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El Gobierno en el torbellino del tiempo

El Nacional del jueves 9 de marzo de 2000

Janet Kelly
jkelly@newton.iesa.edu.ve

Hace un año, cuando asumió el nuevo Gobierno, la gente comenzó a preguntarse con cierta frecuencia: ¿Cuánto tiempo tendrá el presidente Chávez antes de que la población empiece a pedir resultados? Se dijo que los altos niveles de popularidad eran tales, que gozaría de un compás de espera para lograr las mejoras prometidas. Con el petróleo en el sótano, la economía estancada, la administración pública deteriorada, la infraestructura derrumbada y el sistema político hecho añicos, nadie podía esperar un milagro. El mismo Presidente reiteradamente ha pedido paciencia, apelando a la destrucción general dejada por lo que él llama «el puntofijismo», un resumen de lo que cada cual puede considerar como el peso de un pasado plagado de errores. La marcha forzada impuesta por Chávez refleja su reconocimiento de que dos años son el máximo lapso que tiene para producir evidencia clara de que Venezuela camina hacia delante. ¿Será posible en el año 2000 avanzar suficientemente para evitar la decepción?

La aprobación de la Constitución Bolivariana a finales de 1999 marca el punto de quiebra de la línea ascendente de aprobación de la obra de Chávez. Tuvo un año para llevar a cabo el proceso de deshacer las instituciones y crear las nuevas. Es lógico suponer que ahora tiene otro año para mostrar que éstas sirven. Todavía tiene bastante capital acumulado con los ciudadanos para aguantar un cierto tiempo de ajuste, pero el descenso en el encanto es inevitable y sólo será atenuado en la medida en que se vea progreso. La oposición se equivoca si piensa que una situación objetivamente mala será suficiente para socavar la confianza en el Gobierno. La tarea de Chávez es más sencilla: mostrar para diciembre que algunos índices ya han comenzado a mejorar: el empleo, el ingreso real, la seguridad personal, la inflación y la eficiencia de algunos servicios sociales. De hecho, el punto de partida es tan tétrico que no debería requerir un mago para revertir las tendencias.

No debería ser tan difícil alcanzar unas metas mínimas que permitan cantar la victoria, aunque sea sólo un avance del sótano al semi-sótano. La inversión pública, complementada con nuevas inversiones privadas en telecomunicaciones, construcción, comercio, gas, petroquímica y el petróleo, si bien no llegan a montos extraordinarios, impulsará un cierto crecimiento e incremento en el empleo por la sola razón de que representan aumentos sobre el año pasado. No debería ser imposible bajar los índices de delincuencia de su nivel exagerado actual. Al contrario, la participación ciudadana en el esfuerzo podría contribuir a dar una sensación de que existe un proyecto compartido entre el Estado y la sociedad civil, si se manejan los esfuerzos con un criterio colectivo. No será tan fácil mostrar resultados vistosos en los servicios sociales, aunque en este sector unos programas de efecto inmediato orientados a servicios ambulatorios en las escuelas y las comunidades, combinados con el anuncio de una reforma integral del sistema de seguridad social en colaboración con los nuevos gobernadores, serían suficientes para mantener las expectativas.

El cumplimiento de estas metas modestas, según esta manera de ver el problema del Gobierno, luce alcanzable, pero puede ser contrarrestado en su impacto si no va acompañado por otras condiciones complementarias. Tan pronto el Gobierno anuncia algún progreso, la oposición naturalmente buscará atacarlo. Que si la inflación se controla con el desempleo y una tasa de cambio sobrevaluada. Que si la seguridad se mejora a costa de atropellar los derechos humanos. Que si hay corrupción. Que si el gasto público se sostiene con ingresos petroleros no sostenibles. Que si la nueva Asamblea Nacional es un sello de caucho de un gobierno autoritario. Habrá mucho espacio para quejarnos de todos los problemas reales en el país que ciertamente no van a desaparecer. La forma como la gente responda a esta realidad dependerá mucho de la reacción del Gobierno. Cuando se observa al gobernante ecuánime, con confianza, con paciencia, con capacidad de plantear sus objetivos, con disposición a rectificar, se tiende a quitarle el piso al crítico. Se espera este año que el país regrese a un ambiente de normalidad, lo que va a requerir del Gobierno un nuevo tono de voz, una proyección de orden y eficiencia y de tolerancia frente a opiniones contrarias. Los problemas de Venezuela están adentro y no es el momento de dispersar la atención del Estado en un gran protagonismo internacional. Venezuela no puede ser líder internacional hasta no mostrar su propio éxito. Con esta fórmula de paz en la casa, la chispa de crecimiento de este año puede durar. De otro modo, el experimento fracasará y el tiempo se acabará.


Janet Kelly en La BitBlioteca



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