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Mi frente

Luis Castro Leiva

El Universal, viernes 27 de noviembre de 1998

Ni «democrático», ni «patriótico», sencillamente cívico, crítico y libre de pensamiento. Mi frente es éste: ni Salas, ni Chávez, ni Alfaro, ni nadie; apenas la democracia. Tal es el frente que deseo construir para mí mismo. ¿Utopía, idealismo, imbecilidad? He aquí mis razones para evadir la trampa del mecanicismo moralista que en nombre de la derecha y la izquierda nos quiere imponer la «creencia» que dictamina que el porvenir de la historia o del abismo están, respectivamente, a la vuelta de la esquina del 6 de diciembre. Falso.

Comienzo con una afirmación. Y es que ni una ni otra cosa están a la vuelta de nada, sino dentro de nosotros mismos, en el espejismo de nuestros prejuicios, porque hasta ahora no hay ninguna señal que indique que hemos todos adquirido una cultura política y moral distinta de aquella que hemos heredado, más mal que bien, de las dos grandes frustraciones intelectuales que suponen para nuestra cultura política del positivismo y el marxismo en Venezuela. La primera nos entregó el Cesarismo Democrático (Gomecismo), la segunda el fracaso de la izquierda (Castrismo). En términos prácticos esto significa analizar la oposición cerril de que me hago cargo: aquella que se niega a aceptar el chantaje de una opinión, que no es «opinión pública», y que impone como su ley preferida, la ley del miedo en calidad de condición desgraciada para el ejercicio de la libertad y su encuentro o desencuentro con la igualdad que a todos nos está esperando en las calles. Creo actuar entonces críticamente porque confío mi libertad al poder persuasivo que puede tener la razón si no se declina su ejercicio ante el miedo; si no se baja la cabeza ante ningún caudillo, mucho menos ante el poder de cierta oligarquía que se reagrupa para pararlo.

Deseo entonces que podamos liberarnos del poder culturalmente opresivo de todas estas oligarquías juntas: la de los medios y sus editores, la de los partidos, tradicionales o no, a quienes los primeros han servido, para así recuperar nuestra libertad de pensamiento. La libertad que reclama para sí la necesidad de rehusarse a sucumbir, precisamente a causa del miedo, a una extraña pasión cognoscitiva, aquella que, en nombre de la ciencia y encuestas, quiere sustituirse a su libertad para inducirlo a usted a creer, sobre la vanidad de tal ilusión, lo que usted debe o no debe hacer o, peor aún, lo que debemos hacer todos los venezolanos. De esta manera eludo la cosmética científica y la contrabandística de las encuestadoras en su afán por confundir con números una realidad que no es numérica sino cualitativa.

No me anticipo ni me asombro ante nada y, más importante, abogo por que cualquiera que sea su preferencia tenga usted la suerte, como creo tener la mía, de preservar algún contacto con el poder de la razón una vez que usted la exprese tan libremente como cabe, más allá y más acá de este miedo. Veamos entonces la geografía del pánico.

Gaitan
Jorge Eliécer Gaitán, Sus
mejores escritos,
selección
de Santiago Perry, Bogotá:
Círculo de Lectores, s.d.
Observo el intento infructuoso, grotesco, necio e irresponsable de unos afanes por salvar la idea de una democracia que desconoce cómo sus actores contribuyen sistemáticamente a hacer creíble lo increíble. Por ejemplo, que después de que Luis Herrera Campíns y Donald Ramírez juraran enemistad absoluta a AD ahora aparezcan, ciegos de torpeza, arrastrados en su desesperación, pidiendo la limosna de esta vergüenza: una arrogancia hecha trizas en el oportunismo que delata el obrar de los mariscales de la derrota histórica de Copei. O ver aquel otro espectáculo de la señorita recorriendo como un fantasma sus asociaciones mentales para hallar un diálogo que no entabla, para así posar finalmente su ilusión, vana y fatua, en el fracaso de un «marianismo populista» que la hiciera primero la Thatcher de la avenida Luis Roche y luego la Evita del moño que no duró. Veo, por último, el desperdicio de responsabilidad y seriedad históricas de que hace gala AD. Se niega a ver lo que tiene enfrente de su acera y en la calle: que la iniciativa de la calle le pertenece a nuestra versión militar de Gaitán, quien, sin ideas, pero con muchas ínfulas voluntaristas, jinetea la soberbia de partidos fragmentados los suyos y los ajenos reducidos todos por el surgimiento de una «organización» que indecisamente vive a la sombra de su caudillo. Veo también la derecha, en su versión criolla, aquella misma derecha que denunciara en su momento la sexualidad de Betancourt, que execrara el color de su piel, que satanizara al Negro Prieto, temiendo la secularización de la educación, aquella insepulta derecha anticomunista, salir de la cueva de sus prejuicios para volver a repetirlos, ante el espectáculo de los brillantes dientes de la agresiva sonrisa del nuevo Gaitán.

Los bandos, crispados, se aprestan a desafiarse en ritual irracional; su rumbo alocado amenaza nuestra libertad. Esta irracionalidad pudiera conducirnos a que la bandera negra, que hoy ondea sobre la UCV, sea la señal de rendición que la anarquía le tiende al militarismo para que este vuelva a poner orden en una democracia incapaz de negociar la paz entre sus mayorías y minorías.

Y todo por no atrevernos a defender la razón en libertad.



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