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Sección: Bitblioteca
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Urdaneta Avenue El Nacional, 28 de junio de 2001 Cuando escribió las primeras palabras de su libro clásico sobre el sistema financiero inglés y su regulación, Walter Bagehot dijo: «Propongo poner como título a este ensayo Lombard Street, y noEl mercado financiero o algo similar, porque quisiera tratar e indicar claramente mi objetivo al respecto realidades concretas». Fue en 1863 cuando el fundador de la revista The Economist publicó este compendio de reflexiones sobre cómo mantener la solvencia y primacía de la ciudad de Londres, el centro financiero mundial de la época. La tesis central era que había que resguardar la calidad de todas las instituciones, porque la debilidad de una afectaría la solidez de todas; por lo tanto, era imprescindible que la autoridad bancaria estuviera siempre lista para asegurar que no hubiese efectos sistémicos como consecuencia de las inevitables fallas en bancos individuales. Esta era la lección aprendida de las múltiples crisis del siglo XIX. Recomendamos a los redactores del proyecto de Ley de Bancos y otras instituciones financieras actualmente bajo consideración que echen un vistazo a lo que dijo Bagehot antes de poner los puntos y comas a la legislación. El esfuerzo podría ahorrarnos algunos dolores de cabeza en la próxima bajada financiera. Los manuales de políticas públicas igualmente sugieren el valor de ir a lo concreto en el diseño de las leyes. Esto significa hacer un recorrido anticipado de las realidades del proceso de aplicación de las normas dictadas: es fácil especificar plazos, informes, decisiones, acciones, reuniones, audiencias y un sinfín de condiciones y pasos en una ley o reglamento, pero el haberlos expresado en blanco y negro, en la tranquilidad del despacho, no significa que efectivamente se pueden cumplir en el calor de los acontecimientos. Para cualquiera con algo de memoria de los primeros meses de 1994, es evidente que una crisis bancaria en desarrollo es candela, por no decir candanga con burundanga. El mencionado proyecto de Ley de Bancos es un documento elaborado con cierto cuidado. El doctor Muci-Abraham no encontrará tantos gazapos de técnica legislativa en su articulado como los que consiguió en la Ley de Microfinanzas, un documento caótico que cuenta sólo con la enésima parte de su extensión. Pero las virtudes potenciales que tiene la Ley de Bancos no la protegen de fallas sustanciales en su filosofía y estructura cuando versa sobre el manejo de crisis en bancos individuales o en el sistema como un todo. Están ausentes los principios de Bagehot. En cuatrocientas palabras no es posible comentar sobre una ley de 216 artículos, sino mencionar solo algunas normas problemáticas. En primer lugar, según el proyecto no hay la posibilidad de conceder auxilios bancarios sin que se haya declarado una emergencia financiera como condición previa. La emergencia activa una junta para el manejo de la crisis, similar a la junta actual de tan larga vida. Haciendo el recorrido obligatorio de los eventos probables y su secuencia, basado en nuestro conocimiento de las costumbres folkóricas de la administración pública, es posible imaginar una cierta lentitud en responder a una situación de crisis en una institución bancaria, lo que da lugar al peligro de contagio, es decir, la conversión de un problema particular en un desastre colectivo. En segundo lugar, la ley propuesta vuelve a instrumentar la práctica más nociva de la historia de la regulación bancaria en Venezuela: el papel central del Ministerio de Finanzas en controlar todas las decisiones clave del sistema de regulación. Con todo respeto al Ministro de turno, cuyo juicio seguramente sería impecable en cualquier situación de trastorno monetario, tenemos bastante evidencia de que los factores políticos tienden a infectar este ministerio con cierta regularidad, de tal modo de crear resistencias a hacer lo necesario aunque sea contra algún amigo del régimen. Algunos banqueros temen que esta ley le daría un exceso de autoridad al Superintendente de Bancos para su supervisión diaria (bueno, cada uno tiene sus intereses...); lo que es verdaderamente preocupante, en cambio, es la transferencia de la autoridad de Superintendencia de Bancos a las instancias políticas tan pronto como la cosa se ponga complicada. Bagehot recomienda auxilios; Kelly recomienda despolitización.
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