Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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Elogio del ceceo

Sevilla, 1º de octubre de 2000
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Poco antes del verano recibí la visita de un amigo a quien no veía desde hacía tiempo. Me explicó que —por razones que aquí no vienen a cuento— había tenido que ir a consultar a una abogada y que después de conocerla no sabía si contratarla o no.

«Así que por eso vengo a verte», me dijo

La verdad es que no comprendí bien en qué podía yo ayudarle, porque mi conocimiento de las leyes es el justo y los abogados me producen la misma aprensión que los dentistas.

«Verás —continuó mi amigo— el caso es que me han hablado muy bien de ella. Al parecer es una profesional estupenda y dicen que tiene un curriculum impresionante. Pero aun así no acabo de decidirme»

«¿Qué es lo que le pasa entonces —le dije ya con algo de guasa mientras le servía una copa— es que ve apariciones de vez en cuando como Ally MacBeal, su colega de la serie de televisión?»

«Pues eso no lo sé —me contestó un poco malhumorado— lo que te puedo asegurar es que cecea mucho».

«¿Cómo que cecea mucho?, le inquirí

«Sí, que cecea —insistió mi amigo—, como lo oyes. Con decirte que me llama zeñor Pérez»

Reconozco que tuve ganas de echarme a reír, pero la cara de desasosiego de mi amigo y el trago que le dio a su whisky me hicieron comprender que estaba realmente preocupado.

«Y el caso es que dicen que es la mejor...» pareció consolarse mientras se servía una nueva copa.

La mayoría de ustedes —sobre todo si son americanos— no sabrá siquiera que los ceceantes existen. Se define así a los hablantes de español que no utilizan el sonido ese y emplean el sonido zeta cuando tienen que pronunciar las letras, s, c, z. Son personas que dicen ziete por siete y preziozo por prezioso, o por presioso que es como dirá usted seguramente la palabra «precioso».

El ceceo se da en muchas zonas de Andalucía. Es, sin lugar a dudas, la característica más original y propia del dialecto andaluz. En casi toda la provincia de Cádiz se cecea; y en la de Huelva; y en la mayoría de la de Málaga; y en amplias extensiones de las de Jaén, Córdoba, Granada y Almería; y la ciudad de Sevilla puede ser considerada como una isla de seseo en un mar de ceceo. El número de hablantes de español que cecean nunca ha sido establecido, cosa curiosa, pero debe de rondar los 2 millones y medio de personas. Como ven una cifra que, aunque pequeña en comparación con el mundo hispanohablante, es suficientemente representativa, sobre todo en Andalucía donde vivimos poco más de siete millones de personas.

La historia del ceceo tiene su origen en las transformaciones que comenzó a sufrir la lengua castellana allá por el siglo X. En aquella época nuestro idioma poseía cuatro sonidos sibilantes: uno era dental sordo, sonaba /ts/ y se representaba en la ortografía por medio de la letra ç: «plaça» /platsa/. Otro era dental sonoro, sonaba /dz/ y era representado por la grafía z: «dezir» /dedzir/. Luego había dos sonidos alveolares, uno sordo, representado por ss que sonaba parecido a nuestra s actual: «passar» /pasar/ y otro sonoro representado por la letra s: «rosa» /roza/ que sonaba parecido a la z inglesa de «zip» o a la s francesa de «chose». Les aclaro que se denomina sonoro a todo fonema (sonido) que al ser pronunciado hace que vibren las cuerdas vocales. Si estas vibraciones no se producen, decimos que el sonido es sordo.

Como les contaba, esta era la situación del sistema de las sibilantes castellanas medievales. Con el tiempo este sistema se derrumbó, y en la Castilla del siglo XVI desaparecieron las sibilantes sonoras, y se comenzó a utilizar solo dos, ambas sordas. Así, las grafías ç-z pasaron a representar el mismo sonido dental sordo. Y las grafías ss-s el mismo sonido alveolar sordo. Actualmente, en el castellano del centro norte peninsular tenemos una situación muy parecida a la del siglo XVI, con un sonido interdental sordo representado por las grafías z y c: «decir», «plaza». Y un sonido alveolar sordo representado por la grafía s: «pasar», «rosa».

