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El Decreto 321 y sus consecuencias

Francisco Kerdel Vegas

11 de octubre de 2000
La polémica sobre el Decreto 321 en La BitBlioteca

Creo que la intención de Venezuela Analítica de recordarnos lo que paso hace 54 años con el Decreto 321 de la Junta Revolucionaria de Gobierno es conveniente y sana, aunque sea tan solo para recordar a la presente generación de relevo que actualmente nos gobierna, que los que ignoran la historia se ven condenados a repetirla.

Ante algunos comentarios de los compañeros del Comité de Redacción de VA, me comprometí a narrarles a los lectores de la publicación virtual mis recuerdos sobre el movimiento que se gesto en breves horas y de manera aluvional, como una especie de «bola de nieve», para oponerse a una odiosa discriminación entre la educación publica y privada, a que daba lugar el tristemente famoso Decreto 321. Mi recuento es puramente anecdótico y me limito a recordar lo que a mi me sucedió en aquellos días y la interpretación que me merecieron los hechos acontecidos.

Para ese momento cursaba mis estudios de primer año de medicina en la UCV y realmente no tenia mucho tiempo para ocuparme de otra cosa sino de mis estudios, muy exigentes como lo eran en aquel entonces. De lo poco que sabia, se trataba de una resolución gubernamental detestable por cuanto establecía una división tajante entre la educación publica y la privada, estipulando numerosas ventajas al evaluar el rendimiento de los estudiantes de las escuelas oficiales.

Recuerdo que saliendo del Instituto de Medicina Experimental (donde anteriormente funcionaba el Liceo Andrés Bello, donde curse mis estudios de secundaria) de una clase de fisiología, un grupo de estudiantes de medicina entre los cuales recuerdo a mi compañero de curso Antonio Clemente, pasamos por delante del Colegio Santa Maria, y Antonio (quien había estudiado bachillerato en el Colegio La Salle y estaba muy molesto con la discriminación del Decreto) me dijo: «Vamos a entrar a enterarnos de lo que pasa». Muchacho al fin, no medite mucho acerca de las consecuencias de nuestra acción y entramos en el Colegio. Cuando nos preguntaron, a la puerta de un salón de clases donde se celebraba una asamblea de estudiantes representando a los colegios privados, no se nos ocurrió otra explicación que dar para poder entrar al recinto de la reunión, que representábamos a la Universidad Central de Venezuela (algo que era totalmente falso, puesto que nadie nos había nombrado para tal efecto, y fue algo que tuvimos que subsanar a posteriori para cubrir esta irregularidad). Lo único que nos impulsaba era satisfacer nuestra curiosidad de enterarnos que era lo que realmente ocurría en aquellos momentos. Ni por la mente se me paso que iba a intervenir como orador en aquella agitada y muy desordenada discusión. Al cabo de una hora o mas y oyendo intervenciones y proposiciones un tanto descabelladas, tal vez porque todo lo que allí pasaba era tan improvisado y díscolo, me sentí impulsado a actuar, y sin pensarlo dos veces pedí la palabra y propuse organizar una manifestación de los estudiantes (y padres y maestros) que fuese al Palacio de Miraflores a abogar por la causa de la educación privada. Tal vez por mi edad —hay que recordar que ya yo estaba cursando estudios universitarios, mientras lo que allí asistían representando «legítimamente» a las instituciones donde cursaban estudios de bachillerato, eran mas jóvenes y por tanto mas inexpertos, mis palabras fueron mas convincentes, y como suele suceder de pronto —sin quererlo ni habérmelo propuesto—, aprobaron lo que yo había sugerido y me pusieron al frente de la protesta estudiantil. Fueron horas de intensa agitación y de febril preparación de esa marcha de estudiantes. Recuerdo cuantas madres de familias amigas, horrorizadas y atemorizadas por lo que podía ocurrir, me llamaban y me pedían explicaciones. El sentimiento de repulsa era tan unánime y tan sentido que costo poco trabajo reunir miles y miles de personas, a pesar de toda clase de medidas disuasivas y hasta amenazas por parte de agentes del gobierno.

La manifestación se congrego en el Parque Carabobo y de allí marchamos hacia Miraflores siguiendo la ruta de lo que mas tarde seria la Avenida Urdaneta. Francamente nunca me paso por la mente que corríamos algún serio peligro, excepto el de pasar unos días presos, pero esta posibilidad no era suficiente para impedirnos actuar.

Cuando llegamos a las proximidades del Palacio de Miraflores, un oficial uniformado, evidentemente edecán de los miembros de la Junta Revolucionaria de Gobierno, se acerco a los que encabezábamos la manifestación y nos pidió que lo siguiéramos al interior del Palacio, donde las autoridades nos recibirían. Como aquella manifestación no tenia ninguna cabeza o dirigencia estructurada, le pedí de inmediato a varios compañeros (cuyos nombres y ubicación escolar no conocía), de la primera fila del desfile, para que me acompañaran en esa misión.

