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Cese de hostilidades El Nacional del jueves 8 de febrero de 2001 ¿Es posible proclamarse agnóstico sobre el balance de los dos últimos años de la historia de Venezuela? ¿Es admisible reconocer que uno no sabe dónde va a terminar todo esto? Tanto para el Gobierno como para la oposición la respuesta a estas dos preguntas es, definitivamente, «no». Cada cual se aferra a sus convicciones en cuanto al estado actual del país y sus consecuencias: por un lado, avanzamos irremediablemente hacia el progreso y la justicia barriendo el lastre de la IV República; por el otro, vamos directamente al infierno. No hay matices. Sin embargo, la situación merece ser vista como es: sumamente ambigua y difícil de descifrar. La gente rehuye la indefinición, y se reconforta en sus creencias, a costa de prolongar una guerra costosa de descalificaciones mutuas. Dos años de gobierno no es nada, especialmente si consideramos que este solo empezó a gobernar en serio hace menos de 12 meses. Entre la Constituyente (deseada por todos los bandos) y la inescapable tragedia de Vargas hubo poca atención a la tarea cotidiana de administrar. Por eso es atrevido quejarse de la ineficiencia del Gobierno en lograr una inversión eficaz, parar la delincuencia o erradicar la pobreza. Haber redactado una nueva Constitución, detenido la caída de los ingresos reales y sobrevivido más o menos ileso de las peores condiciones del mercado petrolero imaginables son méritos, aunque no son milagros. Basándose en evidencias puntuales e inconclusas, los chavistas y antichavistas leen sus futuros particulares. Habiendo aplastado a sus competidores con la facilidad de un samurai en unas de esas películas malas del sábado por la tarde, el chavismo se convence de su superioridad y bondad natural, avanzando «a paso de vencedores». Pero habría que producir obras, y nadie sabe si tendrán la capacidad para hacerlo. Los opositores, por su parte, se obsesionan con señales no necesariamente contundentes un chiste soez, un gesto torpe, un símbolo cursi, un nombramiento equivocado sin considerar la posibilidad de aprendizaje de parte del otro. Suponen la estupidez de sus contrincantes, como si la oposición fuera especialmente brillante al señalar que el precio del petróleo puede caer o que la criminalidad genera malestar. En realidad, las hojas de té del régimen sugieren lecturas diversas que no admiten predicciones seguras, sino distintos escenarios contingentes. En lo económico, luchan tendencias opuestas entre la debilidad fiscal estructural y un Gobierno que intenta detener la evasión impositiva y el caos en las aduanas. Estamos en una posición envidiable en cuanto a la deuda externa y las reservas internacionales, pero con un elevado riesgo-país. Tenemos un Presidente popular, pero con su arrogancia estimula odios en grupos influyentes y recelos entre nuestros vecinos. Hay libertad de expresión, pero las expresiones son agrias y agresivas. Cae el desempleo pero crece la informalidad. Baja la inflación pero se sobrevalúa la moneda. Avanzan algunos planes educativos buenos, como las escuelas bolivarianas, pero al sector se le inyecta veneno con iniciativas cuestionadas. Se da la bienvenida a la inversión pero al mismo tiempo se le ahuyenta con señales contradictorias. Entre todos los hechos visibles no hay tendencias claras para hacer un balance sin titubeos. Varias cosas sí son seguras, sin embargo. Los actores no quedarán inermes frente a sus dificultades y surgirán nuevas personalidades cuyo peso se añadirá a cada lado de la báscula. Ya la pantalla de televisión está llena de nuevas caras que hasta hace poco desconocíamos. Chávez mismo se ha mostrado capaz de desechar a quienes no cumplan y a afinar sus tácticas cuando la situación lo exige. Todavía no sabemos cómo se comportará cuando esté contra la pared todo presidente se encuentra allí en algún momento, pero sí sabemos que tiene guáramo y audacia, a veces rayando en atrevimiento extremo. También ocurrirán eventos inesperados que cambiarán el rumbo de los acontecimientos, con resultados impredecibles, tanto en el país como en el exterior. La ambigüedad de la coyuntura permite múltiples salidas consistentes con nuestro presente. Si algo enseña la historia del país, es que el camino hacia el infierno se escoge cuando el gobierno se cierra ante la crítica y cuando la oposición piensa que su única alternativa es tumbarlo. ¿Qué tal una tregua?
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