Sin embargo, en la Andalucía de los siglos XV al XVI —y esto es muy importante en la historia lingüística del español de América— la transformación de las sibilantes no iba a ser la misma que la que estaba ocurriendo en Castilla en esa misma época. En el sur de España se siguió distinguiendo entre sibilantes sordas y sonoras, y las que desaparecieron fueron las alveolares. Así, se pasó a tener un sonido dental sordo representado por las grafías ç-ss: «plaça», «passar». Y otras dos, z-s, para representar un sonido dental sonoro: «dezir», «rosa». Con el paso de los años la diferencia entre sordas y sonoras también desapareció y todas pasaron a ser sordas. Así, de los cuatro fonemas sibilantes primitivos del castellano se pasó a tener uno solo. Por eso, hoy en día, hay andaluces que utilizan un único sonido dental ese representado por las grafías s-z-c. O —y esto es lo interesante- un único sonido interdental zeta representado igualmente por las grafías s-z-c. A los primeros se les llama seseantes (usted seguramente lo sea amigo lector) y a los segundos ceceantes.

Como les digo las tres formas de pronunciación actuales de las sibilantes del español (distinción s-z, seseo y ceceo) tienen el mismo origen: el castellano medieval. No se puede decir que ninguna de ellas sea mejor o más hispana que otras, sin embargo, no todas han corrido la misma suerte, ya que no todas gozan ahora —ni gozaron desde el principio— del mismo prestigio sociolingüístico.

Desde casi su misma aparición el ceceo fue adoptado en el mundo rural, mientras que el seseo, considerado más «refinado», fue utilizado principalmente en las ciudades, sobre todo en la metrópolis sevillana. Como el mundo rural nunca ha gozado en España de mucho prestigio, poco a poco los ceceantes comenzaron a ser tenidos por personas poco cultas. Algunos autores de la época renacentista consideraron al ceceo poco menos que un defecto de dicción o una tara (incluso hoy en día hay gente que lo cree) y otros le achacaron una procedencia gitana, etnia que también ha sido tradicionalmente marginada en España. Encontramos muchos comentarios a este respecto en nuestra literatura del Siglo de Oro. Baltasar Gracián escribió por ejemplo lo siguiente en 1651: «Zezeaba uno tanto que hazía rechinar los dientes y todos convinieron que era andaluz o gitano» Como ven, un delicioso comentario el de Gracián...

En la actualidad, y si nos atenemos al caso español, el mayor grado de prestigio lo ostenta la distinción. Sesear es para cualquier español marca de regionalismo. Los que sesean son andaluces o canarios, o murcianos, o hispanoamericanos. Distinguir entre s-z es la realización más neutra, la menos marcada dialectalmente. Y también —y esto es lo importante— la menos marcada socialmente.

Unos autores teatrales andaluces de principios de siglo, los hermanos Álvarez Quintero, nos ofrecieron en sus obras, de marcado carácter costumbrista, un ejemplo de lo que les digo. Ellos escribieron intentando representar los sonidos que verdaderamente pronunciamos, obviando cuando lo creían necesario las reglas ortográficas. Así, las personas educadas de sus obras, los que tenían estudios, los de mayor escala social distinguían entre s y z. La gente de las ciudades de clase media o trabajadora seseaba, y, por último, la gente del campo y los de menor estatus social ceceaban. Esto quiere decir que los tres tipos de pronunciación de las sibilantes implican una marca social. Según se hable de una manera u otra nuestro interlocutor va a encasillarnos como perteneciente a un grupo social determinado.

Esto, sin embargo no ocurre en América, al menos en este caso de las sibilantes, puesto que el seseo no implica marca alguna de estatus social. Todo el mundo sesea, los cultos y los incultos, los educados y los marginados. Además la distinción tampoco está mal considerada. Nadie dice que alguien habla mal español o es un palurdo por pronunciar /cielo/ en vez de /sielo/ que es lo normal por ser lo mayoritario. Vemos, pues, cómo es factible tener una comunidad de habla como la hispana, tan extensa, en la que las sibilantes se realizan de dos maneras diferentes sin que ello implique menoscabo por ninguna de las partes. Es algo que, como expliqué en mi artículo «Los dos bandos de la lengua», estamos aprendiendo los españoles gracias a América. En mi país el seseo está comenzando a ser aceptado como un indicador de procedencia estrictamente geográfica, pero no social.

