuela que estamos viviendo hoy?

—Esta situación que protagoniza Chávez no era necesaria, pero el exagerado desgaste del sistema durante estos últimos quince años le abrió el paso. Si hubiera habido aquí un gran partido popular con un gran caudillo o un gran líder al estilo de Gaitán o cualquier de esas grandes figuras civiles y democráticas que ha habido en otros países, la solución nuestra se hubiera aproximado a otra cosa. Alguna vez pensé que a finales del siglo XX habría una reforma del sistema democrático, pero la modificación que vino ha sido traumática.

—¿Está Ud. de acuerdo con el voto militar?

—Con el voto militar como institución podría estar de acuerdo. Pero no somos suizos. Cuando en Venezuela se encienden las pasiones políticas no se apagan y es difícil que la oficialidad, por mucho equilibrio emocional que tenga, reduzca su intervención en el debate político a tan sólo consignar su voto el día de las elecciones. De manera que corremos el riesgo de que las pasiones de partido y los enfrentamientos personalistas rompan la paz militar y el equilibrio del ejército.

—Hasta ahora, con democracia o sin ella, Venezuela ha sido un emporio de pluralidad, pero hemos venido viendo asomos de intolerancia.

—Eso no tiene cabida en Venezuela, porque el país se formó sobre una base de amplitud, de acogida, que no la modifica nadie. A diferencia de lo que pasaba en los tres siglos de Colonia en México o Perú donde hubo nobleza, aquí sólo hubo ricos agricultores, dueños de regiones que con las cosechas de cacao se hicieron ricos y compraron títulos. Claro que es muy importante haber conocido el pensamiento alucinado del señor Nolberto Ceresole y leer lo que está publicando un periódico nacional, pero tesis de esa naturaleza no tienen cabida en la sociedad venezolana y menos esa alianza universal que quiere estructurarse a través de sus propuestas.

—¿Dónde quedaron los preceptos de Rómulo Betancourt?

—Rómulo Beancourt vivía preocupado pensando que si la democracia perdía su raiz popular y caía en la corrupción de sus dirigentes, podría venir una crisis histórica. Eso lo mantuvo hasta última hora. En una ocasión, a finales del gobierno de Pérez, Betancourt citó el fracaso del partido laborista israelí porque su primer ministro no había declarado una cuenta de 20 mil dólares de su esposa. Betancourt señaló entonces «vamos a hacer una democracia decente como la de Israel».

—Cómo califica un historiador los malabarismos historicistas del señor presidente.

—Él es sin duda un personaje con mucha destreza mental. Salta de Moisés a Zaratrusta, de Jehová a Martí. A ratos se siente la reencarnación de Bolívar o Zamora, el sucesor de Fidel Castro y puede hasta comparar sus propias acciones con las de Alejandro de Macedonia….. Realmente tiene una riqueza imaginativa incontrolada.


Jacqueline Goldberg en La BitBlioteca



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