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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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El lenguaje figurado

El Universal, domingo 18 de octubre de 1998, p. 1-6

En 1973, al día siguiente de haber sido anunciado y reconocido por sus adversarios el clamoroso triunfo de Carlos Andrés Pérez en las elecciones, escuché una discusión entre dos amas de casa vecinas mías. Una de ellas, partidaria del candidato derrotado, le espetó a la otra este terrible pronóstico: «¡Ahora verás lo que pasa! ¡Sancocho de adeco es lo que vamos a comer!».

Esta es una expresión típica del lenguaje figurado: la hambrienta señora no tenía el poder para sancochar ni al más pequeño adeco (cuando a duras penas podía hacerlo con una gallina); pero sobre todo, no tenía aspiraciones de tenerlo; quería seguir, como hasta entonces, dedicada a su familia y a su cotidianidad, y no le interesaba candidatearse para ningún cargo público, pese a las posibilidades que se le podrían presentar allí para comer de todo, incluso adecos.

El canibalismo

Si eso se quedase en la intención, pase: bien decía mi abuela que «maldición de gallinazo no llega al espinazo». Pero cuando tal amenaza la pronuncia alguien que aspira a llegar a la Presidencia de la República y comandar desde allí a unas fuerzas que, como su nombre lo indica, tienen armas; y que posee confesamente un ejército paralelo («el Frente Militar»), la cosa cambia: ya no es la irresponsable amenaza de algún borrachito de esquina, sino la palabra de quien busca atraer el entusiasmo de sus auditores hablando no a su cerebro sino a sus vísceras.

No en vano se ha hablado en nuestro país de «canibalismo político»; en el cual se comienza por desconocer absolutamente todo lo que de positivo pueda tener el adversario: es la oposición sistemática. Se sigue por un deslizamiento del lenguaje: el «adversario» pasa a ser «enemigo»; el tercer paso es desconocer la existencia del enemigo: es la intolerancia típica de las guerras de religión; luego viene el exterminio; y en lo más bajo de la escala social e intelectual, se termina por comerlo, en sentido estricto si le dan la oportunidad, figurado cuando no le queda más remedio.

La parte más sensata

Ese lenguaje, sin embargo, puede provocar el rechazo de la parte más sensata de la opinión que, si estuvo alguna vez dispuesta a votar por rabia y no por razón, no está dispuesta a ver freír cabezas, así sean las de sus adversarios políticos, y mucho menos, como precisó el autor de la frase, en la manteca de esos cochinos a los cuales les llegó su sábado.

Es entonces cuando se recurre al supremo argumento: lo de «freír cabezas», dice un amigo suyo (dicho sea de paso, también mío) es lenguaje figurado como decir «se le salieron los ojos». Es cierto que la lengua corriente está abarrotada de esas expresiones, pero el lenguaje de quien aspira a gobernar (y no simplemente a mandar) en este país o en cualquiera no puede ser el corriente. Es decir, no debe contentarse con seguir el rumbo que le marcan el odio, el rencor y la venganza de sus partidarios.

De todas formas, el lenguaje figurado no siempre es una operación intelectual inocua. Queremos referirnos a dos muestras de ese lenguaje, tal vez las más famosas de este siglo, una en Venezuela y otra en Alemania. La venezolana era la empleada por el general Gómez y sus partidarios para calificar su represión: la llamaban simplemente «castigo».

Ese paternal castigo

De qué tipo era ese paternalísimo «castigo», lo muestra un memorándum del jefe de la Fortaleza San Carlos, en el Zulia, quien informaba a Gómez de su verdadera naturaleza:

«También hice citar a los ciudadanos Luis Mendoza, José Ignacio Uribarri, Rogelio y Julio Morales... Los apreté de tal modo que uno de ellos quedó exánime bajo el castigo y no obstante declaraban su inocencia... Respecto a Power le dirá que he repetido el castigo de tal modo que su salud está quebrantada, que arroja sangre y quién sabe cómo acabará».

En esta comunicación, el lenguaje figurado se emplea hasta el abuso: torturarlo es simplemente «apretarlo»; decir que su salud está «quebrantada» cuando se quiere decir que fue su cuerpo el quebrado por la tortura. Y finalmente, que «quién sabe cómo acabará», como si la muerte que allí se anuncia fuera producto del azar.

No tenemos espacio para referirnos más largamente a otros ejemplos criollos de lenguaje figurado. Fuera (aunque también dentro) de nuestro continente, durante muchos siglos los herejes que eran fritos con o sin cabezas en las hogueras de la Inquisición no eran tal, sino «reconciliados».

Y esto nos lleva a Alemania, a la más perversa utilización del lenguaje figurado. Los judíos, quienes en mayor número fueron quemados por los «fritacabezas» de aquella primera época, también dieron origen en la nuestra a la más tristemente célebre muestra del «lenguaje figurado» de este siglo: la llamada «Solución Final».


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