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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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El eclipse del marxismo

Ver Psicoanálisis y marxismo
Distintas formas de despedirse

    La desaparición de las ideas antiguas coincide con la desaparición de las antiguas condiciones de existencia.

El comunismo no es una amenaza: es una industria parásita que se nutre de los errores que comete Occidente.

J. Le Carré: The Russian House


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
Más que en cualquier otra doctrina, en el caso del marxismo se impone distinguir entre «ideología» y «filosofía». Por un mínimo de coherencia interna, se entenderá por «ideología» la concepción política resultante de la aplicación de las grandes tesis marxistas a aquellas sociedades revolucionarias que en su día se reclamaron de un ideal socialista/comunista. Mientras que «filosofía» será la expresión libresca del pensamiento clásico que cubre desde Marx-Engels hasta Lenin-Trotski, pasando por Lasalle, Kautsky, Bernstein et alia. Entre sí, las relaciones de ambos conceptos no son coextensivas: dentro de la filosofía marxista, la ideología comunista es un subconjunto perteneciente a la expresión política propia de países y movimientos oficialmente revolucionarios.

Sucede que tanto filosofía como ideología han colapsado, si por colapsar se entiende perder la vigencia tanto teórica como política e histórica que en un momento tuvieran. Sólo que, y de ahí la necesidad de distinguirlas, han colapsado en distintos tiempos y con diferentes consecuencias. Por ello, se manejará otra distinción: «colapso» no significa desaparición, destrucción, sino, si acaso, eclipse, ocultamiento, que, como todos, puede ser momentáneo. Convendría tener presente que, si se atiende a la marcha de las ideas, aquí también podría enunciarse una suerte de ley de conservación de la materia. Y si a ella se agrega la muy conocida leyenda del inevitable retorno de los fantasmas ideológicos, nada garantiza que no puedan reaparecer en cualquier momento del futuro, aun con rasgos notablemente alterados. El aristotelismo sufrió un eclipse de dieciséis siglos hasta resurgir en Occidente, bajo el disfraz de filosofía cristiana en la Sorbona, tras haber representado el papel de doctrina musulmana en la Córdoba de Averroes.

El colapso de la filosofía marxista es antiguo; data de diferentes momentos. La filosofía marxista totalista, convertida en summa metaphysica, que lo mismo explicaba la marcha de la historia (materialismo histórico) que el comportamiento de la naturaleza (materialismo dialéctico: Diamat), quedó desprestigiada casi en el momento mismo de su formulación, realizada más por Engels que por Marx y en todo caso codificada por los editores socialistas, en Berlin, de la MEGA (Marx-Engels Gesamtausgabe), primero, y luego por la Academia de Ciencias de la URSS.

Ni la ciencia de fines de siglo, eminentemente mecanicista, ni la ciencia física de principios del XX, que se estrena con la teoría de la relatividad, permiten hablar de unas supuestas leyes dialécticas. Mucho menos a partir de 1927, cuando las leyes de indeterminación de Heisenberg prueban que hasta el rígido determinismo en que se apoyaba la visión lineal y causalista de la filosofía marxista caía por tierra. Aun hay otro momento más significativo en el temprano eclipse de la filosofía marxista. Es el efecto que produjo el choque con las tesis revolucionarias del Círculo de Viena. El empirismo lógico y su maniquea distribución de las ciencias (que aún subsiste en la partición metodológica entre «ciencias duras» y «blandas») colocó inevitablemente al marxismo en el execrado rango de una metafísica, esto es, una teoría especulativa sin asidero ni en el campo físico-natural ni en el dominio lógico-matemático, sino si acaso en el limbo de las creaciones metafóricas. La puntilla se la asestó la estricta metodología popperiana con su criterio de falsabilidad como recurso ineludible de clasificación y legitimación de las ciencias. Desde entonces, toda disciplina que no suministre sus propias posibilidades de contrastación y posible falsación no será tenida por producto científico digno de respeto. Ahí cayeron a la vez el sicoanálisis y el marxismo, por algo creaciones decimonónicas de remota raíz cabalística, según Arendt.

