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La paz, negocio redondo

Juan Nuño


La veneración de las astucias.
Ensayos polémicos,

Caracas:
Monte Ávila, 1990.
¿Por qué no habría de estar el mundo en paz si reporta más ganancias que la guerra? Otra excelente muestra de los muchos desaciertos marxistas. Aquello de que la insaciable avidez del capitalismo le llevaba, en una ciega y lógica necesidad de ganancias, a hacer guerras periódicas para de ese modo evitar sus coyunturales crisis es una mentira pasada de moda. Si alguna vez fue de verdad (quizá en la Primera Guerra Mundial: 1914-18), pronto se abandonó por un método mejor, pues es característica de ese capitalismo, villano de la historia (al que acaban de reingresar chinos y rusos), tener un fabuloso poder de acomodación a tiempos y condiciones. En definitiva, ¿a qué asombrarse del fracaso de otra profecía mesiánica? El infeliz marxismo ha dado tales tumbos que sería impío seguir hurgando en la herida. Baste con recordar aquel gran acierto predictivo de Herr Engels: «Después de la guerra franco-prusiana, en que se usó el fusil de carga posterior, las armas han llegado a tal punto de perfección que ya no es posible un nuevo progreso de importancia radical en ese campo». Ojalá hubiera sido verdad.

Y no fue verdad porque no pudo haberlo sido. Lo propio del ser humano es no cejar en su afán por explotar los recursos de su cerebro, tan específicamente evolucionado. No la ametralladora Thompson o Vicking ni el cañón Bertha de largo alcance, sino las armas nucleares y los cohetes intercontinentales eran tan inevitables como la misma aviación. Tan pronto el hombre se adentra en el conocimiento del mundo sub-atómico de la materia, tiene que llegar a la utilización de la energía nuclear. Y el primer empleo de lo que descubre le ha servido siempre para destruir. Porque está en nuestra condición el ser agresivos, y, si no lo fuéramos, aún seguiríamos, probablemente felices (esto es, animales imbéciles), subidos a los árboles comiendo frutas y masticando hojitas. Todo lo demás son cuentos de santurrones o de embaucadores bajo el tonto pretexto del pacifismo.

Más de una paz

Además: ¿de qué paz se está hablando? ¿De la paz nuclear o de la paz circunstancial en este o en aquel punto del globo? ¿De la paz impuesta, como resultado de una conquista o anexión, o de la paz convenida a consecuencia de un entendimiento razonable? Porque también «paz» es término polisémico y convendría ponerse de acuerdo en alguno de sus varios significados si no se quiere caer en otra discusión babélica. La Paz, con mayúscula, la que hace alusión al no empleo (por ahora) de los ingenios nucleares tiene un precio que no se deja de pagar cada día. En primer lugar, esa Gran Paz se descompone en dos, bien precisas y opresivas: pax americana y pax sovietica con todo lo que en cada caso significan. Va a hacer ya dos mil años que Tácito dijera aquello tan lapidario: «Hicieron un gran desierto y lo llamaron paz». La variante actual no es mucho mejor: «Hicieron un gran reparto y lo llamaron paz». El hecho es que nadie escapa a sus consecuencias: o se está bajo el techo nuclear soviético o se vive cobijado por el alero no menos nuclear de las armas estadounidenses. Las pequeñas potencias (¿qué quiere decir, aparte del mal chiste, lo de «pequeñas» y «potencias»?) que juegan a su ínfimo arsenal nuclear dan más risa que lástima. Lo único que cuenta son los impresionantes recursos nucleares de los dos apabullantes Imperios. La proporción es simplemente de 100 a 1. Ni Francia ni Inglaterra ni China tienen potencia nuclear para resistir ni diez minutos a las gigantescas sombrillas atómicas de los dos dinosaurios. Sin embargo, siguen armándose hasta los dientes. Ahí está el secreto: en que armarse es hoy día (también) el gran negocio.

La paz armada

Negocio doble: en el plano nuclear, que deja millones, pues siempre hay subpotencias (por llamarlas de alguna manera: India, Israel, Argentina...) dispuestas a comprar tecnología y recursos a precios del mejor espía, y negocio también en el plano convencional, que es el que deja miles de millones. Según estimados franceses (y saben de qué hablan pues son uno de los mayores vendedores de armas), la cifra actual de venta de armas en todo el mundo ronda los 50 mil millones de dólares al año. Para percatarse de la importancia de esa cifra, piénsese en el déficit de los Estados Unidos, que es de unos 170 mil millones; lo que quiere decir que quedaría enjugado en unos tres años sólo con lo que dejan las ventas de armas. O visto de otro modo: con lo que se vende en armas habría para pagar casi dos veces la deuda externa venezolana. Aun es más ilustrativo fijarse en datos sueltos. Las armas que recientemente los Estados Unidos le han vendido a Irán (las del escándalo que amenaza a Reagan) ascienden a unos 10 6 12 millones de dólares; se entiende que ése fue su costo original, pero lo que los iraníes tuvieron que pagar por ellas han sido 60 millones, es decir, de cinco a seis veces más. Como margen de ganancia, un 600% no está nada mal.

