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La ciencia sin dios

Juan Nuño


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
¿Quién es el atrevido que aún duda de la existencia de Dios? Eso estaba bien en época de Roscelino, Abelardo y otros disputadores medievales que se pasaron la vida discutiendo si existe o no existe. La última palabra no la tuvo Kant, sino Voltaire, una vez más: «Si Dios no existiera, habría que inventarlo». Y tanto. De ahí se copió Hitler la frase para aplicársela a los judíos, en un rasgo probablemente involuntario de inteligencia nazi: al fin y al cabo, vienen a ser prácticamente sinónimos, ya que al menos Él que a nosotros nos ha tocado en beatifica suerte nació — et pour cause ! en el Génesis y se alojó por un tiempo en el Hotel Sinaí mientras le vendía unas tablas a un tal Moisés.

Terminadas que fueron las querellas por probar su existencia con este o aquel irrebatible argumento, a la prudente Iglesia, multinacional del producto en cuestión, le tocó enfrentar la torva amenaza de la pujante ciencia occidental. Fue la terrible época de aquellos gritos destemplados de cuanto descreído y ateo atravesaba por las aulas de anatomía. «He hundido mi escalpelo en cientos de cuerpos y no he visto jamás alma alguna» llegó a exclamar, en el colmo de la irreverencia y la provocación, un galeno cualquiera, ensoberbecido por el aura científica. Y cuando el astuto Emperador, dispuesto a restaurar todo cuanto la Revolución había derrocado desde la toma de la Bastilla, le preguntó a Laplace por el puesto que ocupaba Dios en su bien aceitado y predecible universo, no vaciló el sabio en responder desdeñoso a Napoleón que para nada necesitaba de semejante hipótesis.

Cambian los tiempos. Herr Einstein en tesitura semejante se limitó a observar que no podía aceptar que Dios hubiera concebido el mundo cual juego de azar, con lo que, en passant, legitima al Creador desde la cumbre de la relatividad. Y para que no les quedaran dudas a todos esos ateos descarados que aún siguen citando a Feuerbach o a Stendhal, este Papa polaco acaba de poner a la ciencia en su sitio. La existencia de Dios no es para ser probada por los obtusos huelebichos, pues Dios, son sus palabras, sobrepasa con mucho al mundo científico. Así el Papa le pone limites a la ciencia como un Kant cualquiera, vestido con la armadura de Pizarro: por aquí, al laboratorio, a ser pobres en teología; por ese otro lado, a Dios a ser ricos en todo. Dios queda entre brumas, más allá de la ciencia, dirigiendo el escenario como siempre entre bastidores. Y claro, sólo el Papa lo sabe y tiene la clave para comunicarse y asegurarnos que escapa a nuestro pobre entendimiento. Es el viejo truco de la puerta cerrada: tras ella, todo puede existir. El problema no está en que siempre esté cerrada, sino en que, puestos a hurgar, con malévolas dudas racionales, se haga la más inocente pregunta: ¿cuál puerta? ¿Qué significa «existencia»? Porque si decimos que «existen» los números, «existió» Bolívar y «existe» este periódico, también podemos decir que «existe» Dios. Y la bicicleta y el molino de viento y la silla de ruedas y el sistema monetario. A quien piense que es una imperdonable irreverencia, por no decir blasfemia, comparar a Dios con un billete de banco, que recuerde lo que le pasó a aquel pobre maestro cuando enseñaba la numeración de los billetes: hay de diez, de veinte, de cincuenta, dijo sin detenerse, de cien y, aquí le tembló la voz, dicen que de quinientos, mientras elevaba los ojos al techo de la miserable escuela.


Ver La desintegración del imperio soviético
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