Con posterioridad, todos los intentos filosóficos por revitalizar al marxismo han pecado de dos graves defectos: o tienen que acudir al recurso del injerto para fundamentar un sistema filosófico digno de la etiqueta de «científico» o se limitan a practicar la inacabable faena heurística de descifrar una y otra vez los mismos textos consagrados. Así, puede sostenerse que, en los últimos cincuenta años, el marxismo o ha practicado la simbiosis (con el existencialismo, con el sicoanálisis, con el estructuralismo) o se ha reducido a la hermenéutica de sí mismo. A eso se lo denomina aquí «colapso».

Pero el mundo parece estar más atento al otro, al colapso ideológico del marxismo. Lo que es comprensible, pues que un sistema filosófico se eclipse, además de apenas notarse, es algo que sólo interesa a media docena de estudiosos del tema. Pero si el colapso se produce en el área de la ideología, que afecta a los hechos políticos cotidianos y a la historia inmediata, hasta el llamado hombre de la calle lo siente y todos se interrogan sobre el fenómeno.

La primera observación a hacer sobre el derrumbe de la ideología marxista es que conviene tener presente que el marxismo se colapsa a través del socialismo real, en la variedad conocida como marxismo-leninismo.

En lo esencial, el leninismo significó, dentro del marxismo, por un lado, la suplementación de la teoría histórica y, por otro, una adaptación política muy determinada. La suplementación tiene que ver con la hipótesis del imperialismo como fase superior y sucesiva del capitalismo. No se trata de un agregado inocente, sino de una transformación profunda de la doctrina original marxista. El marxismo clásico había situado en el capitalismo el término de la evolución irracional e incontrolada de la historia. Tan pronto fuera superado el capitalismo por un socialismo planificado y racional comenzaría a correr la verdadera historia de la humanidad. Con Lenin sucedió lo que con San Agustín y los cristianos. Todavía los primeros predicadores, incluyendo a Pablo, decían que el Reino de Dios lo habrían de ver llegar los hijos de quienes les escuchaban; o cuando menos, los hijos de sus hijos. Luego, dejó de fijarse una fecha tan próxima y ya en Agustín de Hipona surge la teoría de las dos ciudades (civitas dei/civitas diaboli) para justificar que la lucha sea larga y que, por ahora, no hay que esperar el advenimiento del Reino prometido. En nuestros días, los evangélicos y demás sectas que andan anunciando lo de «Cristo viene» pertenecen a la especie primitiva del cristianismo, la que hablaba en términos de una inminente liquidación de la historia. Prueba viviente de que ninguna doctrina muere del todo. Por su parte, Lenin percibió que el capitalismo aún habría de durar un tiempo y de ahí el desarrollo de la hipótesis del imperialismo, como una etapa más de la historia, algo así como el capítulo que se le había olvidado a Marx. Modificación teórica importante que tuvo su traducción práctica, de la que los seguidores de Lenin, de Stalin a Jruschov, supieron aprovecharse.

Haber aceptado que el capitalismo puede continuar en forma de nuevas y más complejas fases de explotación es lo que llevó a intensificar la lucha de clases, ya que eso era índice de que sólo así se podía acelerar la descomposición del sistema enemigo. Pero además y sobre todo, si el capitalismo, en su expresión suprema o imperialista, es cada vez más fuerte y agresivo, menester será oponerle un Estado igualmente fuerte y organizado; otra vez, el dualismo de las dos ciudades o imperios, el bueno y el malo. De ahí, la justificación, en primer lugar, de la existencia misma de la URSS, en oposición a las tesis de la revolución mundial (Trotski), en tanto primer estado socialista aislado del resto del mundo y, en segundo término, la subordinación de los movimientos revolucionarios a la causa soviética, que era la que llevaba el peso en la lucha final contra el imperialismo. Dentro de semejante esquema hay que situar y comprender las relaciones del comunismo soviético con los movimientos revolucionarios mundiales, desde el intento fallido de globalización trotskista hasta la Revolución china y los movimientos de liberación nacional de los países del Tercer Mundo. Todos habrían de organizarse piramidalmente, con la URSS en el vértice, para así mejor enfrentarse al imperialismo, «fase superior del capitalismo». Esa misma organización rígidamente vertical y jerarquizada en la táctica internacional ayuda a entender el segundo y más importante cambio que introdujo el leninismo en el cuerpo de la doctrina marxista: el llamado «centralismo democrático», forma eufemista de designar la organización rígida y vertical de los partidos comunistas. Aun más: hasta Lenin, ni siquiera existía el Partido Comunista en tanto tal, sino un Partido Socialdemócrata, derivado directamente del marxismo. Escindido, como se sabe, en aquellas dos fracciones, la menchevique o minoritaria, y la mayoritaria, bolchevique, se dejó llevar por ésta que preconizó la toma del poder directamente por el Partido y no como efecto de un gran levantamiento popular y, posteriormente, la implantación de la «dictadura del proletariado». Sólo que para llegar a tal estadio lo primero que se hizo fue comenzar por implantar otra dictadura, la del Partido Comunista, y aun más específicamente, la del Comité Central, y ya con Stalin, la del Secretario General. A semejante reducción de los órganos legales del poder y a esa concentración de todo el poder en un vértice superior indiscutido y autoritario es a lo que se dio el nombre de «centralismo democrático», característico del leninismo. Donde puede apreciarse que cualquier intento de reestructuración (perestroika) tiene que ir dirigido de hecho contra las tesis básicas leninistas. Un partido que no sea ni el único ni el organizado piramidalmente ya no será un partido comunista-leninista. Ésta es la variedad que ha entrado en crisis y que está colapsando a ojos vista en los países del llamado socialismo real.