Fuimos llevados (éramos unos 5 ó 6 estudiantes) al interior de un salón, donde estaban Rómulo Betancourt, el Tte. Cnel. Carlos Delgado Chalbaud y el Mayor Mario R. Vargas (presidente el primero y representantes del sector militar en la Junta Revolucionaria de Gobierno, los otros dos). Betancourt hablo brevemente y ofreció que el Gobierno se comprometía a revisar el Decreto 321 que tanta conmoción nacional había producido, pero que los estudiante debían regresar a sus aulas y abstenerse de alterar el orden publico. De inmediato le pidió a sus colegas militares que intervinieran. Al tomar la palabra el Comandante Delgado Chalbaud se dirigió a mí y me pregunto que estudiaba. Le conteste que primer año de medicina en la Universidad Central de Venezuela. Inmediatamente me repreguntó, dónde había estudiado la primaria y la secundaria, a lo que le respondí que la educación primaria la había cursado en una escuela privada, el Instituto San Pablo (colegio fundado y dirigido por los afamados maestros, hermanos Martínez Centeno), y la secundaria en el Liceo Andrés Bello (en ese entonces el mas prestigioso de los liceos oficiales). Allí me apercibí cómo cruzaron las miradas el Comandante Carlos Delgado Chalbaud y el Mayor Mario Vargas. Seguidamente ambos militares continuaron su breve interrogatorio de los demás estudiantes allí presentes. Por pura casualidad, pues repito que la escogencia hecha por mí fue «a dedo» y entre los compañeros mas próximos en el mismo momento que el edecán nos invitó a entrar en el Palacio, todos los demás estudiantes de esa «delegación» improvisada cursaban estudios en instituciones oficiales. Aunque no lo manifestaron abiertamente con palabras, se dejaba ver que existía un ambiente de tensión entre los civiles y militares de la Junta, pues la información que habían recibido los miembros del Gabinete por parte del entonces Ministro de Educación, Dr. Humberto García Arocha —según se rumoraba—, era de que se trataba de un movimiento manejado, azuzado y manipulado por los «curas» y muy especialmente por los jesuitas. Esto se contradecía evidentemente con la comprobación que habían hecho los dos militares de que en verdad se trataba de un movimiento espontaneo de repudio a algo que la población en general consideraba como discriminatorio e injusto. Posiblemente el Dr. García Arocha al llevar el texto del Decreto para aprobación del Gabinete no sopeso la importancia de la discriminación y el rechazo de amplios sectores de nuestra sociedad a lo que interpretaron como una flagrante e inmerecida injusticia. En aquella época sin duda existía una evidente diferencia entre la educación secundaria oficial y la privada. Los dos liceos oficiales «bandera» de la capital, Liceo Andrés Bello y Liceo Fermín Toro, con exigentes exámenes de admisión y un destacado elenco de profesores, eran sin duda los mejores del país. Pienso que la situación era a la inversa en la educación primaria, aunque existían escuelas oficiales de gran prestigio (por ejemplo la Escuela Experimental Venezuela). Tal vez el Dr. García Arocha, docente de biología en el Liceo Andrés Bello, y por lo tanto activo participe de ese gran esfuerzo docente, y sus asesores del Ministerio de Educación, pensaron que esta diferencia en la calidad de los estudios podía y debía consagrarse en los procedimientos de evaluación. Lo cierto es que la respuesta abarco una mayoría de la población y seguramente Betancourt apoyado por los militares resolvió dar marcha tras y sacrificar a García Arocha (el eterno chivo expiatorio).

En breves meses Venezuela se vio privada del servicio en su alta dirigencia política y educativa de dos venezolanos de excepción, por su formación, su honestidad y su total dedicación a la causa del país. El Dr. Rafael Vegas, miembro de la llamada generación del 28, participo en la intentona de invasión del Falke en Cumaná, estudio medicina en La Sorbona (París) y psiquiatría en Barcelona (España), a su regreso a Venezuela después de la muerte de Gómez, fue uno de los pioneros en todos lo que se refiere a lo que entonces se hizo por el niño, y fue Ministro de Educación de la administración del General Isaías Medina Angarita. La Revolución del 18 de octubre de 1945, corto abruptamente una carrera al servicio del sector oficial en nuestro país. Desde entonces se dedico al ejercicio de la psiquiatría y al desarrollo del Colegio Santiago de León, que fundo en aquel entonces. Por su parte el Dr. Humberto García Arocha, de la generación de 1936, brillante docente tanto a nivel de secundaria (profesor de biología en el Liceo Andrés Bello) como universitario (profesor de fisiología en la UCV), se había formado en sus estudios de postgrado en la Universidad de McGill en Canadá y como destacado alumno e inmediato colaborador del maestro Augusto Pi Suñer (quien se radico en Caracas como consecuencia de la guerra civil española). Fue mi maestro de biología y fisiología y uno de los mejores docentes que he tenido a lo largo de mi vida.

Rafael Vegas y Humberto García Arocha eran amigos hasta la Revolución de Octubre. Las circunstancias de la política los colocaron en posiciones antagónicas y los distanciaron, y la llamada Revolución truncó para siempre la participación, tal vez inigualada, al servicio publico de dos hombres especialmente dotados para formar parte de la dirigencia capaz de conducir el país por el sendero de la civilidad y la cultura.


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