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Psicoanálisis y marxismo
En efecto, el psicoanálisis puede explicar todo: lo mismo por qué se hace un gesto que por qué deja de hacerse. Por qué una persona es tímida unas veces y agresiva, otras; por qué se hace el amor en vez de hacer la guerra, o por qué se pelea en vez de hacer el amor. Todo: nada escapa a su capacidad explicativa ni siquiera la negativa a aceptar esa tremenda capacidad. Negarse al psicoanálisis y a sus explicaciones totales también será explicado como síntoma de resistencia, esto es, como señal de grave neurosis. De modo que si se acepta la verdad del psicoanálisis, todo se ve a la luz de las explicaciones freudianas (o adlerianas o junguianas o lacanianas). Y si no se acepta, por el mismo hecho de no aceptarlo, también se está confirmando la inamovible verdad del psicoanálisis. Lo mismo sucede con el marxismo: explica igualmente el éxito o el fracaso de una huelga; el aumento de la delincuencia o su momentánea disminución; el plan Marshall de recuperación europea o la crisis financiera de 1929; el stalinismo y sus crímenes o su denuncia por Jruschov. Nada escapa a su fabuloso poder explicativo. Como señala Popper, «un marxista no puede abrir un periódico sin descubrir en cada página una prueba de su interpretación de la historia». Kurt Tuchoisky, aquel cabaretero berlinés de los años veinte, aun lo decía mejor: «La tarea del marxismo es mostrar cómo todo debe suceder necesariamente así, y si tal no sucede, mostrar por qué no podía suceder así». Eso es lo malo con las teorías que lo explican todo: que lo mismo explican una cosa que su contrario; explican igualmente A y No-A, lo positivo y lo negativo, una afirmación y su negación. Lo de menos no es la contradicción que ello entraña sino la inanidad creada: a fuerza de explicar todo, nada se explica. Para que una teoría sea científica sólo tiene que explicar algo determinado y aislado, no una totalidad; explicar la totalidad es incluir en la explicación la propia negación de esa explicación, esto es, anular la explicación, dejar a la postre sin explicación alguna. No hay refutaciones Tampoco el psicoanálisis y el marxismo ofrecen el asidero contrastable y crítico de su posible refutación; no son doctrinas que puedan ser sometidas a prueba, que puedan ser verificadas, corroboradas o refutadas mediante alguna contrastación con los hechos, con la realidad. Un psicoanalista diagnostica que alguien intentó suicidarse porque su impulso tanático (destructivo), unido a un sentimiento de culpabilidad residual de un Edipo no sublimado, le llevó a semejante acto desesperado; el sujeto es tratado en el diván, oficialmente curado y vuelve a suicidarse, esta vez con pleno éxito. El mismo psicoanalista volverá a explicarlo por su rechazo o por la pulsión del Superego que ejercía de censor de la curación. Jamás aceptará que su teoría ha sido refutada o pueda serio. No existen ni refutaciones ni fracasos en el psicoanálisis ni en el marxismo: son teorías impenetrables. De ahí su poder de persistencia; mientras los hombres crean en ellas, serán teorías vigentes. También se sigue creyendo en la astrología como en la época de Babilonia. Para creer en los dogmas cristianos no hace falta vivir en el mundo actual. Para aceptar el marxismo o el psicoanálisis, igual da tener la mentalidad del obrero de Manchester de 1870, de la burguesa de Viena de 1905 ó del hombre de fines del siglo XX. Basta con aceptar, como artículo de fe, los postulados de esas doctrinas y al instante se abrirán los ojos y se entenderá todo con deslumbrante claridad. Llave para una puerta cerrada Porque ambas son doctrinas que proporcionan una clave, la llave para abrir una puerta hasta entonces cerrada. La clave de los sueños o la clave de la historia. Esa clave puede ser la libido o la lucha de clases, la sexualidad reprimida o las leyes de la dialéctica. Da lo mismo. Lo importante es no aceptar el mundo corno un conjunto de hechos, sino como un tejido de signos a ser descifrados. El psicoanálisis ofrece una interpretación total de esos signos; el marxismo también. La realidad, para ambas doctrinas, se reduce a un lenguaje secreto; la ciencia (si por «ciencia» se entiende las teorías omniexplicativas e irrefutables) pasa a ser una misteriosa lectura. Marx y Freud, cada uno en su clave, proponen otra «lectura» del mundo; no lo inmediatamente dado sino lo escondida lo que necesita de una especial revelación. De una clave. Por algo, Hannah Arendt ha visto en Marx al último de los cabalistas judíos, alguien que descifra un libro de extraños caracteres. Lo mismo puede decirse de Freud. Sólo que creer que el mundo o el hombre encierran un arcano es rasgo de mentalidades primitivas, de pensamiento mágico. Otro rasgo en común de ambas doctrinas es su fragmentación inmediata y permanente en sectas enfrentadas, así como los sucesivos intentos por recuperar la prístina pureza de la doctrina primigenia (Althusser, Lacan y sus respectivas «lecturas» de cada doctrina). De momento, el psicoanálisis Por supuesto que son rivales: en la medida en que cada doctrina pretende explicarlo todo, tiene que excluir cualquier intento de explicación no menos totalitaria. Eso marca una separación de fondo: cada doctrina aspira a ser la única explicación posible; cada doctrina explica a la otra, fagocitándola en su inmenso poder explicativa También disfrutan de otra momentánea rivalidad, de naturaleza táctica. Por ahora, es el psicoanálisis quien ha logrado aliarse con la gran religión de Occidente, el judeo-cristianismo. No es que la mezcla marxismocristianismo sea imposible, sino que llevará más tiempo. A los creyentes en los dogmas judeocristianos, el psicoanálisis les ha venido de perlas. Con el disfraz de una doctrina «científica», siguen hablando un lenguaje espiritualista que privilegia al ser humano sobre el resto del mundo. El darwinismo así como el desarrollo de la biología y la cibernética ponen en peligro el gran tabú judeocristiano, según el cual el hombre no es un animal sino el rey de la divina creación. Ese tabú queda a salvo con la teoría psicoanalítica: el hombre no se reduce a condicionamientos y neuronas, sino que sigue siendo algo aparte, dotado de inconsciente, nombre contemporáneo del espíritu. También el marxismo, con su afán humanista por buscar la desalienación del hombre, se presenta como refuerzo a la mitología cristiana; cuando llegue el momento, cuando convenga, se acudirá al matrimonio cristanismo-marxismo, no tan escandaloso como aquel otro del cielo y el infierno, cantado por Blake. De momento, son los psicoanalistas los favorecidos con las miradas tiernas de las distintas iglesias: aseguran, a la vez, misterio y espiritualidad. Con su larga astucia y la innegable ayuda de Dios, las religiones positivas triunfan sobre el odiado racionalismo crítico. No importa que el precio a pagar pase por un diván, hoy, por tres leyes dialécticas, mañana: tres es un número familiar a los creyentes corazones.
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