Esta última denominación obliga a otra distinción. Entiéndese por «socialismo real» el existente en países con esquema político leninista en el poder. Esto es, la URSS y los países satélites de Europa Central, China continental, Corea del Norte, Vietnam, Camboya, Laos, Albania, más, en el Continente africano, Etiopía, Angola y Mozambique, y en el americano, Cuba. Se supone que lo de «socialismo real» es término que se opone a otro, que sólo sería «potencial», y aun a un tercero, que seria meramente «ideal», y que estaría representado por la socialdemocracia no-leninista (sistemas de gobierno escandinavos y de Europa meridional, en este momento: 1990). El «socialismo potencial» lo representaron por un tiempo los partidos comunistas de los países no-comunistas, en particular, dos grandes organizaciones, el PC italiano y el francés. Se introduce la distinción para señalar que el colapso del marxismo-leninismo comenzó primero en la periferia, es decir, precisamente en esos representantes del «socialismo potencial», propio de los partidos comunistas exteriores al ámbito de poder geopolítico soviético. En especial, el PC italiano había comenzado a dar muestras de aggiornamento o perestroika avant la lettre; luego siguieron otros, hasta el punto de constituir, en los años setenta, por iniciativa del PC español, el llamado «eurocomunismo», que propugnaba el abandono de la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Por lo que el colapso, dentro del propio leninismo, también debe ser matizado. Porque primero se produce en la periferia (los partidos comunistas de Occidente) y sólo finalmente, alcanza al corazón mismo del sistema. Con variaciones en semejante transformación. La más importante correspondió a la denominada «primavera de Praga»: en 1968, intentaron los checos una transformación del leninismo que fracasó por la intervención del leninismo central eurosoviético bajo la forma de una ocupación militar del país, seguida de la correspondiente represión de los reformistas. Lo que en la actualidad lleva a cabo Gorbachov en la URSS es lo que había comenzado Dubcék en Checoeslovaquia hace veintidós años.

***

Una cosa es comprobar el fenómeno del hundimiento del marxismo-leninismo, situándolo en su contexto histórico-geográfico, y otra, más especulativa, es tratar de indagar qué causas lo provocaron.

Con independencia de las circunstancias azarosas (personalidad de los dirigentes, momento histórico, tensiones internas), habría que comenzar por señalar la razón más profunda: el marxismo-leninismo cometió el error táctico de apostar todo el capital teórico a la carta práctica y material del éxito económico. Es aquello de que el comunismo quedaba reducido a la fórmula simplista de «electricidad más soviets» y se reducía a la elaboración de planes quinquenales rígidos destinados a incrementar la industria pesada, agotándose en ello toda la posibilidad expresiva de una doctrina de pretensiones sociales y humanistas. Es posible que de no haber ocurrido la Segunda Guerra Mundial el colapso hubiera sobrevenido antes; pero no tanto la guerra cuanto sus consecuencias geopolíticas (anexión de regiones y expansión en zonas de influencia) le permitió a la Unión Soviética recibir un segundo aliento para continuar con su plan leninista de industrialización forzada. Conviene recordar que prácticamente toda la industria alemana oriental y la checoeslovaca fueron desmontadas y trasplantadas a la URSS, para no mencionar a los nuevos mercados cautivos de que dispuso durante los años de la llamada guerra fría. Como fuere, ha resultado evidente para fines de los ochenta que el sistema estaba llegando a su agotamiento más completo, a saber: incapacidad de mantener una economía basada en la casi exclusiva producción de maquinaria pesada y militar, pero no de precisión tecnológica, con la consiguiente carencia de artículos de primera necesidad, sobre todo, en el orden agropecuario. Si a ello se agrega el desarrollo de un estado fuertemente militarizado, esto es, dedicado, según los más ortodoxos principios del leninismo, a armarse cada vez más para la esperada confrontación final con el enemigo imperialista, se comprenderá que en la práctica haya terminado por colapsar. Por una muy importante razón de fondo, contenida en la propia doctrina leninista.

