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El Lenguaraz La moto de Chomsky Sevilla, Diario de Andalucía, 4 de febrero de 2000 Siempre he creído que las campañas electorales tienen un desarrollo opuesto al que marca la lógica, y que en vez de dos semanas de verborrea y un día de reflexión lo más sensato sería que hubiese catorce días de reflexión y uno solo de palabrería. Yo, desde luego, confieso que cuando comienza la información electoral apago la tele y me pongo a hacer cualquier otra cosa. Y precisamente buscando lectura tropecé el otro día con un libro que tenía casi olvidado: Cómo nos venden la moto de Noam Chomsky (Barcelona: Icaria, 1996). Si no son muy amantes de la lingüística quizá su nombre no les suene, pero Chomsky estadounidense es uno de los mejores gramáticos de este siglo, si no el mejor. Casi 50 años después de la publicación de sus primeros trabajos, estos siguen siendo referencia ineludible. Él es el autor de una de las frases más célebres de la historia de la lingüística: «Incoloras ideas verdes duermen furiosamente». Con ella intentó demostrar las carencias de las teorías de la época, que consideraban gramatical una oración tan irracional e ilógica como esta. Chomsky terminó, además, con la idea de que el aprendizaje de las lenguas estaba basado únicamente en la repetición y en la memoria, y estableció que los seres humanos somos capaces de producir un número infinito de oraciones, a pesar de que nunca las hubiésemos oído antes. Venía a decir Chomsky que somos pura creatividad, vaya. Pero lo que siempre me ha llamado la atención de este hombre es su profundo compromiso social. Opositor rotundo a la guerra del Vietnam y a la intervención en Centro América y el Golfo Pérsico, Chomsky es una de las voces que más claramente critican la política estadounidense. Sus opiniones defienden los valores humanistas y propugnan un comportamiento ético acorde con ellos, especialmente de las clases en el poder. Y de eso trata precisamente este Cómo nos venden la moto del que les hablo, que resulta tan actual ahora como cuando se editó hace cuatro años. Según Chomsky, los ciudadanos deberíamos preguntarnos por el papel que juegan los medios de comunicación en la sociedad actual. Una sociedad supuestamente democrática, pero donde los individuos no tenemos acceso al control de nuestros propios asuntos y donde quienes en realidad gobiernan no son los estados, sino grupos aún más poderosos: las grandes corporaciones financieras. Basándose en la historia reciente de Estados Unidos, nos recuerda cómo mediante la propaganda y el férreo control de los medios de comunicación se consiguió que el pueblo norteamericano apoyara la guerra de Cuba contra España; la entrada en la I Guerra Mundial; la caza de comunistas durante la época del llamado Terror Rojo; el apoyo a las dictaduras centroamericanas y, ya más recientemente, la intervención occidental contra Irak. Critica Chomsky que, una vez que el ciudadano ha depositado su voto: ...se espera de él que se apoltrone y se convierta en espectador de la acción, no en participante. Esto es lo que sucede en una democracia que funciona como Dios manda. Y la verdad es que hay un principio moral para que esto ocurra así: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Tremendas palabras las de Chomsky, sobre todo por lo fácil que resulta aplicarlas a la democracia que vivimos en España y en el resto del mundo, donde parece que la única función de los ciudadanos es la de votar para librarse así de responsabilidades. En esta nueva democracia pasiva donde gobiernan las multinacionales y no los ciudadanos ...se necesita algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Es necesario que la gente piense de una determinada manera y hay que controlar por tanto los medios de comunicación, que son en definitiva quienes influyen en la opinión pública. La información se convierte así en un instrumento para la propaganda. Quizás, y al hilo de esta opinión de Chomsky, recuerden ustedes el amplio rechazo que Irak produjo en todo el mundo cuando una enfermera kuwatí denunció ante la ONU que las tropas de Sadam Husein habían entrado en un hospital infantil y habían desalojado a los bebés de las incubadoras para robarlas. Las imágenes de esta enfermera dieron la vuelta al mundo y sus lágrimas fueron portada de todos los informativos. Sin embargo, unos meses después de la derrota de Sadam se supo que la supuesta enfermera era en realidad la hija de un diplomático de Kuwait, y que el robo de incubadoras no había tenido lugar. En contraposición al despliegue informativo anterior, esta noticia tan sólo mereció un «breve» en las páginas de algunos periódicos. Sí, consenso es la palabra mágica. Y una vez creado este consenso hay que evitar a toda costa que se rompa. Para ello es necesario mantener a los individuos ...atomizados, segregados y solos, no puede ser que intenten organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores pasivos. Estas ideas son algo más que teoría. Es simple comprobar cómo los sindicatos tienen cada vez menos fuerza, los partidos políticos defienden prácticamente los mismos intereses y el anhelo social más importante es el de vivir por y para el dinero. Así, con el consenso fabricado desde los medios y la ausencia de organizaciones que expresen una voz discrepante, el hombre acaba encontrándose solo, lo que constituye una tremenda paradoja: Por medio de la manipulación de la cualidad más humana, la comunicación, el hombre pierde su don más preciado, el pensamiento. Acabamos como náufragos, solos en medio de un mar de información: Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que refuercen su parecer y que le puedan permitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia otro lado, como por ejemplo la final de Copa. Seguro que esto les ha ocurrido a ustedes más de una vez, quizás les ocurre a menudo. Seguro que en alguna ocasión se han rebelado por el drama de las pateras del Estrecho, o por la situación en Chiapas, o por la de los insumisos, o por la de los parados y, sin embargo, seguramente no habrán hecho nada. No se culpen. Lo cierto es que todos somos ya de alguna manera espectadores pasivos. Con una situación como esta, real y cercana, Chomsky, un lingüista innovador y minucioso, un hombre tremendamente humanista, nos invita a la reflexión, a la auténtica reflexión: ¿hasta cuándo vamos a seguir estando solos mientras nos fuerzan a compartir un utópico pensamiento único; hasta cuándo vamos a seguir siendo espectadores pasivos; hasta cuándo, en definitiva, van a seguir «vendiéndonos la moto»? Parecen preguntas complicadas y profundas, pero Chomsky parece encontrar la solución adecuada: La respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y como yo. Definitivamente, me gusta la moto de este señor, Noam Chomsky. Lástima que no se presente a candidato. PD: Este artículo está dedicado a los compañeros de la revista Ajoblanco, que ha dejado de editarse después de 25 años dedicados al «rescate de náufragos». Ellos me descubrieron al Chomsky del que les he hablado hoy, y me recordaron siempre que lo importante es pensar.
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