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Incidente en el Banco Central

Janet Kelly
jkelly@newton.iesa.edu.ve

El Nacional del jueves 8 de abril de 1999

En un extraño episodio reciente, el país fue testigo de una movida de mata abortada en el Banco Central. Se ha especulado desde los primeros días de la presidencia de Hugo Chávez acerca de quiénes serían los diseñadores de la estrategia económica y financiera definitiva del nuevo Gobierno. Con una ministro de Hacienda sobreviviente del gobierno anterior, cuya ratificación coincidió con el anuncio de su pronto regreso a Washington, y un presidente del Banco Central cuyos días en el cargo parecieran contados, hay una sensación de que Chávez todavía no ha redondeado su orientación macroeconómica. Para crear confianza, es urgente confirmar las intenciones del Gobierno con designaciones idóneas y procesos intachables. Todavía estamos esperando.

Algunos de los aspectos que se revelaron en el incidente del "no nombramiento" de Francisco Faraco como presidente del BCV son interesantes y hasta pedagógicos para el entendimiento de las funciones de un banco central y de las relaciones que deben existir entre éste y el gobierno. El método de selección ciertamente adoleció de fallas. Pareciera que, entre los economistas "ministeriables", es decir, quienes salen en la televisión (¿serán los canales de televisión, al final, quienes determinan la preselección?), y que no han hecho declaraciones suicidas contra el chavismo, se va auscultando su orientación en conversaciones con el Presidente y su gente de confianza. Si lucen compatibles con el régimen (neoliberales favor abstenerse), reconocen la validez de las prioridades sociales (no le cuesta a nadie y París bien vale una misa), evitan la arrogancia (nada de exigencias personalistas) y carecen de enemigos significativos (la parte difícil), pueden pasar al grupo privilegiado de elegibles.

Hay algo en el proceso que luce equivocado. Cuando se escogen los presidentes de la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de la República de Argentina, se expresan opiniones libremente en la prensa con respecto a los méritos de candidatos posibles, sus calificaciones profesionales y sus aciertos o desaciertos en situaciones anteriores. (La mayor parte de nuestros elegibles, lamentablemente, no tiene mucha experiencia, aunque Faraco se mide bien en este renglón). Si bien los europeos pelean sobre la nacionalidad de los candidatos, hay consenso en cuanto a quiénes son los idóneos en términos de capacidad e independencia de criterio. Aquí pareciera que la independencia es lo que menos se busca, no obstante declaraciones repetidas acerca de la primacía de la autonomía del banco.

A pesar de lo que frecuentemente se cree, el directorio del Banco Central no dirige la política económica del Gobierno; su rol es manejar el sistema monetario y cambiario para crear estabilidad en los precios, en el sistema de pagos y en las cuentas externas. Algunos bancos centrales, incluyendo el venezolano, tienen objetivos más amplios —asegurar el crecimiento de la economía o el empleo— pero se va consolidando la opinión de que la estabilidad monetaria es lo que asegura estos otros fines. Para todos los bancos centrales, una política fiscal deficitaria llevada a cabo por el gobierno dificulta su tarea: déficit excesivos o prolongados crean presiones sobre las tasas de interés, la estabilidad cambiaria y la confianza. Eventualmente, generan inflación, por un mecanismo u otro. Queda al banco central advertir sobre políticas fiscales indeseables y contrarrestarlas con políticas monetarias contrarias. Los directores de un banco central no pueden lograr sus objetivos si el gobierno persiste en políticas inadecuadas, pero tienen la opción de renunciar como su arma más poderosa. En este sentido, es preciso que cada director tenga su propia autonomía. El directorio no es un equipo que reporta al presidente del BCV, sino un grupo de expertos cuyos conocimientos individuales deberían contribuir al perfeccionamiento de las decisiones.

En el incidente Faraco, pareciera que ninguna de las partes estuvo clara en cuanto a su rol respectivo. El candidato para el BCV debe aceptar el cargo sólo si considera que la política fiscal esperable sea compatible con lo que quiere lograr en el Banco, pero no es él quien diseña la política ni quien escoge a los demás directores del banco. El Gobierno, por su parte, mostró indicios de que no entiende el verdadero significado de la autonomía del BCV y, además, que no está muy seguro en cuanto a qué es lo que busca en los altos funcionarios a ser escogidos. Finalmente, si alguien le dijo a Faraco que iniciara los contactos que aseguraran su ratificación, o estaba tendiendo una trampa, o estaba confundido. Y si Faraco pensaba que era normal anunciar su propio nombramiento, o cayó en la trampa, o estaba igualmente confundido.



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