El leninismo le había corregido la plana al marxismo original. Según el marxismo clásico, el capitalismo poco menos que se derrumbaría sólo a consecuencia del cúmulo de contradicciones que generaba. De esa manera, un buen socialdemócrata, marxista puro, no tenía sino que ponerse a mirar o, todo lo más, que es lo que hicieron los socialdemócratas alemanes y franceses de principio de siglo, acelerar la caída mediante una profundización de esas contradicciones, que lograban mediante reclamos salariales, huelgas, sindicalismo fuerte. Pero la estrategia leninista iba a ser muy diferente. Puesto que comienza por reconocerle al capitalismo poder para perpetuarse en forma de imperialismo, y le otorga a éste una naturaleza agresiva, expansiva y todavía más organizada, sólo podrá ser derrotado mediante un enfrentamiento directo y total. Ya no se trata de sentarse a esperar a que se derrumbe el enemigo, sino de luchar directamente con él hasta derrotarlo. Tesis famosas y puramente leninistas del Che Guevara y sus ofertas de múltiples Vietnams en todo el mundo.

Ahora bien, la URSS, en tanto avanzada leninista en el planteamiento de una batalla singular y a muerte entre dos sistemas, ha estado rearmándose para el gran y definitivo enfrentamiento durante toda su existencia, en particular, desde 1945, fin de la Segunda Guerra Mundial y momento en que las tesis leninistas se le hicieron más patentes y manifiestas a Stalin, pues el mundo parecía haber quedado efectivamente reducido a dos bloques opuestos: sólo era cuestión de tiempo que se produjera la gran batalla, el Armagedón esperado. Pero el tiempo ha pasado y no sólo la URSS no le ha dado la batalla al imperialismo, sino que cuando lo pudo hacer, no la dio (caso de los cohetes en Cuba, en 1962) y cuando emprendió alguna batalla periférica, de desgaste (casos de Corea y Afganistán) los resultados fueron tan poco satisfactorios como los del imperialismo, por su parte, en Vietnam. Y sobre todo, porque de haber seguido con la línea leninista de enfrentamiento total, tendrían que haber desarrollado una tecnología de la que en definitiva no son capaces por las mismas limitaciones de una política de industrialización limitada y unidimensional. En este sentido, hay que aceptar que la amenaza de la llamada «guerra de las galaxias» contribuyó definitivamente al colapso interno de la línea leninista. En efecto: para poder competir exitosamente en terreno tan avanzado, la URSS hubiera necesitado poseer una industria informática de punta y unos recursos materiales de los que carece. De esa manera, hacia 1984 (fecha simbólica en lenguaje orwelliano) se vio claro (probablemente así lo hicieron quienes ahora en la URSS dirigen la reforma) que durante todo ese tiempo se habían estado preparando, en una suerte de puja creciente, o pulso, para la gran batalla, pero que les era imposible seguir subiendo la apuesta: no iban a estar en condiciones de aceptar el reto de un enfrentamiento tecnológico-bélico en el espacio exterior, que es lo que significaba la tal guerra de las galaxias. Tuvieron que renunciar al enfrentamiento final y, al hacerlo, renunciaron al leninismo, o cuando menos, al objetivo impuesto de alcanzar al enemigo para algún día estar en condiciones de ganar la batalla decisiva.

