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¿Democracia o demagogia? El Nacional del jueves 11 de marzo de 1999 La Constituyente ha dado lugar a una nueva industria: la discusión intelectual sobre los principios que deberían regir una nueva Constitución para Venezuela. Es una industria incipiente, que promete prosperar como monte en los meses venideros. En pugna están conceptos fundamentalmente diferentes de la democracia y cada uno reclama primacía como fórmula superior para la sociedad del futuro. Quienes creen que el debate gira alrededor de asuntos esencialmente menores como, por ejemplo, el porcentaje mínimo del situado, la organización de la Corte Suprema o el número de cámaras en el Parlamento, pueden caer por inocentes mal armados cuando la batalla se desarrolla en terrenos extraños, contra tropas preparadas para otro tipo de encuentro. El debate sobre el texto del decreto número 3 presagia lo que viene, así como algunos planteamientos presentados por nuevos actores en el escenario político, quienes alaban la soberanía del pueblo pero no quieren que ese pueblo tenga la opción de limitar la Constituyente a la mera redacción de una nueva carta magna. Un caso aleccionador y desconcertante es el artículo «Democracia directa» del senador William Izarra publicado recientemente en este diario. El senador Izarra, llevado a su curul sobre la ola variopinta del Polo Patriótico, propone reemplazar el «colapsado sistema de democracia representativa» por una democracia directa, basada en los principios del bien común, la comunidad organizada y la democracia directa. (Mis profesores jesuitas siempre enseñaron que una definición no debería incluir los términos del concepto que define, pero aparentemente el senador recibió su educación en otra escuela). En la Comisión Bicameral para la Reforma de la Constitución, se había propuesto la inserción de la palabra «participativa» como atributo adicional de la democracia venezolana, pero nunca se consideró la eliminación de su carácter representativo. Ahora bien, Izarra pareciera estar proponiendo precisamente eso, la democracia directa, y hasta revolucionaria, que acabaría con la democracia representativa tradicional. El problema es que el sistema de democracia directa izarriana engaña con un lenguaje diseñado para desorientar la discusión. Comunicado mediante discursos altisonantes, podrá entusiasmar al ciudadano común, cuyo descontento conduce a la aceptación de cualquier fórmula que condene lo existente y plantee sustitutos, aunque sean inferiores o falsos. Fíjense bien en la naturaleza de la propuesta, porque la democracia directa es una falsedad del tamaño de la popularidad actual del Presidente. Según Izarra, en la democracia representativa, el ciudadano participa sólo cuando expresa sus preferencias cada cinco años al acudir a las urnas. (¿No habrá oído de los múltiples mecanismos de participación, en formas tan variadas como las asociaciones de padres y representantes, los partidos políticos, los programas interactivos de radio y televisión, las columnas en los periódicos y hasta las protestas callejeras?). En la democracia directa de Izarra, en cambio, el Gobierno nacional actúa «en base a las decisiones adoptadas por ese colectivo». El Gobierno es intermediario entre el Estado y la sociedad. El Gobierno suministra recursos a la comunidad organizada, lo que elimina la corrupción debido a la desaparición de las «alcabalas» en las instituciones del Estado. Todo funciona de maravilla en favor del bien común, por procesos aparentemente espontáneos que generan canales «para que el hombre pueda ser próspero y rico en todos los aspectos de la vida». Detrás de este razonamiento mágico se encuentra la temática repetida por los teóricos de la revolución de nuestros días, según la cual es posible acabar con las instituciones políticas intermedias de la colectividad, instituir vínculos directos entre gobernante y pueblo y encontrar de nuevo la organicidad perdida. En el fondo yace un programa autoritario que descansa en las cualidades superiores de un liderazgo que responde instintivamente a las aspiraciones del pueblo, sin que haya necesidad de control. ¿Por qué Izarra no admite que todo líder escogido por elecciones democráticas no es sino el representante temporal de la mayoría del momento? ¿Por qué no reconoce que la existencia de «Gobierno» implica sin lugar a dudas que haya representantes y representados? ¿Por qué no acepta que toda democracia funcional implica la existencia de minorías disidentes pero leales a los acuerdos básicos para la toma de decisiones colectivas? ¿Por qué no quiere ver que del bien común surgirán conceptos encontrados y jamás habrá una gran armonía, sino un pacto mutuo para aceptar unas reglas de juego para resolver los conflictos naturales? La democracia directa es un juego de palabras en que resuenan los aires del Führer y del Volk, con tonos de Ceresole y del mundo feliz.
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