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Reformistas y revolucionarios El Nacional, domingo 17 de enero de 1999 Hablemos claro. En Venezuela está planteado un combate frontal entre las fuerzas regresivas de un pasado fracasado y las fuerzas revolucionarias que liderizadas por Hugo Chávez hemos recibido un mandato para crear un nuevo sistema político de convivencia democrática. Lo vamos a hacer, cueste lo que cueste. De un lado están las fuerzas conservadoras de un orden constitucional que no merece ser conservado. Del otro, está la mayoría que exige un cambio. Esa mayoría va a ser convocada con un Decreto de irreprochable base constitucional para que responda si quiere o no quiere una Asamblea Constituyente para refundar la República desde sus cimientos. Quienes hemos recibido el mandato de extirpar este sistema caduco y corrupto y hacer una verdadera democracia, vamos a pedirle al país que responda que si lo quiere. Quienes se dicen defensores de una legalidad constitucional que ellos han violado y prostituido hasta cansarse, pueden pedirle al pueblo que responda que no lo quiere. Eso se llama democracia. Eso es consultar al pueblo titular de la soberanía para que se exprese mediante el sufragio. Como lo reza la letra del artículo de la Constitución. Como lo proclama la esencia histórica de la democracia. Las fuerzas regresivas conservadoras del pasado fracasado pueden repetir las propagandas que usaron en las elecciones para tratar de impedir el triunfo de Chávez. El grupito de presión que se dijo era «la gente» puede botar más millones tratando de ridiculizar al proceso de refundación constituyente de la nueva república. También pueden ir a llorar a la Embajada de los Estados Unidos y pedirle al Embajador Maisto que defienda la constitución y llame a los Marines. Pueden apelar a la Corte Suprema de Justicia y a la Corte Celestial. Nosotros vamos a apelar al pueblo soberano. Vamos a hacer valer nuestro derecho de hacerlo con todo el poder que hoy tenemos. Todo. Y con ese mismo poder haremos respetar lo que el pueblo decida. No nos vamos a dejar acorralar por maniobras leguleyas que hoy prometen reformar en tres semanas lo que no han reformado en treinta años. No nos impresionan los juristas cagatintas que se dicen salvadores del «hilo constitucional» con el cual quieren amarrar privilegios. Su empeño en calificar un Decreto que ordenará una consulta popular para formar una Asamblea Constituyente mediante elecciones libres, como una acción subversiva impresionará a pusilánimes y le dará esperanzas a corruptos. A nosotros no nos moverá. Vamos a hacer lo que tenemos que hacer. Abran los ojos. El muro de Berlín cayó. El Decreto del 15 de febrero de 1999 en el mismo lugar donde hace 180 años Bolívar instaló el Congreso de Angostura, Hugo Chávez firmará un Decreto llamando a los venezolanos a responder tres preguntas: 1. ¿Aprueba la elección de una Asamblea Nacional Constituyente? Si | No 2. ¿Aprueba que la elección de los Constituyentes sea uninominal, uno por cada 50 mil electores? Si | No ¿Aprueba que la Asamblea Constituyente redacte la Constitución en un plazo de seis meses y que esta sea sometida a un referéndum?
Con este Decreto se iniciará la primera revolución pacífica de nuestra historia. ¿Cómo se elegirá la Constituyente?Si los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente se eligen con el mismo sistema electoral que ha engendrado la «Democracia de Partidos», con tarjetones y planchas «entubadas» de Partidos, seguiremos en lo mismo. Si nos dejamos llevar por el espejismo de la división político-territorial de la República y le atribuimos a cada una de las ficciones llamadas «Estados» cualidad de entes soberanos con derecho a enviar «representantes» a la Asamblea Constituyente, será peor. Así se incurrirá en una grotesca aberración de representación y una injusticia demográfica. Si hacemos que Distritos o Municipios elijan a sus representantes, será lo mismo o peor. Las alternativas para elegir la Constituyente son dos: O una votación por el sistema de «planchas» de partidos, o la elección uninominal de los miembros de la Asamblea Constituyente. Lo primero ya sabemos como funciona y a lo que lleva. Lo segundo no. Requiere un gran esfuerzo de ecuanimidad, coraje, honestidad intelectual, capacidad de organización y sentido común. Esa es la cuestión fundamental. Si resbalamos en esto nos caemos. Para crear un sistema electoral que forme una Asamblea Constituyente representativa de los ciudadanos y no de los partidos, hay que borrar del mapa de Venezuela las líneas imaginarias que la dividen en Estados, Distritos y Municipios. Y tras decidir la base de población para elegir a un representante a la Asamblea, hay que crear distritos electorales según la densidad de población. Si queremos una Constituyente de cien miembros, esa base de población esta alrededor de cien mil electores. Si pensamos que esa base es exagerada y puede llevar a la conformación de distritos electorales muy extensos, y la reducimos a la mitad tendremos una Asamblea de 200 miembros, uno por cada 50 mil electores. Con estos parámetros que deben ser producto de la sensatez y el consenso, se pueden y se deben hacer varios ejercicios teóricos para examinar sus aspectos positivos y negativos, hasta llegar a lo que debe ser un sistema de conformación de la Asamblea Constituyente que represente a los ciudadanos de una república democrática de hombres y mujeres, no de Partidos. Los Partidos de la democracia de PartidosPara que los venezolanos de 1999 lleguemos a un consenso acerca del sistema de gobierno que queremos tener en el próximo milenio, debemos repensar lo que es el núcleo esencial de un Estado democrático, y lo que son sus malformaciones cancerígenas. Debemos aprender a mirar hacia atrás para ver y entender que con el correr del tiempo, los Partidos se han convertido en el peor y más nocivo lastre parasitario de un sistema que ha metamorfoseado una bendición potencial en una maldición real. Debemos entender cómo y porqué se han engendrado partidos de estructura leninista que han dejado de ser un medio para convertirse en el fin de la democracia. Debemos recapacitar que los Partidos deben ser medios para la participación política de ciudadanos no el propósito y razón del sistema democrático. Debemos hacer que los partidos funcionen para la democracia, no que la democracia funcione para los partidos. En el núcleo esencial de un verdadero sistema democrático lo principal es claro y sencillo: Todo Partido político es la irrenunciable expresión del derecho de asociación vital para la democracia. Nada más y nada menos. Es a partir de esta base como debemos construir una verdadera democracia representativa, alternativa y responsable. Y si la soberanía se ejerce mediante el sufragio debemos inventar los mecanismos electorales idóneos y eficaces que hagan que la relación entre representados y representantes sea directa y personal y no se adultere por su desviación hacia las oligarquías cerradas y antidemocráticas que gobiernan los Partidos. Estos no son ni pueden ser titulares de la representación de la soberanía delegada. Debemos llegar a un sistema que establezca la diferencia entre votar y elegir. Un sistema electoral que haga que no se vote por partidos, sino que se elijan personas. El llamado «derecho a la representación proporcional de las minorías» consagrado en el artículo 113 de la Constitución debe ser eliminado. Ya está demostrado que es una peligrosa ilusión de ecuanimidad electoral que para aliviar la injusticia aritmética del voto perdedor, obliga al engendro del monstruo del partido leninista que termina adulterando la democracia. El sistema electoral que la representación proporcional de las minorías hace necesario, lleva a la obligada creación de Partidos antidemocráticos, usurpadores de la soberanía popular, no titulares de ella. Y de allí nace el cáncer de la democracia de partidos, de donde nace el clientelismo, la burocracia estéril y parasitaria, los «cogollos» leninistas y los caudillismos corruptores.
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