Lo más curioso de todo es que ese abandono y consiguiente colapso han sobrevenido sin que el enemigo teórico (capitalismo/imperialismo) haya cambiado de naturaleza. No es que los soviéticos reformistas hayan llegado a la conclusión de que ya el enemigo ha dejado de ser tal y que, por lo tanto, no tiene mayor sentido continuar el enfrentamiento, sino que han reconocido que no están en condiciones de oponerse abiertamente con posibilidades de ganar. De ser en efecto así, ello significaría que no ha cambiado la estrategia, o visión a largo plazo, sino tan sólo la táctica momentánea. Hasta nuevo aviso, hay que suponer que la estrategia comunista sigue siendo la misma: triunfar en definitiva sobre el capitalismo; lo que ha cambiado, una vez más, es la forma de lograrlo. Que se acepten para eso técnicas y procedimientos tomados del enemigo mismo, tales como economía de mercado, pluralismo democrático y similares, tampoco debe sorprender tanto, puesto que algunas de tales variaciones tácticas también fueron adoptadas en vida de Lenin, cuando éste se vio obligado a introducir la llamada Nueva Política Económica. Es apenas una aplicación del conocidísimo apotegma táctico leninista de los pasos atrás y adelante: sólo indica el empeño de continuar por el mismo camino, aunque sea al precio de retrasar el ritmo de la marcha. Está por ver si lo que de momento se presenta como un simple cambio táctico no se va a convertir con el paso del tiempo en una transformación más radical y definitiva. Puede ser que, a fuerza de aplazar la liquidación del capitalismo, los países que queden acogidos a un vago socialismo terminen por adaptarse al detestado sistema capitalista, por más que al principio y sólo nominalmente lo nieguen. También la Iglesia cristiana de los primeros tiempos se negaba a aceptar la realidad material de este mundo y los fieles practicaban el celibato mayoritariamente y se dedicaban a vivir en comunidades pobrísimas que todo lo compartían; con el tiempo, la Iglesia aceptó que este mundo demoníaco iba a durar más de lo previsto y llegó a integrarse tan bien en él que el Vaticano se convirtió en uno de los Estados fuertes de la Cristiandad, con ejércitos y bancos a su servicio. Ello no quiere decir, líbreles el Señor de semejante apostasía, que hayan renunciado definitivamente al Reino Celestial, sino que por ahora y mientras llega el anunciado fin de los siglos se arreglan bastante bien con éste de la tierra, por muy pecaminoso y deleznable que sea. El socialismo marxista puede subsistir nominalmente como tal y aun con sus símbolos intactos: la hoz y el martillo, representativos de un proletariado cada vez más lejano y romántico; la efigie sacralizada de Lenin en los muros, en los salones y en los sellos oficiales, pero también en los billetes y probablemente en las tarjetas de crédito que se emitan con el sistema capitalista.

Todo lo cual parece indicar que no habría que entender el colapso marxista como un derrumbe físico o histórico de una envergadura tal que vaya a ser inmediatamente seguido por una restauración de la dinastía de los Romanov o por la cristianización o catolización de todas las Rusias como esperarían los creyentes en las profecías de Fátima.

***

El abandono, más que hundimiento, el momentáneo eclipse de una determinada praxis ideológica, la leninista, pareciera más bien apuntar hacia la revisión a fondo de la teoría sobre la que se construyó dicha praxis. Esto es: con independencia de los fracasos reales de la sociedad soviética (penuria, mala distribución, burocratismo, corrupción), es lícito preguntar si ello no se deberá en el fondo a que la doctrina sobre la que dicha práctica se levantó es una doctrina esencialmente errada y negativa. O lo que equivale: a estas alturas, parece no haber mayor duda acerca del colapso del socialismo real y de sus prácticas políticas y económicas, pero ¿quiere ello decir que también ha fracasado el marxismo en tanto doctrina general y de trasfondo sobre la que apareció y se construyó ese socialismo real?

