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De un nazismo al otro
Sólo que gracias a los historiadores, a Hollywood, a los politólogos y al sadismo pornográfico, la imagen de un nazi es una mezcla de monstruo vestido de negro chorreando baba mientras tortura a una víctima semidesnuda y triturada, todo ello bajo la cruz gamada. El coco de la época: bueno para asustar niños democráticos. Con el nazismo hay que comenzar por negar. No fue un fenómeno aislado, excepcional, extraordinario que un mal día irrumpió en la culta, industriosa, avanzada y democrática nación alemana. Al contrario: sale del más oscuro y auténtico modo de ser alemán; nutrido en el viejo irracionalismo romántico, a lo Wagner, a lo Nietzsche; formado en las ideas totalitarias de la gran filosofía alemana, a lo Hegel, a lo Fichte, con la prédica ciega de la adoración hacia el todopoderoso Estado; aderezado con la salsa bien germana del antisemitismo más cerril, aquel que se basa en el rechazo a todo lo que no sea eigentlich bei uns. El nazismo pertenece a Alemania tanto como Sigfrido, el Walhalla y Lutero. O tan poco como Goethe, Beethoven y Durero. El nazismo no fue un suceso patológico, la acción violenta e incontrolable de unos cuantos locos desatados que, mediante la técnica del Putsch y el ejercicio del terror, se imponen a todo un pueblo pacífico y amenazan al mundo. Ojalá hubiera sido así. Los nazis eran seres perfectamente normales, sanos, equilibrados, padres de familia, trabajadores, sobre todo, trabajadores y organizados. Verdaderos modelos de burguesía burocrática, tranquila y disciplinada. Eso sí: con una ideología en qué creer y un programa que cumplir. Una anécdota poco conocida revela su seriedad. El 9 de noviembre de 1938 caía abatido en París Ernst von Rath, consejero de la Embajada alemana, asesinado por el judío polaco Grynzpan, desesperado por la deportación a que se vio sometida su familia. Aquel homicidio fue la chispa que desencadenó la famosa Kristalinacht del 10 de noviembre en toda Alemania: quema de sinagogas, ataques a negocios judíos y violencia física contra las personas. Esa orden aislada había partido de Goebbels a las SA, la secciones de asalto de los primeros tiempos del partido nazi. La orden creó un profundo malestar en el partido. Goering, Himmler y el propio Hitler criticaron internamente los hechos y condenaron los excesos. Pues los nazis no propugnaban ninguna violencia vulgar y callejera contra los judíos. Eran gente seria. La espinosa Judenfrage debía resolverse científicamente, no a empellones, latas de gasolina y cristales rotos. Y en efecto: trataron de resolverla definitivamente: Endlösung, es decir, seis científicos millones. Para una primera prueba, no está mal. Sobre todo, el nazismo no quedó limitado a un país y a una época. Basta ya del recuento de los hechos y de las interpretaciones histórico-económicas. Frente al libro clásico de Shirer (The Rise and Fall of the Third Reich), el poco transitado de Arendt (The Origins of Totalitarianism). El nazismo no sólo fue algo del pasado alemán. Forma parte de nosotros y de este siglo. Está ahí, aquí, en todas partes. El nazismo en tanto expresión histórica, es decir, Hitler y el movimiento nazi, fue tan sólo un primer ejercicio de dominación total. Pero no ha sido el único: fue el primero y fracasó. Mas el ser humano es tesonero y cree en el progreso. Ahí está el Gulag, del que podrán decirse muchas cosas, pero no que es un fracaso. La dominación ideológica total ha prendido en el cuerpo social. La civilización puede sentirse orgullosa. A partir de Occidente, pero ahora sin limites mundiales, esta civilización, a fuerza de abstracciones, ha creado la obra maestra: la ideología totalitaria. Se comenzó con la abstracción de un dios, en vez de muchos; se siguió con la abstracción de la naturaleza y se llegó a la despersonalización de las fuerzas y poderes que explican acciones y procesos. Por eso, tras la ideología nazi, hay que buscar la noción biológica de supervivencia del más fuerte y superior. Ello explica que los ejecutantes nazis pudieran ser a la vez implacables y tranquilos, malvados y banales: estaban aplicando una ley biológica, la que exige primar al superior sobre el inferior. Eso fue todo. Detrás de la ideología comunista, la noción histórica de la supervivencia de grupos: la lucha de clases lo explica todo y todo lo justifica. Oponerse a la Judenreinnigung, a la limpieza de sangre mediante la eliminación de judíos, era tan insensato como oponerse a la curación del cáncer. Disentir de las purgas de Stalin o de los hospitales psiquiátricos de Breznev o de la KGB de Andropov es tan absurdo como no estar de acuerdo con la liberación de los esclavos. Aquello fue una necesidad biológica; esto equivale a una obligación histórica. Ambas ideologías pretenden ser científicas, se resguardan en leyes y aspiran a servir a toda la humanidad. Para siempre, para todos los hombres, sin apelación, pues son La verdad y La solución. En eso estamos. Y al que no le guste, ya sabe qué elegir: el holocausto termonuclear, la otra cara de la moneda. La cara tecnológica de una moneda científica que alimenta las grandes ideologías totalitarias del siglo. Pese a todo, hay que reconocer que el nazismo tiene algo de anecdótico, de historia tenebrosa, un poco démodé. Comparado con lo que vino después, Hitler era un pobre tipo, apenas un aficionado de provincias. Recuerda mucho al Jack the Ripper de aquella ingeniosa película de Nicholas