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Por un nuevo 30 de noviembre

Manuel Caballero

El Universal, domingo 15 de noviembre de 1998

Las elecciones del ocho de noviembre significan una derrota (llamémosla así) conceptual para Hugo Chávez. La masiva participación (sobre todo si se compara con las elecciones del 95) y el estoicismo con que los electores soportaron las inclemencias del tiempo y más aún, la manera como el electorado sorteó y dejó clara su voluntad frente al más enredado tarjetón de todos los tiempos comiciales en Venezuela, demuestran ante todo una cosa: que el elector considera absolutamente legítimos a los legisladores y gobernadores por los cuales votó en medio de tantas dificultades. El candidato del Polo Guerrerista se encuentra así enfrentado a la voluntad popular, que en su mayoría ha expresado su confianza en el futuro congreso. Porque su expresa voluntad es no reconocer esos resultados y disolver el Parlamento. ¿Por qué, si como él mismo dice, tiene allí cuando menos la primera mayoría?

No mayoría, sino unanimidad

La razón es muy clara: porque no quiere un congreso donde pueda imponerse (o ser derrotado) por mayoría, sino que quiere un congreso unánime que simplemente ratifique la voluntad omnímoda del jefe. Pero aquel es el congreso que el pueblo ha elegido, y representa la verdadera legitimidad, en caso de que algún otro poder quisiese desconocerla por un acto de fuerza; el cual podría activar lo contenido en el artículo 250 de la Constitución de 1961.

Una abreboca de lo que sería ese dominio omnímodo a que Chávez aspira lo está dando después de realizadas las elecciones y confirmados sus resultados: mientras que los otros partidos han reconocido o aceptado sus derrotas, los chavistas están gritando al fraude en todas las gobernaciones donde perdieron, incluso en casos como los de Mérida y Miranda, donde el triunfo del gobernador reelecto se ha producido por una evidentísima mayoría. Para ellos se trata de otra cosa: negarle legitimidad y más aún, como lo establece limpiamente Alberto Arvelo Ramos en su extraordinario libro El dilema del chavismo (Caracas, Catalá, 1998) negarle el más general impulso, actitud o condición ética a todo el que no sea chavista.

Lo que diga el jefe

Es decir, que es "ético" sólo lo que, y quien, decida el jefe que lo sea. Esa manera de dividir al país entre "éticos" (o sea chavistas) y "corruptos" (o sea el resto del país), era lo que pretendía Mussolini cuando decía que Estado Fascista, era un "estado ético". Pero sobre todo, es el lenguaje de la intolerancia, donde el adversario se vuelve enemigo, y donde no es cosa de persuadir o de convencer, sino de aniquilar. Es dicho en términos simples, el lenguaje de la guerra civil. íY después se quejan, los partidarios de este nuevo clientelismo, del "sectarismo adeco" del trienio!

Y ya que hablamos de Acción Democrática, una vez más el destino de la democracia reposa en sus manos. No hablamos de AD sólo como dirección, sino sobre todo de AD como conjunto humano, como votación y como pueblo. Los chavistas lo ocultarán cuidadosamente, pero lo que evidencian los resultados es que están muy por debajo de sus expectativas de "arrasar" en las elecciones pasadas, aunque sería tonto negar, y no caeremos en ello, que obtuvieron un triunfo resaltante, pero no EL triunfo que esperaban. En esas condiciones, lo que favorece al chavismo es menos su propio apoyo popular como la dispersión del voto de la Venezuela pacífica, de la Venezuela que rechaza la guerra civil.

Echar una ojeada al pasado

En una situación tal, no está del todo mal echar una ojeada al pasado. Acción Democrática ha vivido dos momentos, uno de derrota y otro de triunfo, ligados a dos opciones políticas: cuando creyó en 1952, dejar sentado que ser democrático era ser adeco; y cuando se dio cuenta de que el campo de la democracia en Venezuela iba mucho más allá de sus propias fronteras partidistas. Rómulo Betancourt aprendió de aquella lección. Aunque todavía algo restrictiva, su proposición de 1958 partía de la base de reconocer que existían demócratas, y partidos democráticos aparte y a veces opuestos al suyo.

Vamos a referirnos hoy más largamente a 1952. Creyendo tener sobre su maltrecha maquinaria el mismo dominio que cuatro años antes, AD propuso en aquel año la abstención electoral, en documento firmado por Rómulo Betancourt y Leonardo Ruiz Pineda, poco antes de la muerte de éste. Pero el pueblo adeco, que había votado masivamente blanco cinco años antes y que volveria hacerlo cinco años después, desobedeció el mandato de su dirección.

Se volcó entonces masivamente sobre la tarjeta amarilla, de un partido que había sido antes su enemigo mortal, pero que representaba la alternativa democrática frente a la dictadura. El pueblo venció a la dictadura, y a la suicida política sectaria de Acción Democrática.

Si los dirigentes de AD, e incidentalmente de Copei e incluso el MAS se emperran en llevar al pais al abismo, a favorecer con su sectarismo la guerra civil que propone el Polo Guerrerista, el electorado puede y sobre todo debe, recordar su momento más glorioso; debe recordar que es el pueblo del 30 de noviembre, el mismo que rechazó el suicidio y con ello sentó las bases para el derrocamiento de la tiranía en 1958.

PD: Ya está en las librerías mi libro Defensa e ilustración de la pereza, Caracas: Alfadill, 1998.


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