No necesariamente tiene que ser así. El marxismo como doctrina o filosofía política no es mejor ni peor que muchas otras del siglo XIX, donde surgiera y al que fielmente representa. Trátase de una filosofía racionalista, coherente y predictiva. Quizá en este último punto es en donde se encuentre su talón de Aquiles, ya que, en sus dos grandes predicciones, a saber, la pauperización progresiva e indetenible del proletariado y la descomposición interna del capitalismo arrastrado por la masa de sus insuperables contradicciones, es en donde resulta más evidente su fallo. No en los otros dos aspectos, que son los que le siguen confiriendo el perfil de una filosofía respetable y organizada. Es una doctrina racionalista y coherente, quizá demasiado coherente para el gusto de los metodólogos falsacionistas. Conviene recordar en este punto que se han dado en el terreno de las ideas, filosofías abiertamente irracionalistas, como fascismo y nazismo, fundadas en vagas categorías de sangre, raza y patria. Y tampoco conviene perder de vista que ese capitalismo, que ahora se presenta tan triunfante que Mr. Fukujama se ha permitido hablar de una victoria definitiva y consiguiente «final de la historia», es una doctrina social esencialmente incoherente, con un fuerte componente de irracionalidad, ya que acepta que los motivos que guían a la humanidad son lucro y ganancia, inspirados en el más cerrado egoísmo, ínsito para siempre en el corazón humano. Incoherencia que es una consecuencia de su misma forma de operar, que no es otra que la exaltación de la competencia a través de las famosas leyes del mercado. Si su inspirador teórico más caracterizado, Adam Smith, se permitió hablar de una «mano invisible» que regula en definitiva los procesos económicos, no hay que aportar muchas más pruebas para establecer su incoherencia así como su débil racionalidad.

Para su mejor comprensión, el marxismo en tanto filosofía puede compararse con una doctrina paralela y coetánea suya, como lo fue el positivismo, surgido también en el XIX. El positivismo era una ideología coherente e inteligente que presentaba una cerrada explicación de la historia mediante un esquema lineal ascendente. Sin embargo, que se sepa, desde hace por lo menos medio siglo, si no más, nadie se declara en el mundo «positivista», ni en teoría política ni en metodología científica. ¿Por qué? No ciertamente porque fracasara en la práctica, al modo del actual fracaso marxista con el leninismo (en realidad, el positivismo sólo fue débilmente aplicado en Brasil), sino porque, en tanto filosofía, fue reemplazado por otras de alcance explicativo más potente: funcionalismo, estructuralismo y el propio marxismo. En consecuencia: una filosofía y hasta una ideología colapsan no per se, sino a través de sus aplicaciones y por ceder consiguientemente el paso a otras doctrinas de remplazo. Es el procedimiento que se observa en los modelos científicos: hipótesis y aun teorías completas son abandonadas o limitadas en su poder explicativo cuando no pueden dar cabal cuenta de ciertos fenómenos y cuando otras hipótesis y teorías más potentes lo hacen.

Sólo que el marxismo viene a ser un caso especial por tratarse de una doctrina particularmente comprometida.

Con lo de «comprometida» no se quiere decir que, desde sus inicios, esto es, desde que fue enunciado como filosofía, tuviera pretensiones prácticas, no únicamente teóricas. Es aquello de la undécima Tesis sobre Feuerbach, en la que se pedía dejar de comprender al mundo para pasar a transformarlo. Es el predominio de la acción sobre la reflexión lo que le confiere el carácter de ideología comprometida. Lo que pasa es que semejante declaración de fe practicista no es ni original ni exclusiva del marxismo: es característica del romanticismo alemán, poco o nada racional y harto emotivo. Vuélvase a Goethe, enmendándole la plana al Cuarto Evangelio al decir: Im Anfang war Tat. Y en un claro anticipo de Marx, el mismo Goethe dice en Wilhelm Meister que es menester «pensar para obrar y obrar para pensar». Que tampoco fue una exclusiva del marxismo lo prueba la filosofía pragmatista norteamericana, de James a Dewey.

Sin embargo, el marxismo entendió ese «compromiso» exclusivamente a través de la acción política. En donde, de nuevo, tampoco fue precisamente original: línea viejísima de la filosofía occidental que arranca en Platón, ya que todo el imponente edificio de la filosofía platónica fue construido para justificar la educación de los auténticos gobernantes de la República perfecta que, por supuesto, habrían de ser los filósofos. Como quiera que hasta que los filósofos no sean los amos del poder, Platón no ve solución al viejo problema de una sociedad justa y equilibrada, era necesario prepararlos con los más refinados conocimientos. Prueba de que tampoco Platón se quedó en los textos es que, cuando le fue posible, intentó llevar a la práctica sus ideas mediante un experimento político en la corte de Dión, tirano de Siracusa. Que no le saliera bien el ensayo no debe de extrañar y éste es otro precedente en el que podría apoyarse el marxismo de hoy, cuando menos para derivar algún consuelo: también Platón «colapsó». Pero justamente no colapsa de igual modo la filosofía platónica en la parte correspondiente a su exposición teórica. Ahí están los textos de veinticinco siglos, en los que siguen alimentándose conceptualmente los hombres de pensamiento. Otro consuelo, no magro, para el marxismo: nada se opone a que sus textos también se cosifiquen y se eleven al panteón de las ideas occidentales.

