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Sección: Bitblioteca
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Tanmatra
Cósimo Mandrillo Cada sociedad y época tiene una particular relación con el lenguaje. La nuestra, en el caso venezolano y más allá de nuestras fronteras, digamos caribe o trópico o cultura hispana, ha sido una relación de fecundidad. Hablar es nuestro más preciado tesoro y con ese hablar viene un cultivo enjundioso de la lengua, viene también el placer de extenderse y abundar. A raíz de ese abundamiento, nos damos calificativos: somos maravillosos, surreales, barrocos... La literatura, ella menos que nadie, no podía escapar de esta vocación de lo proliferante. Cito a Úslar Pietri: «Un gusto por las formas más elaboradas, preciosas y gratas al oído, que, en no pocas ocasiones, por culpa del exceso, ha llegado hasta el defecto y el amaneramiento». Es como una bola de nieve, una vez que se desprende de la cima y comienza a crecer es casi imposible de parar y menos aún hacer que retroceda. Y aunque pocos lo crean, o al menos, aunque pocos lo digan, no es raro que la literatura funcione como una bola de nieve. Cuando alguien decide bloquear el giro constante y absorbente de la bola de nieve, se sienta y escribe un libro como Tanmatra. El destino de estos libros es por supuesto incierto. No sólo marchan contra la convención aceptada y compartida por esa comunidad de intérpretes a la que se refiere Stanley Fish, y que integramos todos quienes leemos, escribimos y, sobre todo, interpretamos, sino que parecen marchar incluso contra un uso social del lenguaje cuya exuberancia desborda el ámbito estrictamente literario. Si el destino de estos libros es incierto se debe, entre otras cosas, a que se resisten a ser interpretados, comprendidos, dilucidados. Aunque creo que es exagerado decir que el texto se resiste. Lo correcto sería decir que somos esencialmente conservadores en lo que respecta al tipo de mensaje que esperamos recibir. Quien lee aspira, con la naturalidad de un niño que juega, a que el texto responda a las reglas que él o ella conoce. Espera que ese texto funcione con la precisión de una rayuela en la que no hay incertidumbre acerca de donde afincar los pies. El sueño del lector, su deseo oculto o explícito es siempre conocer la intención del autor. Poemas como los incluidos en Tanmatra fracturaron (no estoy seguro si usar el pretérito o el presente) el proceso de recepción del texto literario al cual estaban acostumbrados los lectores de hace veintisiete años. Irrespetaban todos los códigos previstos: ni un mensaje directo, explícito, realista; ni una arborescencia verbal que hiciera evidente, sin dar lugar a dudas, su carácter de texto estético; ni siquiera la aspiración vanguardista de que cada verso fuese, a fuer de metafórico, un poema logrado e independiente de los otros. Un poeta puede indicar el camino hacia una forma distinta de lectura, pero no puede enseñarla de manera concreta. La variación de los códigos aceptados por una comunidad de intérpretes sucede de modo paulatino y a medida que el nuevo discurso literario se infiltra en la praxis de escritores y lectores. Y sucede que lo que Tanmatra exigía era un lector capaz de escapar de las reglas de juego establecidas. Un lector capaz de dominar esa especie de reflejo condicionado que, una vez terminada la lectura, obliga a preguntarse ¿qué dice? o ¿de qué trata? o ¿qué cuenta? Lo que Tanmatra requiere es un lector que entre al libro como quien entra a un museo, un buen visitante de museos además; uno de esos capaces de sentarse frente a un cuadro y dejar de pensar, o cuando menos intentar dejar de pensar, para permitir que la imagen y el color lo invadan. Porque se trata más de impresiones que de significados racionalizables y transmitibles. Se trata de ese impresionismo que usa detalles y asociaciones mentales para evocar, valga la redundancia, impresiones sensoriales y subjetivas. A este impulso hacia los detalles y las asociaciones mentales, al afán por impresionar al lector más que trasmitirle un mensaje decodificable, debe responsabilizarse por las particularidades retóricas de los poemas incluidos en Tanmatra. Hay sólo un problema, y es que si intento inventariar esas particularidades retóricas, una inercia conceptual me arrastra exactamente hacía la concepción lineal-ortodoxa del discurso literario. Si digo, por ejemplo, que la factura de estos poemas es entrecortada, jadeante, fraccionada, es porque el paradigma del texto integral, transmisible, narrable me impone su estructura como sistema del cual los poemas de Tanmatra vienen a ser como un desviación. La respuesta, creo, es mantenerse en el ámbito de la pintura. Seguir el esfuerzo de esa crítica de arte que leemos con desconfianza y un poco de sorna, porque es evidente en ella que lo que el crítico trata de trasmitir pertenece sólo a él, a su especial modo de reaccionar frente al estímulo del color. Allí, quien escribe carece de un código fiable para transmitir sus impresiones y quien lee no está interesado o digamos mejor que está imposibilitado para sentir, aprehender o comprender del mismo modo que lo hace el otro. Vale la pena, a pesar de todo, recorrer algunas de esas particularidades retóricas a las que aludí arriba. Particularidades que tienen que ver con lo que se me antoja como distintas formas de leer estos poemas. Puede leérselos como si tratara de textos narrativos a los que consciente o accidentalmente se les hubiese mutilado palabras o párrafos o páginas enteras, lo que explicaría lo jadeante y entrecortado del ritmo poemático. Puede también aludirse a esa marcha hacía el silencio, fundada en la economía de palabras, a la que se refiere Guillermo Sucre al escribir sobre Pérez Só. Silencio al que Juan Liscano describe como «el verdadero estado espiritualizado». Puedo seguir enumerando propiedades o temas de esta poesía. Lo que me gustaría llamar la semantización de lo obvio, por ejemplo. Decir «la vaca es vaca/y no yerba» y que lo evidente pierda tal carácter y se convierta en resorte que actúa con eficiencia casi mecánica sobre el ánimo del lector. Puedo referirme a la vocación autárquica de estos poemas, autosuficientes, mónadicos, desinteresados por todo lo exterior a ellos mismos, a su propio mecanismos funcional. A un yo poético impulsado, igual que esas mónadas a las que hace referencia el epígrafe del libro, sólo por sus percepciones y apetitos. Pero creo que ya es suficiente. Terminar puede consistir en el simple confirmar que este es un libro vivo, capaz de provocar, aun hoy y a pesar de los cambios en los paradigmas de lectura, muchas de las resistencias y los deslumbramientos que provocó hace 27 años.
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