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El lenguaraz El sexo de las nueces Sevilla, Diario de Andalucía, 26 de febrero de 2000 Hace unos días un viejo periodista me contaba que en su juventud existía en las redacciones de los periódicos más interés por los asuntos de la lengua. Relataba, con un poco de añoranza, cómo en una ocasión había sido testigo de una discusión entre dos correctores de estilo que casi acabó a navajazos. Y todo por si debía decirse parisino o parisiense. Yo no creo que hechos como este demuestren amor a la lengua, sino, más bien, una preocupante falta de sentido del humor. A ver si no cómo se entiende que uno pueda darse de puñaladas por un parisino o parisiense al que ni siquiera conoce. Pero la verdad es que la anécdota no me pareció propia de otros tiempos, a no ser por los pobres y desaparecidos correctores de estilo. Sobre todo porque hacía tan sólo un par de días que yo mismo había presenciado un caso parecido. Se trataba de dilucidar si había que decir juez o jueza. Los litigantes, dos compañeros de trabajo, comenzaron la discusión de manera sosegada, pero cuando de la judicatura se pasó a la política, y aparecieron las concejalas y las presidentas, el sosiego comenzó a convertirse en indignación. Uno sostenía que juez y presidente sirven tanto para el masculino como para el femenino, y llegó a calificar a juezas y presidentas de aberraciones léxicas, nada menos. El otro echó mano al diccionario y, como si de una faca se tratara, esgrimió muy hábilmente las páginas en la que se demuestra que las juezas y las presidentas existen. Vano intento. Porque el primero contraatacó con el Dardo en la Palabra de Lázaro Carreter nueva biblia del periodista moderno y pareció equilibrar la balanza a base de azafatos, oyentas y sacerdotas. En este toma y daca andaba el asunto hasta que alguien, supongo que harto ya de tanto duelo dialéctico, propuso magistrada como solución de compromiso. Y asunto resuelto. Pero lo cierto es que hay muchas discrepancias en este tema. Ni siquiera los libros de estilo de los diferentes periódicos logran ponerse de acuerdo, y así en algunos encontramos que es lícito escribir concejala, cuando en otros se prohibe expresamente. Casos como este demuestran que el idioma es algo vivo y, por supuesto, que todos nos creemos dueños de él. Y si no que se lo pregunten a muchos hispanoamericanos que utilizan palabras que a nosotros nos resultan difícilmente aceptables. ¿Saben, por ejemplo, que es muy común en América utilizar hortero como masculino de hortera? ¿Y que hay fluctuación entre el caparazón y la caparazón? Ya sé que suena a rayos, pero es la realidad. Una realidad que demuestra que también en muchos sitios de América los huevos no se fríen en la sartén, sino en el sartén. Y a pesar de eso siguen estando igual de ricos. Ya les digo, es realmente curioso comprobar cómo el género gramatical puede convertirse en motivo de polémica. Yo no creo que sea para tanto, pero confieso que no me incluyo entre los puristas, sobre todo en el caso de las profesiones. El lenguaje tiene que adaptarse a la realidad que vivimos los hablantes. Siempre ha sido así. Antes, cuando vivíamos en una sociedad totalmente machista, también había juezas, pero el término hacía referencia a la ¡mujer del juez! Y lo mismo pasaba con las presidentas, que no eran sino ¡las señoras de los presidentes! Y con consulesa que aparece el en diccionario como la «mujer del cónsul». No podemos decir, entonces, que se esté inventando palabras nuevas. Se les está dando un nuevo significado, y eso es todo. Pero reconozco que algunos términos se prestan a la broma. Una muy buena la hizo hace ya tiempo Antonio Mingote, que en su día intervino en la confrontación con una frase digna de su condición de académico preclaro: «el retrato de esa jueza lo ha pintado este artisto». Me pregunto si le haría tanta gracia la palabra a Mingote, si lo tradicional fuese llamar artisto al marido de la artista. O presidento al marido de la presidente. Pero, claro, esto no sucede porque las discriminaciones nunca se producen contra los hombres, sino contra las mujeres. Por eso yo entiendo a los que defienden que hay que decir médica y concejala y fiscala (palabra recogida, por ejemplo, en la nueva Constitución de Venezuela). Es una manera como otra cualquiera de trasladar al lenguaje un legítimo deseo de igualdad, y usando palabras que ya existen. Pienso, en definitiva, que de lo que se trata aquí no es de género gramatical, sino de genero... sidad. En la lengua, como en otras tantas cosas, dos mejor que uno. Que el que quiera diga el-la juez, el-la presidente; pero que el que lo desee también pueda decir el juez-la jueza, el presidente-la presidenta. Tan simple como eso. Ya sé que los que están en contra de estas palabras aducen que una nuez es una nuez, y no una nueza. Y llevan razón, pero que yo sepa a casi todos los hispanohablantes el género y el sexo de las nueces nos interesa tanto como el género y el sexo de los ángeles. O sea, nada.
Luis Carlos Díaz Salgado en La BitBlioteca |
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