Convendría aquí acudir de nuevo a las distinciones. Porque se tiene la tendencia a pensar que la única forma política de compromiso social que tomó históricamente el marxismo fue la representada por el bolchevismo leninista. No deja de ser un triunfo de la propaganda comunista, que ha logrado dar la impresión de haberse apoderado de la totalidad de la herencia marxista. Y no es así. El marxismo clásico sufrió más de una encarnación, sin que esté por lo mismo descartado que aún pueda experimentar algunas más. La primera y más persistente encarnación del marxismo es la representada por la socialdemocracia, tal y como se entendió a principio de siglo en Europa y aun como se entiende contemporáneamente en el mundo occidental. Hasta hace bien poco todos los símbolos de los partidos socialistas coincidían plenamente con los del PC: banderas rojas, hoz y martillo y aquel lema masónico: «proletarios de todos los países ¡uníos!» Inclusive hasta hace unos quince años el Partido Socialista francés en realidad se llamaba SFIO, es decir, «Sección Francesa de la Internacional Obrera». Y el de España aun sigue llamándose PSOE, «Partido Socialista Obrero Español», aunque cada vez tenga menos de obrero. El recientemente fallecido Pertini pidió ser enterrado en su ley socialista de hombre de principio de siglo: envuelto en una bandera roja con la repetida y conmovedora inscripción que llama a la unión proletaria. Sólo que esa encarnación del marxismo hace tiempo que comenzó a sufrir mutaciones: a la Internacional Socialista, de remoto origen marxista, pertenecen partidos que se reclaman de la socialdemocracia y ya no tienen ni el más mínimo asomo de recuerdo marxista, tales como Acción Democrática, de Venezuela.

Por supuesto que la encarnación más discutida y conocida del marxismo es la bolchevique, pero hay que recordar a la otra, no sólo por haber sido la primera y quizá la más auténticamente marxista, sino porque la ironía de la historia o la astucia de la razón parece querer que sea ésta, la socialdemocrática, la que tenga más probabilidades de subsistir al finalizar el siglo. En cuanto al bolchevismo, ya vimos que su compromiso político asumió la forma de una violenta y minoritaria dictadura en nombre del proletariado, ejercida por un pequeño grupo de presión política, un partido jerárquicamente organizado y rígidamente encuadrado bajo una férrea dirección que, en un tiempo, se complacían en calificar de «monolítica». Es posible que sea ésta una de las razones materiales de su fracaso: excesiva rigidez, falta de flexibilidad operacional. La esclerosis del organismo había sido denunciada hacía tiempo, cobrando diversas denominaciones: nomenklatura, nueva clase, y otras semejantes, que indicaban el endurecimiento de las estructuras de poder y su usufructo en beneficio de los pocos que las detentaban. Lo cual significa que buena parte de las rebeldías a las que se ha asistido en los últimos tiempos (como es evidente en el caso rumano) en realidad estaban dirigidas contra la forma patológica, extrema y dictatorial, casi caricaturesca, que había adoptado el partido comunista en tales casos. Hecho importante por dejar abierta la puerta al reformismo en nombre de la pureza de la doctrina: no sería de extrañar que, al cabo de un tiempo, surjan grupos que se reclamen del verdadero marxismo o del verdadero leninismo para volver a intentar la experiencia política sin las fallas circunstanciales de las desviaciones cometidas. Se parecerán , de ser así, a esos born-again Christians y similares sectas que, en nombre de un regreso a las prístinas fuentes, extienden nuevas formas religiosas. O a los integristas del Islam que en definitiva se reclaman siempre de la más pura de las ortodoxias. En pocas palabras: el colapso del marxismo, tal y como se ha dado, bien pudiera anunciar la aparición de un integrismo marxista radical, aún más exigente y profundo. Como quien dice: se trata de triunfar allí donde los otros fracasaron por no ser auténticos.

