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Algún día

Manuel Caballero

El Universal, domingo 13 de setiembre de 1998, p. 1-6

Si algún mérito ha tenido la propuesta de Brewer Carías sobre la Constituyente es obligar a quienes la propician, de cualquier lado que sea, a poner las cartas sobre la mesa. Eso ha sido particularmente cierto y devastador para el chavismo. Uno de sus autodesignados «constitucionalistas» recurre al supremo y casi único argumento: la descalificación. Si no es la Constituyente que ellos quieren y como la quieren, no es tal sino «prostituyente». Es el típico lenguaje cuartelario, la jerga de la soldadesca.

Pero eso no es lo más importante, sino lo declarado por el propio candidato de la extrema derecha cuando se le preguntó si tenía la intención de respetar el principio alternativo, de dejar el poder a plazo fijo, de someterse al principio de la no-reelección inmediata. Con su inefable sonrisa, declaró que «algún día» tendría que dejar la Presidencia.

...«y el día esté lejano»

Esto es más que suficiente: es así como decimos que todos tenemos que morir algún día, pero que eso no está en nuestras previsiones inmediatas («y el día esté lejano»). El que no entienda es porque no quiere: Chávez no soporta, desde ya, ninguna limitación a su eventual poder, ni mucho menos la fijación de un lapso determinado constitucionalmente, más allá del cual no pueda gobernar ni un minuto más. Esa es la manifestación más clara de que, caso de ganar las elecciones, está dispuesto a mandar hasta que se muera, y dado el caso, transmitir el poder a un hijo suyo (Esta no es una especulación afiebrada: no tiene a su lado a un Núñez Tenorio que jamás ha desmentido su idolatría por la tiranía dinástica de Kim Il Sung?).

Este es pues el núcleo del slogan chavista sobre la constituyente. Si no acepta cualquier otra iniciativa, es sencillamente porque no quiere que se reúna respetando ciertos principios constitucionales establecidos desde 1830 y cuya supresión llevaría al caos y a algo peor que una dictadura: que el gobierno de la nación venezolana será siempre republicano, alternativo, democrático y representativo.

El prometido desmantelamiento

Con el prometido desmantelamiento de todos los poderes públicos (Congreso, Corte Suprema de Justicia, Asambleas Legislativas, Concejos Municipales) Venezuela dejaría de ser una república para volverse una monocracia, un despotismo simple y «asiático» sin las complicaciones legalistas de una monarquía tradicional. Dejaría por allí mismo de ser un régimen representativo porque en ausencia de esos controles, todo el poder se concentraría en el Ejecutivo.

Es falso entonces que sobre una constituyente convocada en tales condiciones «sólo estaría Dios»: en verdad, estaría el Ejecutivo. Y lo estaría hasta que a Dios le dé la gana de sacar a su gobernante de este valle de lágrimas. Porque tampoco la nueva constitución, para agradar al soberano, podría establecer la intangibilidad del principio alternativo.

Y sin esos tres ingredientes, por supuesto que nadie puede pensar en que el régimen que se instaure sea democrático, a menos que lo sea en los términos en que lo llegó a plantear Vallenilla Lanz en su Cesarismo Democrático: que la soberanía no reside en el pueblo, sino en el César, que el tirano, «representa» al pueblo, tácita o expresamente, pero es preferible lo primero...

Un argumento desdeñable

El de la eventual dictadura es un argumento desdeñable para una buena parte de quienes apoyan a Chávez, que no quieren y acaso no han querido nunca un gobierno democrático, sino una dictadura. Desde hace tiempo (recuerdan en 1968 la votación por Pérez Jiménez?), ese sentimiento autoritarista no es un fenómeno de élites sino de masas. La evidencia de ese sentimiento, de esa distorsión de la aspiración popular, es lo que hace que el chavismo oculte cada vez menos su tendencia autoritaria, su voluntad dictatorialista.

Pero decíamos arriba que eso podía llevar a algo peor que una dictadura. ¿Qué puede haber peor que una dictadura, para la experiencia que de ellas tenemos los venezolanos? Sí hay algo peor, y es lo que durante todo un siglo enterró en sangre y lodo nuestras esperanzas nacionales: la guerra civil. En días pasados citábamos a Gil Fortoul, quien hacía arrancar esa tendencia a la autofagia en 1857, cuando Monagas hizo reformar la Constitución para suprimir el principio alternativo. A partir de ese momento, la única manera de sacar a alguien del poder era echando plomo. En tales condiciones, la negación del principio alternativo se convierte («por ahora») en una clara declaración de guerra civil.

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