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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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La dificultad de ser ateo

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Monte Ávila, 1990
Vuelve a sentenciar el Papa polaco: «es más fácil vivir sin Dios». ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso lo ha intentado? En fin: si lo dice Su Santidad. Pero no deja de resultar raro. Por lo general, han intentado vender el producto de la otra manera: dando facilidades. Hablaba el Cristo con sus discípulos acerca del tamaño de las agujas y del difícil ingreso de los ricos al Reino de los Cielos cuando alguno se atrevió a expresar ciertas dudas (San Mateo, 19:26). Para Dios todo es posible, le cerró la boca Jesús. Es un punto que discutieron mucho durante la Edad Media: si en efecto, todo lo puede Dios, ¿puede por ejemplo cambiar lo pasado? No importan las respuestas; lo que cuenta es la seguridad que poseen los creyentes, teniendo a Dios de su parte. Así, qué fácil. Hasta el mundo, nada menos que todo el universo, con estrellas y planetas, y la tierra toda, llena de animales, mares y plantas, fue obra de apenas seis días. Bien es verdad que de duro laborar, pues exigieron su descansito proporcional. Los creyentes tienen el camino expedito para cualquier explicación por inverosímil que parezca: les basta con remitirse a la misteriosa voluntad del Señor. Va a tener razón Voltaire: si Dios no existiera, habría que inventarlo. Entonces ¿qué habrá querido decir el polaco que se sienta en el Solio Romano con eso de que sin Dios todo es más fácil?

¿Será una confesión in pectore de sus dudas? Porque suena a cri du coeur: como si no quisiera revelar lo mucho que le cuesta, lo difícil que se le hace sostener su fe en Dios. No deja de tener algo de razón, si uno se para a considerar esa teratología impuesta en el dogma de un Dios que es a la vez tres dioses, pero sólo uno, pero tres, pero uno. Un auténtico acertijo, la religión como charada. O aquello de la transustanciación: eso de que en cada misa el sacerdote convierta simple pan y simple vino en carne, tejidos, nervios, células, y sangre, con todo y linfocitos, que además no lo son de cualquiera, sino del mismísimo Dios, es cosa verdaderamente difícil de tragar. Pero, en fin, son los pequeños sacrificios de la débil razón por contar, a cambio, con la ayuda omnímoda de tan poderoso Ser.

Si al menos hubieran sido los judíos los que se quejasen, pero que se sepa el Papa no sufre de contaminación semita. Faltaría más. Porque aquéllos sí tienen de qué quejarse y pueden hablar de dificultades: por empeñarse en mantener el pacto con la divinidad, no siempre les ha ido bien. Dios será todo lo poderoso que se desee, pero a la hora de Auschwitz miraba para otro lado. Bien es verdad que también se distrajo lo suyo a la hora de Hiroshima, aunque no se sabe a ciencia cierta si también tiene que ocuparse de los amarillos como dicen que se ocupa de los suyos, blancos y elegidos. No importa: con todo y esas pequeñas y divinas fallas, vivir con Dios al lado sigue siendo marchar por la calle de en medio: todo facilidades. Porque, en definitiva, lo que no obtenga el creyente en esta vida, consuélase pensando que se lo darán en la otra, con creces. Qué bien.

Difícil, dura y corta es la existencia del ateo. Sólo hay el nascer y el perecer, decían aquellos saduceos españoles. Quien así piense, se encuentra de entrada radicalmente solo: sin papacito que lo ampare ni nadie a quien lloriquearle cuando las cosas se pongan duras. Tan difícil es la vida del ateo que, para los mejores, es simplemente absurda: lo mismo podría ser que no ser. Porque el hombre no es una ley matemática, que tiene su razón en sí misma. Si no acepta a un Dios como causa remota, se las tiene que arreglar totalmente solo. Para eso, hace falta un poco más de valor que para refugiarse en la confortable guarida que es Dios para los comodones creyentes.

La relación habría que plantearla al revés: es a Dios a quien le es fácil convivir con el hombre. Porque, sin éste, como notara Camus, sería imposible imaginar un Dios. Lo fácil y lo difícil está aquí abajo: tan es así que de ello depende la existencia misma de Dios.


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