***

De vuelta al eclipse. No sólo se produce por la rigidez del sistema minoritario implantado que, con el paso del tiempo, sufre la inevitable degradación de todo fenómeno sometido a la creciente entropía, sino que también es consecuencia del empobrecimiento ideológico del marxismo, incapaz de adaptación ante las realidades nuevas. No hay que olvidar que el marxismo imperante en las sociedades del socialismo real era un marxismo codificado sin variaciones, realizado a partir de unos textos medio filosóficos, medio económicos del siglo pasado. Su equivalente en el campo de la ciencia sería algo así como si se quisiera interpretar el movimiento con textos de Aristóteles: se puede, pero difícilmente se va a ir más allá de una explicación analógica, simplista; sería imposible calcular la trayectoria, no de un cohete intercontinental, sino de una simple pedrada. O como si se quisiera continuar explicando los ciclos periódicos de fecundación y fructificación del mundo vegetal mediante el mito de Perséfone, doncella raptada a los infiernos. Es una «explicación», pero con ella no va a ser posible conocer la composición celular de los granos. La comparación no es tan forzada como pudiera sonar: el marxismo clásico es en buena medida un mito: el mito de la humanidad liberándose de una desgracia, las cadenas de la explotación, y el mito del hombre individual tratando de liberarse de otra desgracia aún mayor, la alienación en que cayó al escindirse en dos realidades, entre sí extrañadas, sujeto y objeto. Tanto lucha de clases como alienación humana son mitos semejantes a los de la llanura del Leteo o la pérdida de la unidad sexual. Comienza por postularse una lucha eterna entre unos y otros (entre poseedores y desposeídos) y por postularse la desgracia (¿por qué desgracia?) de la separación que experimenta el individuo ante sus productos, como si alguna mítica e imaginaria vez nunca hubieran estado separados. Y luego, a partir de tales mitos, se construyen las racionalizaciones encubridoras, esto es, la ideología, que los justifican y adaptan a un lenguaje más al día. O lo que es igual: la filosofía de la historia, la teoría de la plusvalía y las leyes de la dialéctica.

Con semejante bagaje metafísico-mitológico difícilmente se van a construir centrales nucleares, se van a poner en órbita estaciones espaciales y, sobre todo, va a poderse resolver problemas de una economía cada vez más compleja y diversificada. La vieja y triste historia de los avatares de la genética en la URSS de Stalin lo confirma: el colapso del marxismo será muy antiguo, pero el aberrante caso de Zdanov y Lisenko ocurrió hace cuarenta años. Y así como los científicos soviéticos o alemanes (modelo Havemann) tuvieron que olvidarse del marxismo para hacer biología matemática y desarrollar cibernética y microfísica, ahora les ha llegado el turno a los políticos soviéticos y de otros países oficialmente socialistas de llegar a la misma conclusión: para hacer buena economía y manejar con éxito una sociedad plural, étnicamente diversa y agitada por múltiples nacionalismos, necesitan otros instrumentos más finos y no únicamente los viejos mitos marxistas.

***

Se llega al análisis de la composición definitiva del marxismo como filosofía no tanto por denunciar a la ideología leninista que de ahí se derivara (o a la más suave y adaptativa de la socialdemocracia, cada vez menos dispuesta a reconocerse como «marxista»), sino por sospechar que podrá eclipsarse cuanto se quiera el componente ideológico de allí desprendido, pero no por ello tiene necesariamente que colapsar la filosofía original, el núcleo mitológico del marxismo originario. Como filosofía, va a permanecer entre los productos del hombre, tal y como han permanecido otras filosofías no menos míticas, como el agustinismo o el tomismo, entre las creencias cristianas, o el budismo o el mesianismo mosaico, entre otras creencias, monoteístas o no. O como ha permanecido el platonismo en la matemática de todos los tiempos; o el irracionalismo en la sicología contemporánea.

Para concluir con una nota, entre necrológica y esperanzada, que es como suele exigir la retórica de todo funeral: constatar de una u otra manera la desaparición, así sea momentánea, del marxismo es garantizarle a éste su ascensión al cielo de las creencias filosóficas, en donde ha de brillar junto a grandes sistemas metafísicos de la humanidad. Y quién quita: quizá de pronto alguien intente otra reencarnación.


Ver La desintegración del imperio soviético
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