Más de un espíritu ingenuo (dejadlos, que de ellos será el Reino de los Cielos) pensará que tal es lo propio del mundo capitalista, implacable y cruel. Que vaya despertando de su sueño dogmático, pues en este negocio de las armas, sin el cual no habría paz, todos están metidos hasta el cuello: Unión Soviética, China, Vietnam y aun nuestro vecino Brasil, uno de los más voraces. Los rusos son de los que más venden, pues sus armas tienen la reputación de ser eficaces y baratas. Un cohete antiaéreo manual, un SAM-7, lo venden a la mitad de precio de su equivalente occidental (italiano o francés). O han aprendido rápidamente las leyes más implacables del mercado o tienen mano de obra mucho más barata y menos exigente. De la moral del negocio bastará un par de datos. Los chinos le vendieron hace poco a Irak mil quinientos millones de dólares en armas, lo que no les ha impedido firmar este mismo año un contrato con Irán por mil seiscientos millones: mayor sentido de la justicia distributiva, imposible. Venden por igual a ambas partes, con lo cual, además de ganar por partida doble, aseguran la continuidad de esa guerrita, es decir, la del próspero mercado de armas.

Brasil, por su parte, es el mayor productor de armas tercermundista, en la doble acepción: no solo porque pertenezca, sino porque principalmente le vende a miserables países del Tercer Mundo. Con una particularidad sobre todos los otros vendedores. Todos son lo suficientemente hipócritas como para agregar en sus contratos de venta una cláusula que prohibe el traspaso a terceros, en especial si, como púdicamente se escribe, se tratase de alguna «unfriendly power». Brasil no exige nada. Vende incondicionalmente a todo el que quiere comprarle y pague en dólares. Como ha declarado recientemente uno de sus ministros, de nombre evocadoramente bíblico, Paulo Tarso: «Nosotros no tenemos ningún problema de conciencia. Sólo atendemos a nuestro propio beneficio».

Por vender, se vende de todo. Quien quiera enterarse de estos y otros datos no menos deliciosos, que lea la prestigiosa y enterada revista inglesa Janes Defense Weekly. Allí encontrará, por ejemplo, que siempre a través del mercado cada vez más activo y floreciente, Irak ha vendido los tanques y armas capturados al enemigo en el campo de batalla. Y quien los ha comprado, en su inaplacable sed de armas, ha sido el propio enemigo, es decir, Irán. De modo que un mismo tanque es vendido dos veces (o muchas más) a un mismo país: una, antes de entrar en batalla, y otra, después, si ha tenido la suerte de no ser dañado y de ser revendido en el mercado por el enemigo al que se le destinó en combate. Público cautivo, mercado cerrado, beneficios totales ad infinitum. ¿A quién no le va a convenir que, en semejantes condiciones, siga adelante la paz, esta lucrativa paz?

La paz como anestesia

De nuevo aquel mismo espíritu ingenuo, doblado ahora de egoísta, podrá argumentar que eso a él le tiene sin cuidado mientras se logre evitar, a cualquier precio, el otro gran conflicto, el terrible y probablemente finalísimo holocausto nuclear.

Dejando lo del egoísmo a un lado, sería la más necia y miope de las visiones. ¿Quién le asegura que mañana no sea su propio país el que se vea envuelto en el apetitoso negocio de un conflicto convencional localizado, con tal de seguir alimentando el fabuloso ritmo de la venta de armas? Quien lo vea así, que piense sólo en Centroamérica, región nada alejada de Venezuela, y sepa que los conflictos tienden a generalizarse. Y si no lo cree, que le pregunte a camboyanos o laosianos, vecinos de los vietnamitas. O a los soldaditos cubanos, obligados a morir en Angola o en Etiopía, que, como todo el mundo sabe, son países limítrofes de Cuba.

De tal modo que desde aproximadamente cuarenta años vivimos en una supuesta paz que alimenta el más gigantesco negocio de armas que jamás haya existida Y todo gracias al cómodo recurso de dejar que se encienda hoy una guerrita aquí y mañana en otro lado del planeta. Es la mejor prueba de cuánta razón tenía uno de los grandes filósofos del siglo, Alfred North Whitehead, el coautor con Russell de Principia Mathematica, cuando advirtiera que «el afán deliberado por la paz fácilmente se convierte en su bastardo substituto, la anestesia».

Así es como está el mundo, en esta supuesta paz, desde 1945: anestesiado con palabras tales como «Año Internacional de la Paz», «Manifiesto de la Paz» y otras bobadas semejantes. La anestesia cumple su doble objetivo: mantiene dormidas las conciencias de unos y les permite a otros operar en el negocio sin fin de las armas. Como siempre. Y cuando encuentren la manera de emplear armas nucleares de forma limitada, sin reventar del todo al mundo (pues terminaría el negocito), sino apenas a una porción de éste, no se privarán de hacerlo porque ese día el negocio dará un gran salto hacia adelante: se comenzará a dar salida a los gigantescos stocks inusados (por el momento nada más) de las armas más caras y complicadas que ha construido el bicho humano, malgré el pobre Engels y su ridículo fusil de carga posterior.

La mejor definición de «paz» sigue siendo la de Ambrose Bierce, el «gringo viejo» de Carlos Fuentes, en su insuperable Diccionario del Diablo: «En los asuntos internacionales, periodo de engaño entre dos períodos de lucha».


Juan Nuño en La BitBlioteca

Coedición con
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