Meyer Time after Time («Escape al futuro»), en su didáctico enfrentamiento con el candoroso Wells juvenil, creyente en la utopía y en el socialismo. En aquella habitación de hotel californiano, Jack el Destripador enseña al victoriano Wells, recién llegado de 1893 en su máquina del tiempo, otra máquina, la televisión, plagada de guerras, crímenes, violencias, genocidios, muerte por doquier, y entonces es cuando suelta la gran frase, la que ahora podría decir con toda propiedad Adolf Hitler de estar vivo: «En mi época, yo era un monstruo y ahora me siento un simple amateur». No importa que no maten a Klaus Barbie, alias Klaus Altnann. Con él, por ahora el último de los nazis, montarán otra vez el gran espectáculo encantorio. La buena conciencia de la humanidad se sentirá aliviada una vez más al abrazar como verdades sus propias creencias. De nuevo se demostrará que los nazis fueron unos monstruos, horrendos mutantes indignos de la especie humana, dedicados al estupro, al genocidio y al sadismo; se releerán historias de la casa de los mil horrores, en las que la maldad quedará localizada y concentrada, expuesta ante los atónitos ojos de los inocentes y de los infelices fascinados por la destructora vorágine. Como invasores de un planeta tenebroso y lejano un mal día llegaron para hacer sufrir y exterminar a medio mundo. Fue un monstruoso accidente, una ráfaga de locura divina, la negra noche en que las potencias demoníacas se enseñorearan de la tierra embutidas en sus relucientes uniformes negros tocados de la plateada calavera. Los ángeles terribles. La espada vengadora. El castigo de Dios por los pecados de los hombres. La amarga hora de la expiación. Se cierran los ojos y se olvida; o se abren a rachas para recordar confusa la pesadilla mientras mecánicamente se reza que no vuelva a suceder. Marcado del infamante signo de la cruz gamada, yérguese el Mal ante los hombres, separado y cercano, distante y próximo, decididamente lo Otro, la Negación, el Enemigo. Cuando juzguen a Barbie se evocarán sus sevicias y los campos de exterminio, Drancy y Auschwitz, los vagones de ganado humano, las cámaras de gas y la «solución final». En la sombra, muy atrás, agazapados, en el oscuro rincón de la memoria, sin jamás mencionarlos, quedarán los pogroms, las inquisitoriales piras, los primeros campos de concentración sudafricanos inventados por los ingleses, las múltiples noches de San Bartolomé, el millón largo de armenios masacrados, el tráfico de esclavos, las brujas calcinadas, los niños de Guernica, los indios exterminados, los mencheviques exterminados, los protestantes exterminados, los católicos exterminados, las purgas de Stalin, el ejército de niños en la santa cruzada, otros nazis, los mismos nazis, la bestia demasiado humana. Klaus Barbie hoy, Adolf Eichmann ayer pueden llenar su pecho de civilizado orgullo: representan a cabalidad toda una forma de ser y de vivir, una tradición histórica secular. Que ciertamente, ni lo quiera Dios, no termina con ellos. Hacia adelante surgen otros hitos no menos gloriosos: My Lai, los boat people, los Rosenberg electrocutados, Sabra, Chatila y Tal-al-Zahar, el «septiembre negro», el inmenso Gulag, los desaparecidos, las madres de Mayo, el éxodo de Mariel, el apartheid, Camboya, Indonesia, Etas y otras Iras, brigadas rojas, negras, de todos los colores, Vietnam y las bombas de fragmentación y el napalm y los defóliantes, Idi Amin, Pol Pot, Bokassa. Donde elegir mientras lleguen los legítimos e inevitables sucesores. Barbie era un infeliz, un funcionario más, apenas un modesto burócrata, incipiente aprendiz de brujo, un ínfimo tornillo escondido en la selva boliviana. Van a hacerle de pronto el inmenso honor de ponerle bajo los focos, de concentrar en él toda la luz, de convertirlo en símbolo del Mal. Una vez más, objetivo cumplido: al fondo, en las resplandecientes tinieblas que nadie quiere ver, la gran máquina de esta civilización sin la cual ni Barbie ni Hitler ni Stalin ni Pinochet ni Castro ni Franco ni iglesias ni partidos únicos ni dogmas ni ideologías ni líneas doctrinarias funcionan y se comprenden. Mejor, no se intenta comprender y se les deja sólo funcionar, hormigas incansables de una civilización de persecución, intolerancia y muerte, humanísima. Cristianísima. Judeocristianísima. Mahometanísima. Monoteísta y excluyente. Por algo el hombre cayó del Paraíso al abyecto estado del pecado en el que nace y vive, y Dios, todo magnanimidad, desde lo alto, cuida de redimirlo, una y otra vez, por el fuego, el sufrimiento y la muerte. Cuando Simon de Montfort, una luminosa mañana del verano de 1209, duque de Montfort, pero en realidad funcionario de la represión de entonces y de siempre, un Klaus Barbie de la época, dio a sus tropas la fría orden de entrar a sangre y fuego en la ciudad de Béziers y pasar a cuchillo a todos sus siete mil moradores, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, sin exclusión, todos ellos cátaros, albigenses, herejes, enemigos, alguien, un alma cándida, que nunca faltan, le hizo observar que con tan drástica medida se exponía a llevarse por delante a más de un inocente. La tranquilizadora respuesta de Amairie, obispo catalán, retrata a todos los Barbies, a todos los humildes burócratas del mal, a todos los dulces creyentes en cualquier verdad, revelada o dialéctica: «El Señor, allá arriba, en su infinita sabiduría, sabrá separar inocentes de culpables». Amén.
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