Ahora bien, el caso del ceceo es diferente, sobre todo porque el ceceo ni emigró ni triunfó en América. Cecear suele ser considerado una señal inequívoca de poca cultura o clase social baja, un vulgarismo, un estigma, un sambenito que llevan sobre sus hombros miles de hablantes de español. No hay razón lingüística alguna para que esto sea así, pero lo cierto es que, a pesar de lo que podamos creer, la educación lingüística nunca se ha preocupado de acabar con estos estereotipos sin fundamento.

Por si fuera poco lo que les he contado, el ceceo es mucho más utilizado por los hombres que por las mujeres. En un estudio realizado en la ciudad de Málaga, se demostró que cecear o sesear tenía mucho que ver con el hecho de ser hombre o mujer. Los hombres que superaban los 50 años de edad ceceaban mayoritariamente, mientras que las mujeres de su misma edad seseaban. No es extraño pues adivinar que una mujer malagueña de más de 50 años que cecee puede ser considerada excesivamente masculina, y lo mismo les pasa a los hombres que sesean, que pueden ser tachados de afeminados. ¿Empiezan a comprender ya el porqué de las dudas de mi amigo?

«Así que lo que tú crees —le dije a mi amigo— es que, en vez de Ally MacBeal, tu abogada es en realidad Hester Prynne, la protagonista de la novela de Hawthorne La letra escarlata, que fue obligada a llevar un A bordada en el pecho para que todos supieran que era una adúltera...»

«Hombre, no hay para tanto —me replicó— la comparación no creo que sea la más acertada. Además, a mi abogada nadie la obliga a que cecee como a la Hester esta de la que me hablas»

«¿Pues entonces por qué tienes tantas dudas? —insistí— parece que has venido aquí a que te aconseje sobre qué debes hacer y en realidad la lección que tienes que aprender te la está proporcionando esta señora. Y es una lección que nos deberían enseñar a todos. Con su actitud tu abogada te está demostrando que tus prejuicios son infundados. Te está enseñando humildad y orgullo al mismo tiempo. Humildad porque es capaz de seguir con su ceceo a pesar de que es consciente del rechazo que produce en los demás, y orgullo porque ha conseguido hacer que sus méritos profesionales se impongan a las estúpidas aprensiones que tenemos los que no ceceamos. A ti te gustaría que ella dejara de decir procezo, ziguiente, zábado y cosas así, y confiesas que llegarías a comprender que seseara como yo, aunque para ti lo correcto sería que distinguiera... como tú, claro, y que dijera proceso, siguiente, sábado, etc. En realidad lo que te desconcierta es comprobar cómo un ceceante culto sigue ceceando y no hace lo que la mayoría: cambiar de hábito lingüístico y hablar como tú crees que la gente letrada debe hacerlo. Sin embargo, si lo que te extraña es la postura de tu abogada piensa que esta mujer hace día a día un verdadero elogio del ceceo y de paso nos recuerda que hay muchos ceceantes, que hablan un magnífico español. La suya es una resistencia activa que nos hace recapacitar sobre estas personas que son los grandes olvidados en las gramáticas españolas y los hispanohablantes más discriminados por su acento. Y eso ocurre porque gente como tú y como yo seguimos creyendo que esta discriminación es lógica o natural».

«O sea que tú me aconsejas que me deje de milongas y la contrate», me preguntó.

«Lo que te aconsejo es que te tomes tu copa y decidas por ti mismo, que yo me voy a poner a escribir un artículo que se me acaba de ocurrir» sentencié.

Poco tiempo después se celebró el juicio, y como ya habrán adivinado aquella abogada representó a mi amigo ante el juez. Yo tuve la suerte de estar allí para verlo y puedo asegurarles que efectivamente ceceaba, y que además lo hacía con la naturalidad propia de lo que es auténtico. Desde entonces, cada vez que me cruzo con un ceceante no puedo evitar acordarme de aquella abogada mezcla de Ally MacBeal y Hester Prynne que nunca llegó a ponerse el sambenito que los hablantes «cultos» queríamos colocarle. Ya les digo, fue realmente emocionante verla ganar aquel juicio en el que siempre se dirigió al juez llamándole «Zu zeñoría».


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